ARTE

Basilea, la suave locura del arte nuevo

Si Erasmo de Róterdam encontró en Basilea impresor y hospitalidad, la ampliación del Kunstmuseum y la nueva casa de Herzog & de Meuron en Vitra se suman al imán de la Fundación Beyeler que dibujó Renzo Piano. Tres caligrafías

BasileaActualizado:

Basilea no se entiende sin Erasmo de Róterdam y la caligrafía del Rin, su celo protestante y su desdén por los oropeles. Por eso, porque no es fácil leer el corazón de una ciudad, ¿por qué no empezar por el « Retrato de Erasmo de Róterdam escribiendo» que Hans Holbein el joven pintó en 1523? Es una de las más reveladoras del Kunstmuseum Basel (Museo de Arte de Basilea), esa figura que escribe de pie, consciente de estar posando para la Historia. La mano izquierda sujetando el papel junto a la derecha que escribe: para que la letra no se extravíe, y para resistir la edad y un principio de artrosis.

Si Basilea es sinónimo de burguesía, coleccionismo ( Art Basel, la mayor feria del mundo, acaba de celebrar su cita anual), tradición filantrópica, la biografía de la ciudad se puede seguir en las íntimas salas del Kunstmuseum, que recuerdan a la atmósfera que se podía respirar en el antiguo MoMA de Nueva York antes de la macro-ampliación dictada por la fama y el dinero. Entonces sí se podía dialogar en Manhattan con Matisse, por ejemplo, y pasar el tiempo ensimismado, leyendo la Historia del hombre a través de la Historia del Arte.

Sin canon

El poeta Joachim Sandrart empezaba así su poema «Teutsche Akademie» (1679): «De todas las ciudades de la Confederación/ no hay ninguna/ que haya fomentado los estudios y las artes nobles/ y en particular el de la pintura y el dibujo y semejantes/ más sobresalientes con tanto esfuerzo e inversión/ concediéndoles tan alto honor/ como el encomiable consejo municipal de la ciudad de Basilea».

En un momento de clara mercantilización de la cultura, el Kunstmuseum mantiene su carácter público. Una colección sin voluntad canónica ni canonizadora. Una tradición protestante y erasmista que considera el arte como productor de saber. Una ordenanza aprobada en 1850 ya señala que «la colección pública de arte estará abierta de forma regular al público que desee visitarla libremente». En ella se dan instrucciones netas: «a) bastones y paraguas, que deberían dejarse ya en el piso de abajo, sean retirados de inmediato. b) no se fume. c) no entren perros. d) no se toque, dañe o sustraiga objeto alguno». El arte del bien común.

La Colección de Arte de Basilea, ciudad universitaria y capital de la imprenta, lleva abierta desde 1662. Erasmo mandó imprimir sus obras en el taller de Johann Froben. Legó su herencia a su amigo Bonifacius Amerbach, que sería la semilla de lo que luego se llamaría Amerbach-Kabinett, creado por su hijo. Sabine Söll-Tauchert, del Historisches Museum de Basilea, nos guía: «La sed de conocimiento de los coleccionistas e investigadores fue sin duda un motor importante de la recopilación de obras en los ámbitos del arte, la naturaleza y la ciencia, disciplinas entre las cuales no existían todavía unas fronteras claras. (...) Al reunir objetos de índole muy distinta que daban fe de la diversidad del mundo, se pretendía explicar el universo entero como un organismo coherente». Una gramática, una ortografía. Basilius Amerbach (1533-1591) heredó de su abuelo Johannes (impresor) y de su padre Bonifacius (jurista, amigo de Erasmo) valiosas piezas de coleccionista y fue el primer miembro de la familia que «erigió metódicamente un gabinete de arte y procuró ordenar y documentar los objetos de la colección de manera apropiada».

Antes de la más reciente y admirable ampliación fue un hito en la historia del Kunstmuseum la habilidad del que fuera crítico de arte del Nationalzeitung, Georg Schmidt, opuesto a la reforma de 1936. Encontraba el nuevo edificio «demasiado monumental, demasiado macizo, demasiado caro y demasiado ostentoso». Parece un prontuario de defectos inadmisibles para un suizo. El paso del tiempo ha hecho de ese Kunstmuseum ahora retocado un modernismo sin estridencias. Schmidt aprovechó la ofensiva nazi contra el «arte degenerado». Enterado de que el marchante Theodor Fischer, de Lucerna, había adquirido 120 obras que los nuevos gobernantes habían incautado a los museos alemanes, Schmidt viajó a Berlín en mayo de 1939 con fondos del municipio y se hizo, a buen precio antes de que salieran a subasta, con obras como «Ecce Homo», de Lovis Corinth, o «La novia del viento», de Oskar Kokoschka. Fueron 21 las piezas extraordinarias que vinieron a enriquecer el acogedor museo que habla de Basilea sin levantar la voz. Recuerda el historiador Georg Kreis que Schmidt le dijo a Paul Westheim, el especialista en arte, que «al sacarlos de la caja, saludó a todos y cada uno de los cuadros que le mandaron de Berlín como si se tratara de personas que hubieran cruzado a salvo la frontera».

Nuevos espacios

Tras tres años y medio de cierre ha reabierto sus puertas el que en 1936 se inauguró en St. Alban-Graben, diseñado por Christ & Bonatz, y denostado inicialmenete por Schmidt, que atesora obras del siglo XV a nuestros días, con nuevos espacios para la librería y los talleres educativos. Pero la obra de mayor envergadura supuso demoler una fachada y abrir un paso subterráneo para la más ambiciosa ampliación ejecutada desde entonces. El Nuevo Edificio, obra de Christ (sobrino nieto de uno de los artífices del Kunstmuseum histórico) & Gantenbein, estudio de arquitectura basado en Basilea, que han buscado ser tan fieles como radicales. La nueva estructura acogerá obras creadas entre 1950 y 1990, con especial énfasis en el arte estadounidense, y exposiciones especiales, como la que hasta el 18 de septiembre se pregunta por los caminos de la escultura desde 1946 hasta este año de gracia de 2016.

A partir de una formidable escalinata de mármol que sirve de gran distribuidor de luz y movimiento, el nuevo edificio dialoga con el clásico, desde los suelos de madera a los techos. Destaca la fachada, con ladrillos daneses móviles de tres colores que, mediante un sistema hidráulico y luces led, permite escribir frases (con sombras durante el día, con luz durante la noche). No rompe la orografía del barrio, pero es un desafiante reclamo que exige tiempo y devoción. Industrial y clínico, tiene un aire muy Le Corbusier en el que las obras se esponjan.

Si el viejo y el nuevo Kunstmuseum ya justifican un viaje a Basilea, el Campus Vitra, que se extiende sobre 28 hectáreas, es un imán. Para llegar a este parque temático del diseño hay que dejar atrás Basilea y, en tranvía, atravesar la invisible frontera alemana hasta Weil am Rheim. Fábrica fundada en 1930, en Vitra han levantado insólitos edificios algunos de los más ilustres arquitectos, desde una dinámica estación de bomberos (llena de paredes y techos inclinados que prepara psíquicamente a los enemigos del fuego para enfrentarse a la incertidumbre) de la malograda Zaha Hadid, a los primeros ejemplos de su arte en suelo europeo del estadounidense Frank Gehry ( Museo Vitra de Diseño) o el japonés Tadao Ando. A comienzos de junio se inauguró el llamado Schaudepot (exposición del almacén), diseñado por dos de los más afamados arquitectos de Basilea que ya en 2006 fueron elegidos por Rolf Fehlbaum, director emérito de Vitra, para levantar VitraHaus: una ciudad vertical (cuatro pisos en siete casas y ventanas sobre tres países: Suiza, Francia y Alemania). La nueva casa de Herzog & de Meuron, responsables de siluetas tan reconocidas como la Tate Modern y el CaixaFórum de Madrid, de ladrillo vitrificado roto sin ventanas y con tejado a dos aguas, semeja un edificio sin pretensiones que recupera la esencia de las casas que dibujan los niños cuando sueñan con ser arquitectos de su propia vida. El Schaudepot será a partir de ahora el principal espacio para exponer su colección permanente: más de 7.000 sillas, lámparas y todo tipo de muebles. Además de disfrutar de este nuevo espacio los que se dejen atraer por Basilea podrán recrearse (hasta finales de enero de 2017) en la exposición dedicada a uno de los diseñadores textiles y arquitectos de interiores más imaginativos del siglo XX, Alexander Girard.

Para el final hemos dejado la cita capaz de calmar y arrebatar al más templado, el lugar donde un Erasmo de Róterdam contemporáneo podría escribir con caligrafía digital un nuevo «Elogio de la locura». Fruto de 50 años de devoción del galerista Ernst Beyeler (que dormía en hoteles miserables para gastarse todo su dinero en arte), ella y su mujer Hildy crearon la Fundación Beyeler. Inaugurada en 1997, la idea del arquitecto genovés Renzo Piano, que fue el que diseñó el traslúcido museo, era crear un espacio «que estuviera al servicio del arte, y no al revés». Entre árboles, estanques, flores y arbustos, fachadas de cristal, piedra roja de la Patagonia y techo abatible como alas de mariposa: para que la luz natural filtrada alumbre una de las más exquisitas colecciones de arte moderno y contemporáneo del mundo, y nada se interponga entre el espectador y las voces de Monet, Giacometti, Picasso...