Presentación de una colección #de la diseñadora Mary Quant en la sala Bocaccio de Barcelona en 1967
Presentación de una colección #de la diseñadora Mary Quant en la sala Bocaccio de Barcelona en 1967
LIBROS

«Barcelona. La ciudad que fue», aquella gran urbe que destruyó el nacionalismo

El periodista y escritor Federico Jiménez Losantos concluye una nueva edición de sus memorias de juventud; una crónica sentimental que nos sumerge en una Barcelona libre, hoy perdida para la causa de la convivencia

Actualizado:

Durante mucho tiempo mencionar «los cuarenta años» se identificaba con el franquismo; en la sociedad catalana actual, «los cuarenta años» aluden a las décadas de secuestro por el nacionalismo. En «Los años contados» (2009), José Luis Giménez-Frontín, testimonio de la libérrima Barcelona años setenta, databa el apagón en 1978. En la campaña en defensa de Els Joglars, juzgados en consejo de guerra por «La torna», el escritor recaba firmas para un manifiesto por la libertad de expresión. Josep Maria Castellet, editor de los novísimos, le dice que firmará encantado si cambia «España» por «Estado español».

En «Barcelona, la ciudad que fue: la libertad y la cultura que el nacionalismo destruyó», Federico Jiménez Losantos (Orihuela de Tremedal, Teruel, 1951) sitúa el arranque de la «apisonadora totalitaria» en la prohibición de su ensayo «Lo que queda de España». El Viejo Topo lo había premiado, pero lo juzga impublicable por sus críticas al nacionalismo. Curiosa paradoja: a finales del 78, promulgada la Constitución que suprimía la censura, una revista paladín de la libertad de expresión ejercía la censura. Asuntos «impublicables»: la crítica a la encuesta de «Taula de Canvi» en la que se expulsaba de la cultura catalana a los escritores de expresión castellana.

Los jóvenes solo conocerán la mediocridad pesebrera nacionalista

En la Barcelona «que fue» se daba la vuelta al día en ochenta mundos. Allí, Federido Jiménez Losantos conoció el amor en el Patio de Letras que evocó Carmen Laforet en su mítica novela «Nada»; publicó su primer artículo pagado en «Disco Express»; divulgó a Lacan y Lyotard; impulsó la vanguardia artística del Grupo Trama; transitó del comunismo de Bandera Roja al liberalismo de «Diwan», con Alberto Cardín.

Culto al odio

En aquella Barcelona el separatismo rimaba con el frikismo. Hasta que la acomplejada izquierda social-comunista aceptó el pancatalanismo y quiso competir en nacionalismo con la derecha convergente. Federico Jiménez Losantos ejemplifica la mutación en un escrito de Antoni Tàpies sobre el Grupo Trama: habla de «Estado Español» y adscribe la obra de José Manuel Broto, Grau, Rubio y Tena a la pintura «en los Países Catalanes».

Un vaticinio del aciago presente: «La xenofobia rural convertida en rito provinciano, el monocultivo del rencor, el culto al odio que ha permitido a un ejército intelectual de falsarios inventarse un pasado heroico que nunca fue tal, una opresión ‘española’ supuestamente ‘extranjera’ que era y es tan catalana en los supuestos opresores como en los presuntos oprimidos», escribe Jiménez Losantos.

Jiménez Losantos fue víctima de un atentado por parte del grupo terrorista Terra Lliure

El «Manifiesto de los 2.300» -enero del 81- contra la inmersión lingüística provocará la diáspora de la disidencia al pujolismo que Josep Tarradellas calificó de «dictadura blanca».

Como explica el memorialista: «Habían llegado a la opinión pública repetidas y sinceras manifestaciones de Tarradellas que mostraban su preocupación por la convivencia futura en Cataluña si se imponía la ley del catalán en las escuelas. No el catalán como asignatura, cosa que todos defendíamos, sino como vehículo prioritario y finalmente único de aprendizaje, lo que suponía el desalojo del español como lengua vehicular de enseñanza».

Además del linchamiento ideológico, Jiménez Losantos fue víctima de un atentado por un comando del grupo terrorista Terra Lliure. Herido en una pierna, solo recibió la visita del secretario de Josep Tarradellas y de Miquel Roca Junyent: «Nadie me llamó de los partidos que impulsaban la Crida, ni de la Generalitat, Roca fue el único nacionalista que no se portó como si, por fin, se hubiera hecho justicia». Luego dejó la Barcelona adónde arribó en Vespa diez años antes. En la ciudad que fue mágica «podías quedar en el mismo bar con un genio de paso u otro vecino de escalera, pasar de lo más alto a lo más bajo sin descender nunca a lo poco interesante». Después de todo aquello, las jóvenes generaciones solo conocerán la mediocridad pesebrera de la cultura-invernadero nacionalista. Los cuarenta años. Hasta hoy.