Pieza de Donald Judd que forma parte de la colección de Helga de Alvear
Pieza de Donald Judd que forma parte de la colección de Helga de Alvear
ARTE

Arte minimalista, según se mire el asunto

Tras su paso por Madrid, la lectura en clave minimalista de la colección Helga de Alvear recala ampliada en su sede de Cáceres

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A pesar de que la palabra «minimalismo» parece tener muchos sentidos, que valen tanto para hablar de música como de decoración -y últimamente hasta de cocina-, cuando en arte nos referimos en general a ello, la imagen que nos viene a la cabeza son las cajas simétricas, geométricas y regulares, de madera o aluminio, de Donald Judd. Muy pocos saben, sin embargo, que, antes de ser escultor, Judd empezó como crítico de arte, publicando en Art News. Y que uno de sus primeros textos, muy elogioso, estuvo dedicado a una exposición de la japonesa Yayoi Kusama en una galería neoyorkina.

¿Una aberración?

Ese mismo año, en el otoño de 1959, se hizo íntimo amigo de Kusama, le compró por 200 dólares su primer cuadro, e incluso le buscó un apartamento, debajo del suyo, donde ambos vivieron veinte años. Desde luego, nadie diría que la obra loca, infantil y colorista de Yayoi Kusama tuviese mucho que ver con el minimalismo, y, sin embargo…

Pues bien, lo mismo sucede con la propuesta de lectura de la colección Helga de Alvear, hecha en esta ocasión por José María Viñuela. Podría parecer una aberración empezar una muestra dedicada a los minimalismos de la colección con una obra de Kusama, o presentar obras de Ignasi Aballí, o fotografías de Jeff Wall; y, sin embargo… De nuevo aquí el problema se vuelve a reorientar para tratar de pensar qué se entiende por minimalismo.

Al principio de su célebre antología de textos sobre Arte minimal, Gregory Battcock se refería al problema de si era posible considerar a Mathias Goeritz como precursor, no sólo por sus exposiciones de arte geométrico abstracto en el Nueva York de 1959, sino sobre todo por su obra como arquitecto en el Museo Experimental El Eco (1954) o en las Torres de Ciudad Satélite (1957), ambas en México. Con razón, Battcock señalaba el carácter profundamente espiritual e incluso religioso de la obra de Goeritz como algo incompatible con la apuesta fundamental del arte minimalista como arte antiexpresivo. Y posiblemente otros muchos artistas, que podrían considerarse igualmente precursores de la corriente, incurrirían en la misma contradicción. Es lo que podríamos decir, por ejemplo, de Yves Klein -presente en la cita de Cáceres-, y de sus «zonas de sensibilidad pictórica inmaterial».

Precursores estrictos del minimal puede verse, sin embargo, tanto al español Jorge Oteiza, representado en esta exposición con una de sus soberbias Cajas metafísicas de 1959, como a Josef Albers, profesor de la Bauhaus, emigrado a EE.UU. y representado con uno de sus cuadros de la serie «Homenaje al cuadrado»; o al norteamericano Ad Reinhardt, verdadero teórico de la austeridad expresiva, con sus célebres Doce reglas para una nueva academia.

La exposición presenta también, y en cualquier caso, a algunos de los mejores clásicos del minimal, como el mencionado Judd, Dan Flavin o Carl Andre, con lo que viene a confirmar que es una de las mejores colecciones privadas de arte internacional contemporáneo que tenemos en España.