El escritor vallisoletano, afincado en Madid, Adolfo García Ortega
El escritor vallisoletano, afincado en Madid, Adolfo García Ortega
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Adolfo García Ortega: «El nacionalismo es lo más refractario al pensamiento»

Tras abordar los atentados del 11-M en «El mapa de la vida», publica ahora «Una tumba en el aire» -último Premio Málaga de Novela-, sobre el terrorismo etarra, recreando un trágico hecho sucedido en la realidad

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Adolfo García Ortega nació en Valladolid en 1958, pero , como él mismo ha confesado, se enamoró de Madrid, donde estableció su residencia. Durante un tiempo -los comienzos fueron difíciles-, combinó varios trabajos -entre otros fontanero y empleado de Correos-, con el estudio de Filología Hispánica y Filología Francesa. Posteriormente, ejerció el periodismo y la crítica literaria en varias publicaciones, fue asesor del Ministerio de Cultura, y editor en distintos sellos.

Ha cultivado la poesía -su primera obra publicada, «Esa labor digital» (1983) pertenece a este género-, el ensayo y la novela. En los tres ha desarrollado su carrera literaria, con títulos como, entre otros, las novelas «Café Hugo», «El comprador de aniversarios» -Premio Dulce Chacón-, y «Pasajero K»; los ensayos «Habitaciones irreales» y «Fantasmas del escritor». En 2015 reunió sus poemas en «Animal impuro». Por otro lado, es traductor del francés -ha señalado que Francia, su cultura, su lengua, es una de sus pasiones-, y del catalán.

Con «Una tumba en el aire» (Galaxia Gutenberg) se ha alzado con el Premio Málaga 2018. La novela explora un trágico hecho sucedido realmente: el asesinato, en 1973, a manos de ETA de tres jóvenes gallegos, José Humberto Fouz Escobero, Jorge Juan García Carneiro, y Fernando Quiroga Veira, a quienes, confudiéndoles con policías, los etarras secuestraron, torturaron y asesinaron.

¿Calificaría «Una tumba en el aire» como «novela sin ficción»?

No, no entiendo bien ese concepto. Si es novela, es ficción, recreación, representación, mito, llámese como se quiera. Una cosa es que la realidad sea contada, explicada incluso, de determinada manera y con determinada profundidad imaginativa, y otra muy distinta que la realidad invada, neutralice y contamine la ficción. Hay escritores que parece que tienen miedo a la ficción. Un autor que aborda un hecho real, al hacerlo desde una novela está ofreciendo a los lectores una propuesta de la imaginación, una reconstrucción verosímil, una metáfora, en suma.

¿Cómo se ha documentado?

Una novela como esta requería tratar de comprender el contexto histórico de los años setenta y también la mentalidad de los etarras de entonces. Y, desde luego, investigar un poco sobre el escenario de los hechos y buscar perspectivas de primera mano. Hablé con personas de todo tipo, tanto etarras como exetarras, policías de entonces de ambos lados de la frontera, testigos de la época, etc. Por supuesto, contacté con las familias de las víctimas, sin cuyo apoyo e información no me habría atrevido a escribir esta novela. Luego, reconstruí casi con técnica forense las mentalidades de las víctimas y de los asesinos. Cuando lo hube asimilado, surgió la literatura y todo cambió: me puse a escribir una novela. Hice mío el acopio de información, me dejé habitar por la historia, por los personajes, y todo cobró una nueva vida, me sentía Homero contando la «Odisea». Creo que eso es lo que buscamos siempre los escritores, es nuestro mito fundacional: contar una verdad transformándola.

¿Le ha llegado alguna reacción de los familiares de las víctimas?

Los que la han leído me han manifestado agradecimiento. Yo les debo más a ellos, porque me abrieron sus recuerdos y me dejaron usarlos en función de la novela. Por eso no me cansaré de darles las gracias y de pedirles perdón por lo que nos les haya gustado.

«Mi novela habla de buenos y malos: las víctimas inocentes son los buenos, tres chicos injustamente asesinados, y los asesinos son los malos»

Supongo que ninguna del entorno «abertzale»...

No, ninguna. Y no espero que lo hagan, ya que eso supondría entrar en el terreno de las preguntas y las respuestas, y ETA siempre ha eludido preguntar y responder. Ningún movimiento nacionalista extremo, de cualquier cuño, acepta preguntas ni da respuestas, ya que eso significaría analizar, pensar, y el nacionalismo -insisto que de cualquier lado- es lo más refractario al pensamiento. No obstante, tal vez mi novela promueva que ETA, como organización ya extinta, asuma que lo hizo, pida perdón y explique la verdad. Una verdad que se aventura en mi novela atando muchos cabos sueltos y avanzando un puñado de certezas, como quiénes fueron los responsables, por qué lo hicieron y cómo lo hicieron.

¿Desde la creación, novela -«Patria», de Fernando Aramburu, «Mejor la ausencia», de Edurne Portela..- y el teatro -«Los Gondra», «Los otros Gondra», de Borja Ortiz de Gondra...-, se está escribiendo el relato del terrorismo etarra?

La fuerza de la literatura es inmensa. Es la gran fijadora de la historia en la mitología colectiva, y, a la larga, acaba significando una especie de verdad, cuando menos moral. Desde luego que, pasado el momento de la inmediatez, aparece la narración. El entorno etarra contará «su» historia y «sus» historias como quiera, seguramente de un modo impregnado de parcialidad y de mentiras, porque ni puede asumir la verdad ni es capaz de hacerlo. El error sería caer en lo mismo desde el otro lado, desde el lado de las víctimas, desde el lado del Estado. Parafraseando al gran Montesquieu, creo que el Estado ha de ser la máquina de la justicia y del perdón, no del rencor y la venganza. Los escritores podemos contribuir a contar desde la verdad, desde la justicia y desde la conmiseración. No creo en la literatura como un arma vengativa. Mi novela habla de buenos y malos: las víctimas inocentes son los buenos, tres chicos injustamente asesinados, y los asesinos son los malos, pero lo son por sus hechos y por el modo como los llevan a cabo ideológicamente, no porque yo los demonice. Se retratan solos.

¿Es decisivo ganar esa batalla del relato? ¿Ha sido motivación para publicar ahora esta obra?

El concepto «batalla» no me inspira nada bueno. Es llevar el rencor y la venganza al terreno de la literatura y la literatura -al menos la buena- no está para eso, sino para dar un punto de vista moral y universal, para narrar, y que sea la narración misma la que juzgue a sus personajes. Es Chéjov, es Kafka, es Camus. Proliferarán novelas que expliquen, que recreen, que hablen de personas crueles y de personas inocentes, de cómplices y de fanáticos, de emociones y de vilezas, de amistad, de amor, de infortunio… Todo eso valdrá para contar los años de terror. Pero no hay nada que ganar, lo que hay que hacer es fijar la memoria, favorecer la imaginación y aportar mimbres para ser justos al leer.

«En todas mis obras subyace la mecánica del azar como un elemento determinante. Como en la vida»

Una desaparición sume a los familiares en un «purgatorio infernal», leemos en «Una tumba en el aire». ¿Su novela quiere contribuir también a que no se dé carpetazo definitivo a la investigación sobre la desaparición de los tres jóvenes y de otros casos similares en el historial etarra?

La desaparición de aquellos tres jóvenes, al cabo de cuarenta y seis años ya, es una herida aún abierta, que se sabe que no se cerrará nunca. Han pasado los años, pero una parte de las personas más allegadas a las víctimas vive permanentemente congelada en el momento de la desaparición. Mi novela ha tratado de aportar explicaciones y un relato humanizador de la amistad de los tres chicos y también humanizador de las mentes políticamente infectadas de los asesinos, fanatizados y crueles. Ojalá la novela contribuya a que un juez o una jueza abra en Francia el caso, que es donde se puede abrir, ya que todo sucedió allí. Además, allí no hubo amnistía, al contrario que en España. Y los delitos sin aparición de cadáver no prescriben. Pero todo esto ya no está en mi mano. En mi mano solo ha estado restituir la memoria de los tres chicos y dar una especie de descanso a sus erráticos fantasmas haciendo una historia que se pueda leer dentro de cien años y cause emoción y ternura.

Estupendo el detalle de que La Tupiña, la discoteca donde coinciden con los etarras, le parezca a Jorge la casa del cuento de Hansel y Gretel. Y allí Jorge y sus amigos caen en manos de la bruja...

La novela está trufada de relaciones literarias que conforman un argumento ficticio capaz de transcender los meros hechos y elevarlos a una categoría más amplia. Por eso no es solo una novela sobre un crimen deleznable de ETA, también es una novela sobre un crimen deleznable en sí mismo, porque habla de la vida truncada, de las promesas rotas. Los cuentos populares eran terribles. Se puede leer mi novela desde la perspectiva de un largo y terrible cuento de hadas negro.

Y parece que el azar (retraso en el pase de la película, la decisión de los jóvenes de detenerse en la discoteca…) se alía con la bruja...

Sí, en todas mis novelas subyace la mecánica del azar como un elemento determinante. Como en la vida. Si a tal hora no hicieras tal cosa, no resultaría luego tal consecuencia. Esta sutileza temporal, de elecciones nimias o factores exógenos, me fascina. Estoy seguro de que una de las motivaciones para escribir esta novela fue jugar con esa mecánica del azar. Cuando me contaron la historia, me poseyó la intuición de que la casualidad había movido cada acto de aquella terrible noche.

Está especialmente conseguido el retrato de los asesinos, sobre todo el de Hueso. ¿Cómo ha trabajado a Hueso y a los otros etarras?

Bueno, leí muchos informes sobre los etarras de la época y también hablé con algunos de los de ahora y de los entonces. También he hablado con quienes los conocieron en su día. Una vez entendido el personaje, la construcción literaria del mismo es como la del retratista: tienes el modelo, ahora has de marcar los rasgos de su personalidad con el pincel. El escritor usa las palabras, los climas, los diálogos, para matizar psicologías. Por lo que se sabe, Tomás Pérez Revilla, Hueso, era un tipo violento, radical, paranoico y guardaba mucho odio. Muchos de cuantos iban con él no eran muy diferentes, aunque en la novela todos salen con sus motivaciones, sus justificaciones y sus temores particulares. Lo que sí unía a todos era la causa nacional vasca y toda causa nacional se alimenta de odio al contrario.

Muy lograda también la contraposición entre la vesania de Hueso, el odio que él enmascara como «valentía, fortaleza, rectitud», y la frialdad de Telesforo Monzón, -que compra tranquilamente «croissants» después de los asesinatos-, aunque en los dos el mismo fin e idéntica legitimación de la violencia. ¿Recreación de la célebre frase de Arzallus: «Otros mueven el árbol y nosotros cogemos las nueces»?

En aquella época, cuando los etarras en Francia se llamaban «refugiados vascos», contaban con todas las complicidades paternales e ideológicas del nacionalismo vasco, muy católico y muy reaccionario. Por eso ETA siempre ha sido un movimiento reaccionario, bajo capa de revolucionario y socialista. Monzón era un gran hipócrita, basta con leer sus textos, sus poemas, y escuchar sus discursos y entrevistas. Veía a los etarras como gudaris ennoblecidos y ángeles salvadores. Los amparaba a todos, junto con el cura Lartzabal, de Sokoa, un visionario muy tóxico y peligroso.

«Telesforo Monzón era un gran hipócrita, basta con leer sus textos, sus poemas, y escuchar sus discursos y entrevistas»

Cuando se desarrollan los hechos, en ETA «todos sospechaban de todos»...

En esos años, ETA estaba viviendo una gran transformación y a su vez un gran conflicto interior, propio de todo movimiento que no es claro consigo mismo. Estaba sometido a muchas tendencias, divisiones y enemistades internas. También empezaba a sospechar que proliferaban los confidentes, los desertores y que había infiltrados. Metidos como estaban en algunos de los atentados más espectaculares que cometieron entonces, la paranoia en la cúpula era enorme. Creo que eso está reflejado muy fielmente en la novela. La dicotomía entre Txikia y Peixoto era muy representativa del conflicto de las distintas ambiciones políticas de algunos dirigentes.

El Holocausto en «El comprador de aniversarios», el 11-M en «El mapa de la vida», la guerra de Bosnia en «Pasajero K», ETA en «Una tumba en el aire». Le interesa explorar la violencia y el mal…

Bueno, esta en mi novela número once y en ellas he tratado temas muy distintos. Quizá se deba a que lo que me gusta es contar historias complejas, con subhistorias dentro y con muchos personajes. En algunas de mis novelas he tratado de reflejar los conflictos claves de la Historia que me ha tocado vivir, y no solo españoles, claro. Y esos conflictos tienen un cariz violento, reflejan el mal. Yo no eludo reflejar el mal, y ya que lo hago, lo hago con evidencia, no quiero que el lector se queda tranquilo leyendo, quiero que se sienta dentro de la acción, la vea y la sienta, aunque le cause cierta incomodidad. Pero también he de decir que mis novelas abordan siempre, en segundo nivel, otro historia. «El mapa de la vida» es una historia también de amor y fantástica, con protagonistas que son ángeles. O «Pasajero K» es una novela sobre la maternidad, además de hablar de las mujeres asesinadas en Bosnia. O «El evangelista» es la crónica de una revolución facciosa como las actuales. En fin, siempre busco contar mi tiempo desde varios ángulos.

En un artículo publicado en 2013 señaló usted: «La actividad política no es el feo trajín autodefensivo y hostil que esgrimen derechas e izquierdas. La política -y su praxis- es una actividad altruista, generosa y servicial orientada a gestionar, por encima de todo, la verdad, tal cual es, sin manipulaciones, desviaciones u ocultamientos». ¿Qué cree que hoy prevalece, el trajín o lo servicial?

La política está desacreditada y eso es un síntoma muy negativo de las sociedades actuales. Hay muchas causas, no voy a entrar en ellas. Lo que también pienso es que hay muchos políticos honrados que buscan servir a la sociedad renovándose y renovándola, y la sociedad debe intentar conectar con ellos. Echo de menos en los políticos más lucidez, mayor altura de miras y menos tacticismo electoral. Aun así, si se deja la política en manos de los más idiotas, estos se acabarán convirtiendo en los más malvados. Para ejemplo, el mundo de hoy en general.