Un momento de «La gaviota»
Un momento de «La gaviota» - D. matvejevas
teatro

Pasiones a flor de boca: Chéjov por partida doble en Madrid

Réplika acoge el montaje de «El jardín de los cerezos», y el Valle-Inclán «La gaviota». Magnífica ocasión para disfrutar de Antón Chéjov por partida doble en los escenarios madrileños

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En su cuento Tres rosas amarillas (Anagrama), Raymond Carver imagina los últimos días de la existencia de Antón Chéjov y el momento de su muerte, acaecida en julio de 1904 en el balneario alemán de Badenweiler. En ese instante, el doctor Schwöhrer, viendo que apenas le quedaba un soplo de vida, pidió una botella del mejor champán y tres copas: para el enfermo; para su mujer, la actriz Olga Knipper, y para él mismo. El escritor ruso, haciendo acopio de las escasas fuerzas que le restaban, se llevó la copa a los labios y dijo: «Hacía tanto tiempo que no bebía champán». Sin duda, Carver, incondicional admirador de Chéjov y seguidor de su forma de concebir el género del relato, captó a la perfección el fondo del espíritu chejoviano en esas palabras finales añorantes de vitalidad y placer, que podrían resultar poco acordes con la imagen tópica que a veces se presenta del autor de La gaviota y de tantas piezas teatrales que nos sumergen en un universo de desolación e implacable deterioro de los sueños, con personajes cargados de soledad y frustraciones. Pero Chéjov es mucho más rico y complejo.

Frente al cliché

El profesor, escritor y crítico teatral Marcos Ordóñez, que inauguró la semana pasada con «Dos tardes con Chéjov» el ciclo de conferencias de esta temporada de la Fundación Juan March de Madrid, concibe precisamente un Chéjov alejado de lo manido: «Frente al cliché de un Chéjov lánguido, una lectura atenta de sus textos nos revela un humor a veces ácido y a veces benévolo, incluso absurdo, y sobre todo una hiperactividad furiosa. Sus personajes están en estado de plena ebullición, van a cien por hora.

«La lectura atenta de sus textos revela un humor a veces ácido y benévolo, incluso absurdo»

No es ya que tengan las pasiones a flor de piel, sino a flor de boca, se les salen por todos lados». Marcos Ordóñez esgrimió un sugerente acercamiento al escritor ruso a través de su correspondencia y de la contextualización de la lectura dramatizada de fragmentos de algunos de sus textos. Se sirvió para ello de los actores Irene Escolar e Israel Elejalde, con el contrapunto musical de varias obras del compositor Alexander Scriabin a cargo del pianista Eduardo Fernández. El crítico subrayó los comienzos de Chéjov con breves obras humorísticas, casi vodeviles. Aunque fue el director Konstantin Stanislavski quien se llevó la fama, fue Nemirovich-Danchenko, cofundador del Teatro de Arte de Moscú, el que de verdad comprendió en toda su dimensión, y por supuesto humor, a Chéjov.

Un drama sobre la espera

Ahora coinciden en la cartelera madrileña dos piezas de Chéjov. Por un lado, Réplika repone, hasta finales de diciembre, el montaje de El jardín de los cerezos bajo la dirección de Jaroslaw Bielski. Sobre la pieza, la última que escribió Chéjov y que, ya muy enfermo, le costó ímprobos esfuerzos terminar, comenta Bielski: «Para mí es un drama sobre la espera, la inútil espera de un milagro que no va a producirse. Me resulta la más próxima a los tiempos actuales, a los que hemos trasladado en esta versión. Gran parte de la sociedad vive hoy de espaldas a lo que sucede, y luego se extraña de que otros decidan por ella. Hay una resistencia al cambio y un anclaje en el inmovilismo. En la obra percibo tres mundos en conflicto: el representado por el viejo criado Firs, que quiere que nada cambie, junto al de Liubov –Amanda, en nuestra adaptación–, dueña de la finca y del jardín, que ve los cambios, pero no sabe cómo afrontarlos, y el de Serafín, hijo de unos antiguos sirvientes de la familia que propone reconvertir la casa, lo que supondría destruir el jardín y lo que representa, y el del joven idealista Pedro, que aspira a otro modelo de sociedad. Sin traicionar a su autor, hemos reducido los personajes y el texto, eliminando, digamos, la parte más “costumbrista” para resaltar lo que de gran parábola encierra Chéjov y cómo sus personajes están en crisis permanente».

Asimismo, del 16 al 18 de octubre, el teatro Valle-Inclán acoge La gaviota en versión y puesta en escena de Oskaras Korsunovas, director de OKT/ Teatro municipal de Vilna (Lituania). Korsunovas pretende «convertir a los clásicos en una experiencia interpersonal». Magnífica ocasión para disfrutar de dos extraordinarias piezas del gran dramaturgo ruso, inventor del subtexto, vital corriente subterránea.