Antonio Mingote en su mesa de trabajo
Antonio Mingote en su mesa de trabajo - Gonzalo Cruz
CIEN AÑOS DE MINGOTE

Antonio Mingote, el viñetista inagotable

Se cumplen cien años del nacimiento del dibujante, humorista gráfico, escritor y académico, un genio grapado a la historia de ABC, cuyo prestigio traspasó fronteras

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El próximo jueves, 17 de enero de 2019, cumplirá sus cien primeros años Ángel Antonio Mingote Barrachina, más conocido como Antonio Mingote o, simplemente, como Mingote. Con los genios suele bastar con un apellido para identificarlos (nadie dice que «Las Meninas» sea un cuadro pintado por Diego Rodríguez de Silva y Velázquez; nos basta con decir que es de Velázquez). El caso, como digo, es que dentro de cinco días el genial Mingote ingresará en el club de los genios centenarios, lo que, en principio, me produce una intensa estupefacción (si es que las estupefacciones pueden graduarse), pues me parece que fue ayer cuando escribí, en estas mismas páginas, un artículo, titulado «Memoria de Mingote», en el que se glosaba la figura del maestro con ocasión de su tránsito a la inmortalidad, un malhadado 3 de abril de 2012.

Y si me retrotraigo a los años cincuenta del siglo pasado, que fue la década en que, de niño, descubrí al dibujante Mingote y al escritor Mingote en las páginas de un libro delicioso que, publicado por Taurus en 1955 y titulado «Historia de la gente», había en casa de mis padres, también me parece que fue ayer, porque uno se hace viejo y eso supone que todo se convierte en una especie de permanencia perpetua que termina durando, hélas!, lo que dura un abrir y cerrar de ojos. Las personas que han sido importantes en nuestra vida no cumplen años, no tienen edad: forman parte de nuestras entretelas más íntimas, allí donde el tiempo de los relojes no pinta nada y lo único que funciona es, siguiendo a Mircea Eliade, el horario sin horas del Tiempo fabuloso de los orígenes. Mingote ha sido, es y será un mito en mi existencia y en la de millones de españoles. Y los mitos, por mucho que se los pueda tocar, hablar con ellos y disfrutar de su presencia en vivo y en directo -como tuve el honor de disfrutarla tantísimas veces- se sitúan al margen del fluir de las cosas y se funden con el Ser de Parménides, que huye de la volatilidad y se refugia en el corazón de lo eterno.

El mundo sin Mingote es algo mucho más aburrido. Nos queda su obra, su ejemplo humano

La otra noche, con ocasión de la entrega de los Cavia, tuve la inmensa satisfacción de coincidir en la entrada a la Casa de ABC con Isabel Vigiola, la esposa de Mingote. Traspuse el umbral del salón de espera con la maravillosa Isabel colgada de mi brazo, y supe que Antonio, desde su nueva sede al otro lado del espejo, nos estaba guiñando el ojo con la gracia y la simpatía con que los hombres buenos guiñan el ojo a sus seres queridos desde el cielo. No recordé en esos momentos que el centenario de Antonio estaba a punto de caer, porque -reitero lo dicho- para mí no hay centenarios que valgan con alguien tan radicalmente vivo como Mingote. Vivo en mi memoria y en la de todos los españoles, pues no hay ninguno que no tenga presente la ingente obra que legó a la posteridad bajo la especie de varias disciplinas creativas, pues sobresalió en todas ellas a fuerza de talento.

Bálsamo de Fierabrás

A lo largo de casi sesenta años -y repito casi literalmente párrafos que utilicé en su obituario-, el chiste de Mingote supuso para los lectores de ABC una especie de bálsamo de Fierabrás con que pegar los bordes de las grietas que se abrían y se abren a diario en nuestras almas. Con Mingote sonriendo desde su dibujo cotidiano las cosas parecían ir mucho mejor de lo que iban en realidad. El chiste de Mingote era un remedio infalible contra la vana complacencia que acompaña a las buenas noticias, y también una medicina estupenda contra la desazón y perplejidad que producen las malas; es decir, la pomada que nos untábamos para que cicatrizasen como es debido las heridas que nos causaba -y sigue causándonos- el toro de la actualidad, tan marrullero siempre. Lo efímero se hacía permanente en cada trazo, en cada pie de chiste del maestro. Porque Mingote reunía en una sola persona al príncipe de los humoristas gráficos españoles y a uno de los escritores más chispeantes y divertidos de los últimos tiempos.

Una de las numerosísimas geniales viñetas creadas por Mintgote
Una de las numerosísimas geniales viñetas creadas por Mintgote

Algunos de los más grandes autores de las letras universales han sido consumados humoristas, sin dejar por ello de habilitarse como referencias ineludibles en sus respectivas literaturas. Lo fueron William Shakespeare y Miguel de Cervantes, sin asomo de duda. Edgar Allan Poe, a pesar de todo. Franz Kafka, de principio a fin. Mingote lo tuvo claro desde sus comienzos como dibujante y como escritor, e hizo del humor su «leitmotiv», su razón de ser, el motor de su actividad creativa. Explicaba el bueno de Rabelais en los prolegómenos a su «Gargantúa» que la risa constituye el «proprium» -en términos escolásticos- del ser humano y que, en consecuencia, el sentido del humor es lo que nos diferencia de los demás animales y nos sitúa al mismo nivel que los dioses, ya que estos, como no tienen que enfrentarse a la ordinariez de morirse, están siempre al borde de la sonrisa y en la antesala de la carcajada. Así vivió Antonio Mingote, ejerciendo en su obra y en su persona el «proprium» de la humanidad con una elegancia y una simpatía arrolladoras, una bondad y una generosidad naturales fuera de lo común y un buen gusto en estado puro. Y seguirá manteniendo esas virtudes mientras las recordemos quienes, desde hace muchos años, nos considerábamos sus amigos y lo queríamos y admirábamos en vida tanto como lo seguimos queriendo y admirando ahora, cien años después de su nacimiento.

Legó una ingente obra bajo la especie de varias disciplinas creativas, pues sobresalió en todas

Todos sabemos que el genial Mingote (el epíteto «genial» se inventó para él o, por lo menos, se convirtió en su acompañante perpetuo, lo mismo que Aquiles es, por siempre jamás, «el de los pies ligeros» o Ulises «el fecundo en ardides») fue un prodigioso dibujante.

Prosista espléndido

Entre los numerosísimos frutos que dio ese árbol de su genio, se encuentran la citada «Historia de la gente», «El conde Sisebuto», «Historia de Madrid», «Historia del traje», «Hombre solo», «Hombre atónito» y «Hombre perplejo» (reunidos estos tres últimos títulos en «Hombre solo»: Barcelona, Planeta, 2008, un libro extraordinario), «Historia del mus», «Mi primer Quijote» o sus divertidísimas ilustraciones para «La venganza de Don Mendo» de Muñoz Seca, que ha celebrado su centenario el 20 de diciembre de 2018.

Pero no todos saben que Mingote fue también un espléndido prosista. Allá por 1948 (Librería Clan, colección «El Lagarto al Sol») publicó con dibujos ajenos -de Goñi, para ser exactos- su primera novela, «Las palmeras de cartón», que se reimprimió varias veces. Dos años antes, en 1946, había comenzado a colaborar en «La Codorniz» invitado por su director, Álvaro de Laiglesia.

Fue en junio de 1953 cuando empezaron a aparecer sus chistes en ABC: muchos imaginábamos -e insisto en lo que dije más arriba- que amanecía todos los días y que existían los churros y el café con leche gracias a una benévola conjunción astral que hacía que percibiéramos juntas -y gozosamente revueltas- cosas tan diferentes como el amanecer, el desayuno y el chiste de Mingote. Su segunda novela, «Adelita en su desván», vio la luz mucho después, en 1991 (Planeta). En 2010 nos entregó una colección de setenta y cinco espléndidos relatos breves, alguno de ellos en verso, bajo el título de «El caer de la breva» (que es también el rótulo del primero de los textos), demostrándonos que fue también un verdadero as en la distancia corta, siempre tan ardua, del microrrelato.

Cien años después de su nacimiento, y aunque él esté ubicado desde 2012 en un «locus» infinitamente más «amoenus» que este putrefacto valle de lágrimas, el mundo sin Mingote se ha transformado en algo mucho más aburrido. Nos quedan, eso sí, sus libros, sus dibujos, su ejemplo humano. Un centenario es una buena excusa para volver a sumergirse en ellos.