De derecha a izquierda, Varian Fry (con gafas), André Breton, André Masson y su mujer, Jacqueline, en Marsella en 1941
De derecha a izquierda, Varian Fry (con gafas), André Breton, André Masson y su mujer, Jacqueline, en Marsella en 1941
LIBROS

«Los árboles portátiles», en un barco de nombre extranjero

A Varian Fry se le conoce como el Schindler de los intelectuales. Gracias a él lograron salir de la Europa en guerra una larga lista de escritores, artistas... Tal y como se narra en este libro

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Jon Juaristi (Bilbao, 1951), un escritor que practica la habitual trilogía literaria -poeta, novelista y ensayista y, en consecuencia, autor de una amplia y diversa obra, entre la que siempre he destacado «El reino del ocaso»-, publica un texto de título lopesco, «Los árboles portátiles», centrado en los años de la Segunda Guerra Mundial, a los que se acerca con una mirada cercana a la historia cultural. Se trata de un punto de vista y de una época que, al igual que el periodo de entreguerras, atraviesa desde hace más de una década un momento de interés tanto por parte de los lectores como de los autores y editores. En cierto modo, Juaristi construye su nuevo libro a partir de un lugar, Marsella, a la que se empeña en cambiar el carácter de «ciudad de las llegadas», que le otorgaba Blaise Cendrars en su «Hombre fulminado», por «la de las despedidas». Una condición que en los años de la Segunda Guerra Mundial ostentaban muchas ciudades: desde Lisboa, donde recalaba el «Yankee Clipper» en el que dejaron la inhóspita Europa Peggy Guggenhein y Max Ernst, a Casablanca, pasando por Tánger, donde Michael Curtiz quiso situar el Rick’s Bar. Y es que «Los árboles portátiles» tiene en Marsella uno de sus varios espacios de referencia, pues los lugares que se cruzan por la obra tienen tanta presencia que adquieren categoría de personaje.

En Marsella coinciden el norteamericano Varian Fry, la legión de ilustres refugiados que deciden abandonar más Europa que Francia, y el paquebote «Capitaine Paul Lemerle». Un barco al que también se le puede considerar uno de los protagonistas del libro junto con el grupo formado por el escritor, poeta y pontífice máximo del surrealismo, André Breton; el opositor comunista y antiestalinista, tan belga como ruso, Victor Serge; el antropólogo Claude Lévi-Strauss (francés, sí, y de generaciones, pero -¡ay!- también judío, lo que suponía un riesgo seguir en su país, además con ese nombre); la escritora alemana y comunista, en este caso ortodoxa, Anna Seghers, otro modelo de refugiada, y el pintor cubano Wifredo Lam, quien volvía para dar a la vanguardia caribeña su marchamo internacional. Las peripecias de todos ellos antes y durante la huida de la Francia de Vichy, unos gracias a las labores de Varian Fry y otros a la suerte, las describe Juaristi de manera tan detallada como cruzada, relacionándolos mediante su vida y su obra, cuando esto es posible.

Extremos del viaje

A estos personajes se podrían añadir otros, como el socialista vasco Toribio Echeverría, que representa la cuota del exilio republicano español en el viaje, o Helena Holzer, también comunista y alemana, como Seghers, mujer de Wifredo Lam, cuyos testimonios contribuyen a que se conozcan los extremos del viaje, aunque la obra de la citada Holzer no aparezca en la bibliografía. Eso sin hablar de un pasaje de enorme variedad e interés, como muestra la presencia de algunos colaboradores de Fritz Lang.

Es este un libro tan largo, por extenso, como ancho por las inabarcables referencias cruzadas

Casi todos ellos comparten estancia en la ciudad mediterránea -cuyo Port Vieux no tardarían en destruir los alemanes mientras lo fotografiaba Wolfgang Vennemann- y también travesía mediterránea y atlántica en el buque «Capitaine Paul Lemerle», uno más entre los muchos citados. La espera en Marsella durante casi un año, el viaje transatlántico, largo e incierto y con escalas señaladas como Orán o Casablanca. La parada en la Martinica, donde aparece el poeta negro Aimè Cesaire, y la postrera dispersión de cada uno de ellos a un destino americano. Eso es la esencia del libro de Jon Juaristi.

Pero decir esto es decir poco. En «Los árboles portátiles» hay, a saber, y como si fuera un ejemplo de escritura automática, digresiones acerca de literatura e historia, algo natural teniendo en cuenta los protagonistas; de etnología, de política, con especial atención al trotskismo y la oposición de izquierda al comunismo; de judaísmo y de su anverso, el antisemitismo; de arte contemporáneo, del islam, de geografía y de literatura de viajes, de música, de barcos, hasta el extremo de poder hablar de una poética del paquebote; de cine... Todo ello, y mucho más, combinado con alguna inclinación al «work in progress» por aquí y por allá, con referencias autobiográficas y con ciertos rasgos de humor, se reparte por el texto.

Conviene recalcar que «Los árboles portátiles» es un libro que contiene varios libros, pues los apartados y las referencias dedicadas a cada uno de los personajes -entre los que destacaría al antropólogo Lévi-Strauss-, la realidad caribeña de la Martinica o el mundo neoyorquino de los exiliados de oro darían para un texto que no desmerecería en interés del conjunto. Es este un libro tan largo, por extenso, como ancho por las innumerables e inacabables referencias cruzadas que contiene o, si se quiere, en términos de Juan Manuel Bonet -siempre es necesario citar de dónde vienen las ideas- se puede decir que es uno de esos «libros cereza» en los que, como en racimos que se engarzan, un tema trae a otro tema en un proceso que solo sabe, o debe saber, controlar el autor, que es quien elabora eso que suele designarse como el discurso.

Exuberancia erudita

En fin, se pueden compartir, o no, las opiniones de Juaristi acerca de lo divino y lo humano que se expresan a lo largo del libro, su decisión acerca de eludir las citas, su exuberancia erudita, sus rasgos de humor o incluso el desfile de personajes y sus referencias biográficas. Pero es indudable que estamos ante un alarde de conocimientos y de inquietudes. Cualquier lector al que le atraigan esta época y estos personajes encontrará numerosos episodios de interés. Todo por no añadir lo infrecuente que resulta que un autor español se ocupe de estos asuntos en los que lo propio del terruño no es lo esencial.

Entre tantos saberes y tan variada erudición volcados en «Los árboles portátiles» sería sobrenatural no encontrar algún error, aunque sean tan menores como adjudicar a Wifredo Lam el cartel anunciador en España de la película «Los marinos de Kronstadt», que en realidad hizo Josep Renau (p. 162), o aludir al puerto de Moraira, la pedanía de Teulada, como «La Moreira» y situarlo entre Calpe y Villajoyosa, cuando se encuentra antes del Peñón de Ifach y poco después del cabo de la Nao (p. 217), naturalmente según se viene de Valencia, como hacía el «Capitaine Paul Lemerle». Unas minucias que, desde luego, no afean en absoluto un libro muy recomendable que habla de los muchos intereses y saberes de un autor de obra singular.