Luis Mateo Díez, autor de «Los desayunos del Café Borenes» (Galaxia Gutenberg)
Luis Mateo Díez, autor de «Los desayunos del Café Borenes» (Galaxia Gutenberg) - maya balanya
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Luis Mateo Díez: «A alguien que no lee, le engañas con cualquier cosa»

Luis Mateo Díez se define coo francotirador de retaguardia y asegura haber vendido su alma al diablo. También dice, irónico, que le quedan 90 libros por escribir. El último, «Los desayunos del Café Borenes», llega a las librerías la próxima semana

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Por enjuto y seco en su aspecto físico, siempre pensé que Luis Mateo Díez era así de carácter. Parco en palabras. Pero qué va. Será que yo no lo conocía tan bien como sus muchos amigos. Ni siquiera sabía que era un hombre de muchos amigos. De lo que deduzco por lógica –también puedo dar fe– que le gusta hablar. De ahí que su último libro vaya de personas que toman café en el Borenes y le dan a la lengua tan bien y tan atinadamente como el mismo Luis Mateo Díez.

¿Qué es y dónde se encuentra el Café Borenes?

Hace siete u ocho años, tenía un poco la percepción, no sé si equivocada, de que en el mundo de la ficción empezaba a devaluarse la imaginación. De pronto escribí un texto un poco reivindicativo que se titulaba Contra el descrédito de la ficción, un opúsculo para el desayuno. Lo escribí sin ningún deseo de polemizar, porque yo no soy polemista. Estaba en mi ordenador, guardado, y se perdió. Retomé aquella vieja idea y escribí Los desayunos del Café Borenes, que era como rehacer aquello con una dimensión narrativa. De lo que quería huir al hablar de estas cuestiones era de cualquier tipo de aroma pedante, profesoral.

Divide el libro en dos partes, una ensayística y otra ficticia, pero todo se mezcla al final.

En Los desayunos del Café Borenes, que es uno de los cafés en mis ciudades literarias, me encuentro con una serie de amigos que tienen unos desayunos, unos conciliábulos de debate, de contar sus angustias, sus complacencias, sus frustraciones, alrededor de la ficción y de la novela. Luego pensé que el libro podría tener una segunda parte, en la que yo llevaba mucho tiempo pensando, con mis retales, reflexiones sobre mis convicciones de narrador. Por qué escribo novelas, qué novelas escribo, para qué las escribo, para quién las escribo, y sobre todo, lo que la novela ha supuesto en mi vida. Era como un juego de espejos en el que había una reflexión común de muchas cosas, una delegada en esos personajes desayunadores, que increpan, requieren, discuten, recriminan y muestran un profundo desasosiego ante lo que está pasando, ante el declive de la novela o el destino de la novela.

¿Por qué ese declive de la novela?

Es un problema que se podría relacionar con otros muchos problemas culturales que vive la sociedad contemporánea.

¿Todo esto es culpa del novelista o del mercado editorial?

«Si pillas al lector que no lee, puedes vender millones de ejemplares»

Ha habido, en general, en todos estos últimos años, y desde hace tiempo, una degradación grande en la sociedad en la que vivimos. Probablemente, las grandes editoriales han bajado mucho la guardia, y diríamos que tenías un recuerdo de muchas editoriales clásicas, comerciales y de garantía en las que se apostaba por una ficción pura y dura, donde hubiera mundos de escritor, estilos de escritura y una visión compleja de las cosas. Probablemente, han caído dentro de una comercialización donde la ficción ha acabado siendo un objeto de consumo más. Hay mucho uso y mucho juego histórico, esotérico, en una búsqueda un poco precaria, un entretenimiento de grado cero que ha degradado la novela. Tal vez en contraste con la novela que mantiene el reto, que suele ser la novela de escritor que tiene un mundo, un estilo, una mirada particular de ese mundo y, sobre todo, un patrimonio de personajes.

Usted también dice en algún momento que el auténtico lector se siente frustrado por lo que encuentra en el mercado y que le queda un solo recurso: releer a los clásicos.

A los que le dan una seguridad de viaje garantizado, con lo cual se pierde un poco la curiosidad de descubrir autores. De esta degradación comercial que afecta al mundo editorial, nos salvan las pequeñas editoriales que mantienen el pulso. Las pequeñas editoriales nos dan muchas novelas traducidas, novelas de fuera que pueden atender menos a lo que se produce dentro. Eso influye en el escritor joven que quiera hacer una obra ambiciosa.

Parece dramático, pero no lo cuenta con dramatismo. ¿Da esto para la ironía?

Sin una actitud polémica, con una cierta resignación melancólica, con ironía, con un cierto humor: esto no es el fin de los tiempos. Lo que mueve todo eso es una suerte de frustración vital, que es, quieras que no, una reivindicación de la novela como instrumento crucial para contar la vida. Los desayunadores pertenecen a ese ámbito.

Dado que no hay a quién leer, ¿a quién relee Luis Mateo?

Creo que hay mucho que leer. Esto es una simplificación. Este libro podría tener una lectura equivocada si alguien viera ahí una especie de visión a rajatabla de lo que es y de lo que no es. La ironía matiza mucho. Y hay mucho contraste de opiniones sobre cosas muy discutibles. Esa teoría, por ejemplo, de que vivimos en unos tiempos en que escriben quienes son novelistas, unas novelas que no son novelas, para lectores que no leen... Es una exageración, pero es una paradoja inquietante. Sé que esa frase tiene una sustancia inquietante.

El libro está plagado de frases contundentes como esta.

Hay una evaluación del destino de la novela en los tiempos que corren. Incómodo, ingrato para mucha gente, retardatario, conservador, no sé si hasta un poco reaccionario...

Habla de los antihéroes.

De héroes del fracaso, de personas normales, el común de los mortales.

¿Ahora se buscan héroes con poderes paranormales?

«Estamos estragados de realidad, de noticias, de sucesos»

Un tipo de esquematismo y de radicalización. A veces con pretensiones transgresoras. La mayoría de las cosas radicales que encuentro en esas vertientes más exageradas las percibo con connotaciones de lo cursi. La idea de lo cursi se ha desbocado. Lo cursi está en lo estrepitoso, y lo vacío está lleno de estrépito. La mayoría de las cosas nuevas que se ofrecen son cosas que tú ya conoces. Son las viejas que conociste, ahora deformadas y reconvertidas en estallidos de no se sabe qué.

¿Se exige una sorpresa continua?

Te exigen la sorpresa. Tantas novelas escritas porque no leen. En esa trampa han caído los editores, en la cuenta de resultados, cuando dicen: «Vamos a ver, los lectores, ya sabemos lo que quieren: escritores que tienen un reto personal, un mundo que intentan iluminar, un estilo alambicado para producir placer, perturbación o emoción estética. Todo eso de la gran novela. Pero hay mucha gente que no lee. ¿Cómo le vendemos una novela a alguien que no lee?» Una novela muy degradada con una sintaxis simplificada al mínimo, y que haya una historia que resulte tontamente sorprendente, pero a alguien que no lee con cualquier cosa le engañas. Si pillas al lector que no lee, puedes vender millones de ejemplares. Puede ser la maquinaria que puede salvar... Los escritores son conscientes de que hay que echar madera, que es la que permite que a otros les publiquen libros. Pero hay mucho ciudadano refugiado al que no le apetece salir de casa a otras cosas que no sean las normales. Vives más ajeno a los ruidos. Eso construye una realidad un poco degradada. La realidad está para vivirla y comprometerte con ella, y para contribuir con tu propia vitalidad a que esa realidad sea vital y lúcida.

¿Se encuentra entre los que se han refugiado?

En lo literario, con setenta y tantos años, llevo una vida más tranquila que la que tuve cuando fui un jovenzuelo efervescente. He encontrado una tranquilidad al saber ya quién eres, qué escribes y qué quieres escribir. En eso ya tengo unas serias convicciones, porque yo he vendido el alma al diablo hace tiempo. Con una cierta madurez y después de tantas novelas, porque soy un escritor prolífico. Soy un escritor de personajes. Y cuento un poco cómo llego a los personajes y los descubro. Sé que a estas alturas de la vida me interesan mucho más los sentimientos que las ideas, con lo cual, en mis personajes hay un cierto sentido de la vida que tiene mucho compromiso con lo que se siente, con esas cosas sustanciales de las emociones.

¿Se considera un escritor del siglo XX o del XXI?

Me considero un escritor del siglo XXI, porque vivo en él. Tengo todas las raíces en el XX, porque la parte crucial de mi vida está en el XX, y nunca he podido dejar de mirar al XIX, que es como un ejemplo de la gran novela, del débito de la gran novela. Para sentirme más a gusto me he hecho una especie de francotirador de retaguardia.

¿Cómo se miden las dosis de realidad e imaginación en una novela?

«A través de la rutina es como he encontrado las mayores sorpresas»

Estamos estragados de realidad, de noticias, de sucesos. Administramos los sucesos en el instante en que pasan a través de la televisión y de los medios. Desde la novela se puede ver eso con elementos de imaginación y de memoria que puedan darle sentido. La gran tradición de la novela es especular. El espejo de la vida es parte sustancial de la novela. El poder de lo imaginario está en, precisamente, contarnos la vida con todas las posibilidades y la complejidad que eso tiene. Es lo que puede hacernos latir y perturbarnos.

¿Cuál es la rutina de Luis Mateo Díez?

A través de la rutina es como he encontrado las mayores sorpresas, que provienen de darle la vuelta a una esquina. Nunca me ha interesado ir a cazar leones al África salvaje, ni las grandes aventuras fascinantes de ir a descubrir no sé qué. Me ha interesado más lo cotidiano, administrar lo rutinario. Lo rutinario es la mejor manera de profundizar lo que se vive, a través del día a día, sin convertirte en una especie de burócrata de la existencia.

¿Ya ha escrito su gran novela o todavía está por venir?

Le voy a decir algo que todavía no he contado a nadie, pero me gusta hablar de las cosas próximas. Mi próximo libro se titula Vicisitudes. En ese libro están las 85 o 90 novelas que voy a empezar a escribir desde el año que viene. Es una especie de disparate un poco visionario o de previsión ambiciosa de que todavía puedo seguir haciendo muchas cosas. No se me ha acabado el fuelle.

Dígame algo de la nueva hornada de escritores, esos que no piensan en el mercado.

Vivimos los momentos mejores de un género tan interesante y relegado en España como es el cuento. No lo sigo todo lo que debiera porque tengo un pecado del alma, que es que soy demasiado cinéfilo, y me alimento mucho del imaginario cinematográfico. Sigo mucho la poesía también. Tenemos un panorama literario joven, francamente, casi deslumbrante.