Imagen realizada por el equipo dirigido por Roberto Ontañón tras el empleo de técnicas infrarrojas
Imagen realizada por el equipo dirigido por Roberto Ontañón tras el empleo de técnicas infrarrojas
ARQUEOLOGÍA

Altamira no es la última sorpresa

Un equipo de investigadores del Museo de Prehistoria de Cantabria ha localizado en la región nuevas pinturas rupestres que tendrían entre 28.000 y 22.000 años. Eso las hace más antiguas que las de Altamira

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La ría de Limpias se funde con las verdes montañas del oriente cantábrico para convertir Voto (Cantabria), un pequeño municipio de algo más de 2.500 habitantes, en un fecundo enclave de gran interés patrimonial. Uno de sus principales atractivos radica en el amplio abanico de cuevas que lo bordean, algunas de ellas catalogadas como bien de interés cultural. Cavernas milenarias cuyas entrañas aún logran sorprender a los espeleólogos. Ejemplo de ello es la gruta de Solviejo, uno de los cuatro puntos de la Comunidad Autónoma en los que el equipo de investigadores del Museo Regional de Prehistoria y Arqueología (Mupac) ha hallado nuevas figuras rupestres de entre 22.000 y 28.000 años de antigüedad, lo que las convierte en manifestaciones artísticas mucho más antiguas que las de Altamira, datadas entre 12.000 y 15.000 años atrás.

Cuatro puntos básicos

Los descubrimientos han tenido lugar, además de en Solviejo (a unos 70 kilómetros de los famosos bisontes de Santillana del Mar), en las cuevas de El Rejo (Val de San Vicente), Las Graciosas (Medio Cudeyo) y Los Murciélagos (Entrambasaguas). A grandes rasgos, se trata de un conjunto de figuras rupestres muy heterogéneas de la era paleolítica. De hecho, la muestra abarca desde grandes motivos geométricos cuadrangulares hasta manchas de color rojo y representaciones de animales. Manifestaciones que, en palabras del director del Mupac y de la propia investigación, Roberto Ontañón, no solo suponen un gran avance «desde el punto de vista científico», sino que además consolidan a Cantabria «como uno de los núcleos más densos del mundo» en lo que respecta a este tipo de arte.

Algunas marcas no son visibles: «Era como la escena de un crimen, como un CSI de Atapuerca»

«Afortunadamente, esta es una tierra inagotable, y eso es lo que nos anima a continuar investigando», asevera el experto santanderino, que explica que ya había indicios de la existencia de «marcas negras» en las citadas cuevas a raíz de una expedición arqueológica realizada en la década de los ochenta. En este sentido, puntualiza que su equipo se ha centrado en «recopilar» las informaciones de otros espeleólogos para hacer un inventario con las grutas en las que pudieran encontrarse nuevas pinturas.

El hallazgo final ha sido la recompensa de un severo trabajo de investigación que ha requerido de todo un «arsenal tecnológico», afirma Ontañón. De hecho, algunas de las marcas ni siquiera son visibles a simple vista: «Era como la escena de un crimen, como un CSI de Atapuerca», ironiza el director de Mupac, que destaca que, entre otros menesteres, han tenido que escanear por láser los sistemas subterráneos de las cavernas y realizar «técnicas de análisis multiespectral». Se trata de una herramienta «de incalculable valor» que consiste en captar «prácticamente todo el espectro» de una toma fotográfica, desde la radiación infrarroja hasta la ultravioleta. De esta forma, lograron ver las «figuras fantasmas» a través de un ordenador.

Acceso complicado

En la misma línea, tampoco fue sencillo el acceso a las cuevas. La de Solviejo, por ejemplo, se encuentra en la margen izquierda de la cabecera del río Clarón, que está rodeada de pequeños montes. La entrada a la gruta que, según consta en el estudio, se ha desarrollado en «calizas masivas del Cretácico inferior», tiene más de dos metros de alto y da acceso a un vestíbulo «recto y descendente» de entre tres y cinco metros de altura y entre dos y cuatro de anchura. Travesía que desemboca en un «gran corte vertical» de 19 metros de profundidad «producido por un gigantesco colapso de la primera sala del espacio cavernario».

Subraya Ontañón la importancia de que, a excepción de los de la cueva de El Rejo, los conjuntos descubiertos «no son figurativos, sino que están constituidos por símbolos geométricos». Un tipo de arte rupestre que, hasta hace poco, «se documentaba como secundario» y al que no se le daba importancia: «Pero la tiene, y mucha», afirma el investigador, que sostiene que se ha abierto un nuevo amplio «horizonte» de pinturas paleolíticas exentas de animales. En este sentido, el equipo observó con especial interés dos grandes formas rectangulares de Solviejo «rellenas con tinta plana y con protuberancias». Al igual que la mayoría de las piezas analizadas, la primera, de mayor tamaño, presenta un color ocre rojizo, mientras que su melliza fue realizada en ocre siena.

También aparecieron motivos más monótonos, como una serie de manchas asociadas en hilera horizontal que, posiblemente, se realizaron con una combinación de puntuaciones o tamponados y trazo lineal. Los espeleólogos no documentaron indicios de grabado, y destacaron que todas las figuras fueron realizadas mediante técnicas sencillas de aplicación del color, bien con un cuero manchado, con un lápiz ocre o incluso con los propios dedos.

Significado difuso

El investigador cántabro lamenta desconocer el significado de esta clase de manifestaciones, si bien asevera que gracias a algunas de ellas los expertos han logrado conocer muchos aspectos de la vida de los humanos pre-magdalenienses: «Sabemos que eran un grupo de cazadores y recolectores que no vivía todo el año en el mismo sitio -argumenta-, sino que se trasladaba en función de la demanda de los animales que seguían». En el caso de la región cantábrica, existía un «patrón de movilidad» de este a oeste por zonas del litoral, pero también viajaban de sur a norte en mo- mentos puntuales.

En la misma línea, un estudio del Museo de Altamira realizado por los investigadores Ramón Montes y Pedro Rasines añade que los territorios más habitados por este colectivo eran los próximos al mar, «mientras que las áreas más interiores y abruptas se utilizan estacionalmente, seguramente en los meses de primavera y verano». Los habitantes del período Gravetiense usaban cuevas situadas en lugares «particularmente estratégicos», bien para la explotación estacional o para la captura de especies animales concretas.