Pieza de «Luz. La sombra del tiempo», de Amparo Sard
Pieza de «Luz. La sombra del tiempo», de Amparo Sard
EXPOSICIÓN

Amparo Sard emerge de entre las sombras

No sólo el proyecto es bueno. También el montaje de la cita de Amparo Sard en TEA amplifica su mensaje

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Decía Rilke en una de sus Elegías que lo bello es sólo el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar. Tal vez ese sea el secreto de la belleza que encontramos en el trabajo de Amparo Sard (Son Servera, Mallorca, 1973), porque contiene los inefables sentimientos que provocan las injusticias sociales de actualidad. Sus obras, con una estética tenebrosa pero impecable, suelen promover la contemplación y el disfrute de la naturaleza con un trasfondo conceptual que conecta rápidamente con el terreno emocional.

TEA-Tenerife Espacio de las Artes acoge hasta el 19 de marzo su exposición Luz. La sombra del tiempo, un proyecto comisariado por Fernando Gómez de la Cuesta en el que se revisan los espacios periféricos y fronterizos así como sus protagonistas, a quienes la artista otorga rostro y voz mediante imágenes conmovedoras que abordan la coyuntura política internacional respecto a las zonas de conflicto bélico, y a los refugiados y emigrados, cuya imagen habitualmente nos llega a través de la pantalla.

En gran pantalla

Sard toma esa pantalla, la proyección, las luces y las sombras que emergen de sus esculturas e instalaciones, convirtiendo en el punto de partida del proyecto las nuevas tecnologías y lo que estas representan en nuestras vidas, ya que son un filtro a través del cual conocemos lo que sucede más allá del propio horizonte. La tensión va creciendo desde el comienzo del recorrido expositivo, trazado por la división de las salas y el acceso de una a otra hasta el fondo a partir de las punciones, las perforaciones sistemáticas y obsesivas que componen una serie de obras en papel en las que la artista habla de dualidad y se autorretrata desdoblada en otros personajes y otros cuerpos, entre sensuales y siniestros. Estos señalan el camino, nos llevan con naturalidad a la siguiente de cuatro galerías, donde hallamos proyecciones sobre esculturas colgantes, fotografías y bosques de árboles de plástico formando paisajes en los que perderse con una abrumadora sensación de suspensión y ambivalencia.

Pura revelación

El montaje de Luz. La sombra del tiempo es tan impecable como impactante; el espectador queda fascinado cuando descubre cómo evoluciona el paisaje interior y qué es lo que se le está revelando. Gigantescos árboles emergen de la pared, rompen el muro de la segunda sala arrancando astillas desde sus raíces, que imaginamos asentadas al otro lado, lo que nos lleva a continuar una visita que culmina en una videoinstalación en la que percibimos nuestra sombra. El público, de pronto, es parte de la obra, que fluye en una pared con imágenes diluyéndose en un magma sinuoso que confunde de un modo casi hipnótico, mezclando realidad con apariencia, juego metafórico que recrea la caverna de Platón.