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David Shields, la realidad imaginada

«La novela ha muerto—proclama David Shields—. Viva la antinovela, construida con retazos». En los 618 enunciados que forman «Hambre de realidad», el escritor estadounidense reivindica el predominio de memorias y ensayos

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A David Shields le aburren las novelas. Cree que la ficción clásica, la que divertía con historias más o menos creíbles y sueños románticos, ya no sirve. La novela del siglo XIX, en la que el narrador lo controla todo, es una forma de nostalgia. Los intentos de volver a estas narraciones son artificiales: el lector escucha el chirrido del engranaje. «La novela ha muerto —proclama el escritor estadounidense—. Viva la antinovela, construida con retazos».

En Hambre de realidad. Un manifiesto, Shields reivindica la vigencia de las memorias y el ensayo lírico, los géneros que según él representan la máxima expresión de la literatura. La literatura ideal es la prosa, no la novela. Los escritos autobiográficos, dice, resuelven los mismos dilemas que la ficción: deben crear historias que, a partir de una experiencia personal, se conviertan en relatos significativos. El ensayo personal pasea la mirada del autor por una realidad en la que los límites entre la ficción y la no ficción quedan difuminados.

Shields: «Cualquier cosa procesada por la memoria es ficción»

La radio y la televisión han homogeneizado la cultura: la literatura es más que nunca una parte más. La cultura está salpicada por otras representaciones como la telerrealidad, los documentales o la música que hacen los pinchadiscos con piezas de otros artistas. Citando a Picasso, Shields sostiene que el arte es robo. La literatura copia la realidad, porque las mejores historias son verdaderas, igual que el hip-hop y el jazz crecen a base de repeticiones de otros modelos. «El arte basado en la realidad secuestra material sin pedir disculpas», dice Shields.

El libro —traducido por Círculo de Tiza— es una colección de 618 enunciados agrupados en 26 capítulos, uno por cada una de las letras del abecedario. La mayoría de las sentencias, algunas de una sola frase, son de otros autores. Para identificarlas hay que ir a las 21 últimas páginas del ensayo, que vienen con una línea de puntos para arrancarlas, como desea Shields que haga el lector. Incluyó estas referencias por imperativo legal, para evitar denuncias por plagio, pero él hubiera preferido no hacerlo. Los derechos de autor retardan el crecimiento artístico: la realidad no acepta derechos de autor. «¿Quién es el dueño de las palabras? ¿Quién es el dueño de la música y del resto de nuestra cultura?», se pregunta.

Carreteras secundarias

Shields hace suya la reflexión del filósofo Donald Kuspit: «El collage es una demostración de cómo lo múltiple se convierte en uno». El collage fue la mayor innovación artística del siglo XX, dice Shields. Los libros que hoy se escriben consisten en citas de otros autores. Toda la cultura es un juego de apropiaciones —según el escritor Ralph Ellison—, consciente o inconsciente. Nadie inventa nada cuando su memoria le facilita una buena palabra —escribió Emerson—; siempre citará, aunque lo complete con su propia voz y su carácter. Todas las mentes citan.

Ese predominio del yo, de la primera persona, es el elemento definitorio de la única literatura válida para Shields. Es lo que explica que la barrera entre la ficción y la no ficción haya sido derribada: «Cualquier cosa procesada por la memoria es ficción». En un ensayo, primero la memoria traduce la experiencia y luego el ensayo traduce la memoria. El autor del manifiesto señala que la imaginación y la memoria no son antagónicas: cualquier escrito es una forma de ficción porque, desde el momento en el que se ordena el mundo con palabras, se modifica la naturaleza del mundo.

Recordar es rememorar aquello que hemos olvidado —Patrick Duff.

A la memoria le encanta salir de caza en la oscuridad —Osip Mandelstam.

Al escribir adulteras la verdad —W. G. Sebald.

La propuesta de David Shields es tan atevida como frágil

¿Y adultera Shields la verdad? A ratos la estructura elegida desconcierta. Aunque las citas están bien elegidas y funcionan como un texto unitario, incomoda no saber cuándo habla el autor y cuándo hablan otros por él. Las repeticiones tampoco ayudan. Ideas como el predominio de la realidad, las virtudes del plagio y la ficción de la memoria son defendidas desde distintos puntos de vista, cada uno con matices distintos. Estos desajustes despistan: son como carreteras secundarias sin salida. «Difícilmente podría tratar el tema en profundidad sin participar de él. Sería como escribir un libro sobre la mentira y que en él a uno no le permitieran mentir», justifica el escritor.

Según Naipaul, para escribir libros serios hay que estar dispuesto a romper las formas. Shields cree que sólo el ensayo —y no la novela— puede superar las fronteras de género. Pero su propuesta es tan atrevida como frágil. El crítico James Wood observa que se puede escribir un manifiesto que defienda lo contrario siguiendo la misma estructura y citando a los autores preferidos de Shields. Otros críticos dudan de que las propuestas de Hambre de realidad sean acertadas.

Cinco años después de que el libro se imprimiera, la novela sigue viva.