Anne Tyler, autora de «El hilo azul»
Anne Tyler, autora de «El hilo azul» - ABC
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Anne Tyler: «Nunca he creído en el sueño americano. Jamás ha existido»

La escritora estadounidense tiene la capacidad de hacer extraordinario lo ordinario, como si la vida estuviera, realmente, en los pequeños detalles. También en «El hilo azul» (Lumen), por el que fue candidata al Premio Booker y del que habla con ABC Cultural en la única entrevista que ha concedido en España

MADRIDActualizado:

Anne Tyler acaba de cumplir setenta y cuatro años. Lo ha celebrado junto a sus hijas Tezh y Mitra en su casa del barrio de Roland Park, en Baltimore, donde también viven los Whitshanks, protagonistas de «El hilo azul» ( Lumen), la última novela de la escritora estadounidense. La madeja de la ficción, en el caso de Tyler, se conforma de retazos de la vida ordinaria, de conversaciones banales, aparentemente intrascendentes, que dan sentido a lo extraordinario de estar vivo.

Esos pequeños detalles, resquebrajados por la enfermedad y, en última instancia, rotos por la muerte, se suceden en nuestro día a día sin que seamos conscientes, azuzados por la inercia absurda del futuro inmediato. Pero la posibilidad de existir no se sostiene sin el peso del pasado, de nuestra historia reciente, y, mucho menos, sin la evidencia del presente. Es precisamente ahí donde aparece la literatura de Anne Tyler, como un baño de fantástica realidad. Esa realidad que la escritora lleva retratando desde hace medio siglo («El hilo azul», por la que fue candidata al último Premio Booker, es su novela número veinte), viviendo y soñando las vidas de otros, pero sin renunciar a la suya propia, separada de la ficción por el muro de la cordura.

Muy reacia a conceder entrevistas, Anne Tyler recibió la llamada de «ABC Cultural» en su domicilio de Roland Park a las once de la mañana (hora de Baltimore) del día en que Svetlana Alexiévich logró el Nobel de Literatura. Afable y muy parlanchina, en los primeros cinco minutos de diálogo logró desterrar la idea, preconcebida por el artificio que a veces construimos los medios, de que sería una conversadora distante. Todo lo contrario. Su tono de voz, tranquilo y familiar, como si nos conociéramos desde hace años, desde la primera vez que nos encontramos en uno de sus libros, hizo que me trasladara, durante la hora que duró nuestra conversación, al cuarto del segundo piso en el que, cada mañana, escribe hasta bien entrado el mediodía. Escaleras abajo sonaba el último disco de Sufjan Stevens y, al otro lado del charco, en su oficina de Islington (Londres), Nick Hornby ponía punto final a su nueva novela. Realidad y ensueño, mezclados por la capacidad de la Literatura, con mayúsculas, para cambiar la vida de las personas.

- Los Whitshanks, protagonistas de «El hilo azul», son una familia ordinaria, pero sus vidas resultan extraordinarias. ¿Puede una familia estadounidense, hoy en día, aspirar a la idea de felicidad que representó, no sin ironía, Norman Rockwell?

- Supongo que, si miras más adentro, si no te quedas en la superficie, en lo que se observa a simple vista, cualquier familia ordinaria puede ser extraordinaria. Si nos atenemos a la idea de felicidad que Norman Rockwell trató de plasmar en su día, todas las familias, estadounidenses y de cualquier otro país, tendremos la sensación de que hemos fracasado; siempre habremos fracasado como familia si nos miramos en el espejo de Rockwell.

- ¿Ha llegado usted a creer, en algún momento, en el «sueño americano» como la vida ideal? Se lo pregunto porque todas sus novelas lo desmontan; atentan, de un modo u otro, contra ese ideal.

Quiero morir antes de llegar a olvidar mis recuerdos

- Todo el mundo, cada persona, cada país, tiene unos ideales muy concretos, pero yo no creo en el «sueño americano». Es algo en lo que nunca he creído. Jamás ha existido como tal. Por eso no creo, tampoco, como le decía antes, en el ideal de felicidad representado por Norman Rockwell. El «sueño americano» tiene que ver, en realidad, con la capacidad que cada uno tiene de poder conseguir algo en esta vida, de ser ese alguien que realmente quiere ser, con la idea de que, en teoría, todo el mundo tiene las mismas posibilidades. Ahora, por ejemplo, en Estados Unidos, las generaciones jóvenes tienen muchas más posibilidades que las anteriores; hemos evolucionado mucho en ese sentido, para mejor, pero a veces también fracasamos en eso… Por ejemplo, hoy en día sigue siendo muy duro ser afroamericano en nuestro país, aunque no tanto como lo era en los años sesenta o en los setenta. Está claro que las cosas han cambiado y que los movimientos sociales lograron mucho, fueron una conquista. Pero hay muchas zonas de Estados Unidos en las que la pobreza es inmensa y esa situación, esa realidad, tiene que ver también con el racismo. Estoy segura de que, durante los últimos meses, ha oído hablar de lo que sucedió en Baltimore…

- Por supuesto. ¿Quién no?

- Pues bien, hasta que no salió en los medios, hasta que no se convirtió en noticia, hubo mucha gente que no se dio cuenta; yo, personalmente, no me había dado cuenta.

- En ese sentido, ¿qué piensa de Barack Obama?

- Obama ha intentado, de manera extraordinaria, hacer un buen trabajo. Hay gente que no le apoya sólo porque es negro. Quizás dentro de dos generaciones el cambio sea real… El cambio está sucediendo, ya ha comenzado, pero es muy lento…

- «El hilo azul» transcurre en Roland Park (Baltimore), muy cerca de donde usted vive. ¿Qué parte tiene la novela de su propia vida? ¿Y los personajes?

- Vivo en un barrio de clase media y mi situación es muy cómoda. Cuando me mudé a Baltimore me sorprendió mucho Roland Park; la gente estaba pasada de moda, muy establecida, conservadora. Esta es una ciudad en la que es muy difícil penetrar, a la que es muy difícil cogerle el punto, pillarle el tranquillo. Con respecto a los personajes… siempre me enamoro de mis personajes. Me interesa mucho el tipo de familia que representan los Whitshanks, en la que, a veces, hay un cierto tipo de «outsider», alguien que no es una persona extremadamente buena, que surge casi como oposición al hermano bueno, y que tiene una gran responsabilidad en la trama. Además, pensé que crear un argumento en el que se cruzaran muchas generaciones de una misma familia me permitiría no acabar nunca el libro, porque no quería acabar la novela.

- En alguna ocasión ha asegurado, rotunda, que sus novelas no son autobiográficas en absoluto. Pero lo cierto es que los límites entre la ficción y la realidad son, a medida que avanza la vida, cada vez más difíciles de definir.

- Sí, por supuesto.

¿Y qué piensa, entonces, de esa frontera, de la permeabilidad de los escritores?

Tengo derecho a retirarme, pero no sé cómo ocuparía mi tiempo si no escribiera

- Cada escritor decide si usa, o no, su vida personal. En mi caso, la única razón por la que escribo novelas es porque quiero vivir diferentes vidas. A veces, en mi día a día, veo que algo muy triste o muy interesante ha sucedido y me da pena no poder usarlo, porque es parte de la vida real. Pero nunca escribo de forma autobiográfica… ¡Es muy aburrido! Los escritores no tienen vidas interesantes y, en lo que a mí respecta, no me gustaría tener que volver a vivir mi vida. Además, está el miedo a escribir sobre las personas que conoces, sobre tu marido, tus hijos, tus amigos, porque puede ser considerado como una intrusión.

- Al final, la lección que se desprende al leer «El hilo azul», la que se advierte observando toda su obra, es que no hay ningún sitio como el hogar, ¿no cree?

- Sí, así es. Además, las familias son el único grupo social en el que, pase lo que pase, tienes que mantenerte unido, tienes que aprender a permanecer unido al resto. Eso es fascinante, ese ejercicio, cómo se adaptan unos miembros a otros… Por eso me atraen tanto las familias.

- En la novela, el día a día de los Whitshanks, sus costumbres y las relaciones que unos miembros de la familia mantienen con otros, cambian con una muerte que, como siempre, llega por sorpresa. Usted acaba de cumplir cumplirá setenta y cuatro años… ¿Qué piensa, en este momento de su vida, sobre la muerte?

- No me da miedo la muerte. Me da miedo morir, no quiero sufrir. Pero me siento muy bien, muy satisfecha, con la manera en la que he vivido mi vida.

- Su madre falleció de Alzheimer.

- Sí, es una enfermedad muy cruel. Yo quiero morir antes de llegar a olvidar mis recuerdos. Es terrible, es muy duro de ver… Afrontar que, en realidad, la persona a la que querías, la persona que conocías, ya no está allí, pero tienes que seguir cuidándola, hasta el final…

- ¿Es usted una persona religiosa?

- No, no lo soy. Mis padres eran cuáqueros y me crié en ese ambiente. Lo cierto es que no soy una persona muy espiritual, no sé por qué…

- ¿Y en qué cree Anne Tyler?

- Eso es muy difícil de contestar… Tengo un código moral… Creo en la Literatura…, bueno, a veces no (ríe con ganas). Cada vez me cuestiono más la idea de los clásicos en la Literatura; los libros tienen una vida corta, como las personas.

- Cuando esta novela apareció en Estados Unidos se llegó a especular con la posibilidad de que fuera la última que escribiría… ¿Lo será? ¿Seguirá escribiendo?

En realidad, nunca pretendí ser escritora, no fue algo que persiguiera de manera consciente

- Creo que llegaron a esa conclusión, creo que hubo quien lo pensó porque dije que no quería terminar nunca la novela. Pero ya hay un nuevo libro en camino, que se publicará el próximo año. [La editorial británica Hogarth editará una versión, adaptada a nuestros días, de «La fierecilla domada», de William Shakespeare]. Mi problema es que no tengo «hobbys». ¿Qué podría hacer si no escribiera?

- ¿Es, acaso, posible que un escritor llegue a retirarse? ¿Es la retirada una posibilidad real cuando uno trabaja con una materia tan delicada como la vida misma?

- En mi caso, tengo derecho a retirarme, pero no sé cómo ocuparía mi tiempo si no escribiera. Si no escribiera, no sabría qué hacer con mi vida.

- Cuando era joven, quería ser artista pero, finalmente, se convirtió en escritora y, de hecho, publicó su primera novela («Si llega a amanecer») con sólo veintitrés años. ¿Por qué decidió ser novelista? Si es que llegó a ser una decisión que tomó de manera consciente…

- Publiqué mi primera novela muy joven y, en realidad, nunca pretendí ser escritora, no fue algo que persiguiera de manera consciente. Era la década de los cincuenta… Pensaba que lo que quería hacer en la vida era conocer a un buen hombre, casarme y tener hijos; todo eso que hoy en día se considera pasado de moda. Pero tuve la suerte de que en la universidad siempre me animaron los profesores, me alentaron para que escribiera. Y, con respecto a ser artista, desistí porque no tenía el talento para serlo.

- ¿Qué ha cambiado desde entonces?

- En cierto sentido, nada… Bueno, ahora me siento más segura…

- ¿Le enseña a alguien su trabajo mientras escribe?

- No, nunca le enseño nada a nadie mientras estoy escribiendo. Siempre espero hasta que está terminado para mandárselo a mi editor. Cuando mi marido vivía [el autor iraní Taghi Mohammad Modarressi, con quien Tyler se casó en 1963, murió en 1997], él era mi mejor lector; ahora, son mis hijas quienes lo hacen, y también son muy buenas lectoras.

- Si me lo permite, realmente creo que la escritura no es un trabajo, sino una pasión, una necesidad vital. ¿Qué papel desempeña la literatura en su vida?

- No me puedo imaginar mi vida sin literatura. La escritura y la lectura lo son todo para mí. Siempre me he planteado lo terrible que sería estar ciego. Siendo niña, antes incluso de saber escribir, me contaba historias a mí misma, las susurraba cuando me metía en la cama y mi hermano, con el que compartía habitación, se quejaba a mis padres: «Anne está susurrando otra vez», decía… (ríe).

- En ese sentido, ¿cree en la inspiración? ¿De dónde viene la suya, cómo la consigue?

Cada día me levanto sin humor para la inspiración

- Cuando estoy trabajando en una novela escribo todos los días de la semana, siempre por la mañana, normalmente hasta la una del mediodía. Es una cuestión de disciplina, absolutamente. Yo trabajo muy duro para llegar a tener esas ideas que dan forma a un libro. Al principio es un proceso muy mecánico, no inspirador. Después sí aparece la inspiración, pero, por decirlo de algún modo, cada día me levanto sin humor para la inspiración.

- ¿Es lectora de poesía?

- Cuando estás escribiendo, la poesía se contagia menos que la ficción. Lo que ocurre es que los españoles estáis más preparados en ese sentido; en Estados Unidos la gente se siente incapaz de leer poemas, porque no los entiende.

- ¿Y cómo es el comienzo de un libro para usted? ¿Cómo decide que tiene una historia y que quiere escribir sobre ella?

- Pienso: bien, ha llegado el momento de comenzar de nuevo. Normalmente, tardo un mes en sentarme delante de la página en blanco. Durante ese tiempo, tomo apuntes, escribo ideas… Transcurrido ese tiempo, me pongo a escribir.

- La sensación de estar en mitad de una novela… ¿podría describirla.

- Es casi como estar en mitad de un sueño, metido en la vida de otro… A veces, no sé en qué vida estoy…

- ¿Y qué piensa de las críticas que recibe? ¿Las lee?

- No leo las críticas, nunca. Desde el comienzo de mi carrera tuve claro que leerlas sería malo para mí, fueran buenas críticas o malas.

- ¿Cree que, realmente, existe lo que, durante décadas, ha venido a llamarse «Gran Novela Americana»? ¿Cree que alguien ha conseguido escribirla?

- No, realmente creo que no existe la «Gran Novela Americana». Hay demasiadas Américas y es imposible que un solo libro las represente a todas.

- ¿Me recomienda un libro?

Desde el comienzo de mi carrera tuve claro que leer las críticas sería malo para mí

- Sí, encantada. Le voy a recomendar una novela de la que, además, no se ha oído hablar mucho, por no decir que nadie ha hablado nunca de ella. Se trata de «Sweetland», de Michael Crummey [Buchans, Canadá, 1965]. Es el último libro que he leído y realmente ha logrado sorprenderme.

- ¿Y qué me dice de Nick Hornby?

- Es un escritor fantástico. En su día intercambiamos cierta correspondencia, creo recordar, y al final llegamos a conocernos. « Alta fidelidad» es un libro maravilloso.