Hannah Arendt, nacida en Alemania, se nacionalizó norteamericana
Hannah Arendt, nacida en Alemania, se nacionalizó norteamericana
LIBROS

Arendt: la política debe garantizar la cultura

«Pensar sin asideros» recoge ensayos de la filósofa alemana que permanecían inéditos o no habían visto la luz en forma de libro

Actualizado:

De entre los muchos asuntos de los que habla Hannah Arendt (Hannover, 1906-Nueva York, 1975) en este libro (sobre Marx, los totalitarismos, Kennedy «versus» Nixon, la búsqueda de la felicidad, la guerra fría o el estado-nación y la democracia), yo destacaría el capítulo que le dedica a la relación entre la cultura y la política. Para la pensadora alemana, la cultura tiene muchas acepciones y nunca estará todo dicho sobre ella, tanto para cuestionarla como para ensalzarla.

La propia palabra «cultura» a veces es incómoda para los intelectuales y creadores que, en su conjunto, la constituyen. Las sospechas sobre la cultura vienen de lejos. En Alemania lo que Arendt llama «filisteísmo cultural» se remonta a hace dos siglos, cuando lo describió Clemens Brentano. La cultura era el símbolo del prestigio y del ascenso social. Esta utilidad social había provocado un gran deterioro. La rebaja de los valores educativos comenzó cuando la sociedad moderna descubrió el valor de la cultura, es decir, la utilidad de apropiarse de objetos culturales y transformarlos en valores.

Filisteos y esnobs

El «filisteo» alemán trascendió al resto de Europa y Hannah Arendt lo hace coincidir con el «esnob» inglés o el «bien pensante» francés (Jean-Jacques Rousseau lo había descubierto en los salones del siglo XVIII). Todas estas posturas representaban una reacción contra la naciente cultura de masas: la socialización de la cultura que comenzó en los salones elitistas y aristocráticos y se quiso extender entre el resto de las esferas sociales.

Al ponerse en circulación, los valores culturales perdieron su lustre y su capacidad de cautivar. Tampoco fueron aceptados por las masas hasta que llegó la industria del entretenimiento: pasar el tiempo, consumo, desinterés intelectual, desprecio del tiempo biológico. La autora de « Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal» asumía estas circunstancias.

Las masas no aceptaron la cultura hasta que llegó la industria del entretenimiento

Allá por los años cincuenta del pasado siglo, comenta que «si la industria del entretenimiento reclama para sí los productos de la cultura (la cultura de masas), se corre el inmenso peligro que el proceso vital de la sociedad comience a devorar literalmente los productos de la cultura». Quien promovía este deterioro era el proletariado intelectual, culto y bien informado que pretende extender la cultura entre aquellos que, en realidad, no quieren saber nada de ella. Arendt subraya que las sospechas contra los creadores vienen desde la Grecia clásica. No se les consideraba ciudadanos. Grecia creó mientras Roma cultivó y cuidó. Los griegos se sentían superiores a los bárbaros porque a través de la política controlaban la cultura. La verdad artística chocaba con la de la polis. Pericles llegó a decir que Atenas no necesitaba a Homero y a sus semejantes para ser inmortal. Todo se dilucidaba en el espacio público que era territorio político. La cultura actuaba por delegación. De ahí los conflictos. Las obras de arte necesitaban de la esfera pública para lograr el reconocimiento y eso se lo otorgaban los gobernantes. Los políticos tenían miedo a que la forma de pensar extrapolítica influyera en la política.

«Pensar sin asideros. Vol. I».Hannah Arendt. Página indómita, 2019. 448 páginas. 28,50 euros
«Pensar sin asideros. Vol. I».Hannah Arendt. Página indómita, 2019. 448 páginas. 28,50 euros

El siglo pasado, políticamente, había sido el espacio donde la violencia se «legitimó», y añade la filósofa alemana: «la racionalidad utilitaria basada en los medios y los fines es muy capaz de dejar la política en manos de la conducta inhumana. Pero esa conducta no surge de la esfera cultural, y que el elemento humanizador le corresponde a la esfera política». Los griegos rechazaron la violencia a favor del diálogo.

Belleza emergente

La violencia era apolítica, ajena a la polis, a su interior. Todo lo que estaba fuera de la polis se encontraba más allá de la ley y quedaba, por tanto, completamente entregado a la violencia. El mayor peligro para la cultura era su debilitamiento. La política, para Hannah Arendt, debía garantizar la cultura de la que ella misma era parte esencial. Y lo hacía a través de las obras de arte, protegiendo su uso y su consumo. No podían lograr el reconocimiento si se ocultaban entre posesiones privadas.

La belleza que emerge de ellas es lo imperecedero. Cultura y política dependían así la una de la otra y tenían algo en común: ambas eran fenómenos del mundo público. El creador no mantenía con la esfera pública esa relación evidente que sí mantenían los objetos que él había creado y modelado. Sin la libertad de lo político, la cultura también fenecía.