Manuel Vilas
Manuel Vilas - IGNACIO GIL

Ajuste de letrasManuel Vilas, un chico de Barbastro en América

En «América», el escritor se adentra en un Estados Unidos que huele a cerrado, que no entendió a Lou Reed

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Tenías doce años cuando quisiste viajar por primera vez detrás de una voz, la de Lou Reed. «Esa Voz —porque para ti el cantante neoyorquino es una religión— que transmite euforia y calor, ganas de vivir, unas fortuitas y luminosas y lúgubres y piadosas ganas de vivir». Lou Reed iba a ofrecer tres conciertos en España, uno en Barcelona y dos en Madrid. «¿Cómo demonios se viaja a Barcelona o a Madrid?», te preguntaste. Así, siendo todavía el pequeño Manuel Vilas, empezaste a descubrir un país que ni intuías. En los mapas, Barcelona salía más cerca de Barbastro que Madrid. El plan era escaparte de tu pueblo, en Huesca, y poner cara a esa voz tan enérgica que salía del tocadiscos. El viaje quedó en una chiquillada, claro, pero como «la vida solo permite ser contada si ves en ella un viaje» decidiste contarla a través de las canciones que tanto te obsesionaban.

«Lou Reed era español»
«Lou Reed era español»

«Lou Reed era español» (Malpaso) marca los puntos de tu recorrido vital, acostumbrado como estás a ponerte en marcha con los 19 minutos de «Junior Dad». Por otra canción, «Heroin», supiste quién era Franco. A Lou Reed la censura no le permitió cantarla en su primer concierto en España, y ese fue el motivo por el que la conociste: en los dos discos que tenías no aparecía. Por «The Kids», también mutilada por el franquismo, saliste de España. ¿Fue tu primera vez? En Andorra, los españolitos compraban tabaco y whisky baratos y discos de Lou Reed. Cuando escuchabas «I’m Waiting for the Man» te volvías el «joven más importante y violento del mundo». Con «Walk on the Wild Side» te sentías «orgulloso, muy orgulloso, de la Voz». Ey, cariño, date una vuelta por el lado salvaje, dice la canción. Era «la llegada del éxito», una «candidatura muy seria al premio Nobel de algo».

Te convertiste en el gran Vilas, en uno de los poetas más reconocidos del país, sin dejar de perseguir a Lou Reed. Como si fueras un detective. Ya fuera en Madrid, Barcelona o Zaragoza. En Benicasim, San Sebastián o Cádiz. «He perdido toda objetividad, todo realismo, he convertido esa Voz en un acompañamiento de estos absurdos viajes españoles y eso parece algo digno de don Quijote de la Mancha», escribes.

La voz de Lou Reed sería luminosa, de acuerdo, Vilas. La tuya es seductora. El cóctel de alucinaciones, encuentros y descubrimientos que exhibes en tu viaje tras las huellas de tu Voz cantante hace de «Lou Reed era español» un buen libro, un prólogo entretenido de «América» (Círculo de Tiza), que es un libro soberbio. Si en Lou Reed enseñas un país oscuro y a la vez cariñoso, en «América» te adentras en el territorio que no entendió al cantante. Eso dices. Porque Lou Reed, además de europeo, fue un «fenómeno neoyorquino». Y el verdadero Estados Unidos tiene un «olor húmedo», huele a cerrado. La noche cae en la América profunda de «una forma apocalíptica», llenando «de oscuridad las carreteras, las casas, la vida».

«América»
«América»

Son varios los hallazgos que haces del país donde no existe el fracaso. ¿O sí existe? Lo que te sedujo de la nación que te acogió tras desistir de tu identidad española, que nunca fue tuya, fue «la vida sin prestigio». Recorriste España persiguiendo a Lou Reed y terminaste encontrando un país perezoso, sin curiosidad, un país de colegas y al enemigo ni agua —escribes—, un país hipócrita, de gente que solo ambiciona dinero, un país que necesita hacer fracasar a sus ciudadanos y en el que te sentiste fracasado.

Son varios tus hallazgos en América, decía. Vives allí a temporadas desde 2014, según leo. Observaste que la Coca-Cola es la exaltación de la clase media: «Porque por muy rico que sea un hombre, jamás podrá beber una Coca-Cola distinta a la que bebe el mendigo de la esquina». Observaste que allí la clase media tiene acceso a la abundancia, y a precios bajos. El milagro leninista en realidad «se cumplió en Estados Unidos». Observaste que en el Midwest siempre hay aparcamiento: «La dimensión de los avances políticos tiene que ver con la clarificación de la vida cotidiana, con la eliminación de las pequeñas comodidades».

Por encontrar, encontraste hasta a un votante de Trump frente a la casa de Walt Whitman. «Yo no soy chino, voy a votar a Donald Trump, y no sé quién era Whitman, seguro que era un chino como tú», te dijo uno de los vagabundos que merodeaban la entrada de la vivienda del primer poeta de la democracia estadounidense. Allí no debieron de llegar los columnistas expertos en equivocarse. «La pobreza nunca viene sola, se hace acompañar de la locura, del desquiciamiento», escribes. Es una de esas muchas frases que afilas como si fueran versos. Como cuando dices que «escribir un libro es una forma de entrar en un museo».

La literatura se ha vuelto silenciosa. Enclaustrada en recuerdos de tiempos mejores, ya no puede cambiar el mundo. Ese papel lo ocupan ahora la música y el cine. «El entierro de Víctor Hugo fue multitudinario porque en el XIX la literatura era el pop de hoy. Bowie fue un nuevo Víctor Hugo». América, en cambio, suena tan bien como las canciones de Lou Reed.