El selfie reflejado que Sònia Hernández dedica a ABC Cultural
El selfie reflejado que Sònia Hernández dedica a ABC Cultural - S. H.
«Darán Que Hablar»

Sònia Hernández: «La gran amenaza de nuestra sociedad es la dispersión»

Lejos queda ya la selección de Granta de los mejores jóvenes narradores en español, de la que formó parte. Su última novela, «Los Pissimboni», la confirma como una de las mejores de su generación

Actualizado:

- ¿Cuáles son sus intereses como escritora?

- Hasta hace poco decía que escribía para explicarme el mundo, para intentar entender las cosas que suceden y por qué la realidad adquiere una forma determinada. Creo que en eso he ido evolucionando sensiblemente. Podría decir que ahora escribo para hacer crecer una realidad más abarcable encima de la otra, para que se alce sobre la que resulta más molesta o más hostil. No sé si hay una diferencia evidente entre los dos momentos que explico, pero en todo caso para mí sí que ha sido un paso importante: ya no se trata sólo de defenderse del mundo especulando. Se trata de construir una realidad propia, más cálida, con más luz y más sentido del humor.

- ¿Y como lectora?

- Creo que la escritura es una consecuencia de la lectura, por lo tanto es imposible separarlas. A lo largo del tiempo, con las lecturas que hacemos construimos un espacio imaginativo que da forma a nuestra experiencia vital, que va creciendo también con lo que escribimos. Hablo en plural porque aunque haya personas que lo vivan de una manera diferente, me consta que muchas otras tienen una experiencia similar. Últimamente, por motivos de trabajo, estoy leyendo mucho sobre pintura, y me apasiona.

- ¿Sobre qué temas suele escribir?

- Cuando uno trata de explicarse el mundo se pregunta por qué hay cosas que no le gustan, por qué le cuesta entender algunas situaciones, normas, rituales o convenciones. Creo que esa incapacidad para comprender tiene mucho que ver con la incomunicación, la inadaptación o la dificultad para definir o reconocer la propia identidad.

- ¿Dónde ha publicado hasta el momento?

- Empecé en una pequeñísima editorial catalana, Emboscall, con mi primer libro de poesía. El siguiente lo publicó DVD Ediciones. En cuanto a la narrativa, el primer libro lo publiqué en La otra orilla, del grupo colombiano Norma. De allí pasé a Alfabia, que editó una novela y un libro de cuentos. Mi último libro, «Los Pissimboni», aparece en Acantilado.

- ¿Con cuáles de sus «criaturas» se queda?

- A cada libro le tengo un cariño especial por diferentes motivos. Publicar el primer poemario fue una experiencia estupenda, pero reconozco que ahora retocaría bastante algunos poemas. «Los enfermos erróneos», mi primer libro de cuentos, es un libro que me emociona mucho todavía. Todos tienen algo especial. No quiero parecer una madre de esas que despliegan el álbum de fotos de familia a la mínima oportunidad, pero es cierto que los cuentos de «La propagación del silencio» me reclaman más afecto, el que no tuvieron cuando salió el libro, que se vio rodeado de diferentes malentendidos, y porque no me queda más remedio que reconocer que son cuentos algo oscuros y densos. La novela breve que publico ahora, «Los Pissimboni», es muy especial para mí. Recuerdo con emoción especial la tarde en que Jaume Vallcorba me dijo que sí lo publicaría. Su lectura del libro me dejó boquiabierta y recompensaba por sí sola todos los esfuerzos y las malas experiencias relacionadas con la escritura que había tenido hasta ese momento.

- Supo que se dedicaría a esto desde el momento que…

- Recuerdo que a los seis o siete años jugaba a escribir cuentos en unas hojas que grapaba. Me encantaba hacer cuadernitos. La extensión del cuento dependía de las hojas que había conseguido grapar. En uno de los cuentos, una hormiga que viajaba a la luna, escribí un prólogo sobre las dificultades con las que nos encontrábamos «nosotros los escritores». No conservo ese cuento, pero recuerdo el momento en que lo escribía.

- ¿Cómo se mueve en redes sociales?

- Muy mal, lo reconozco. No me muevo, no estoy. Por motivos de trabajo, gestiono algunos perfiles, pero ninguno personal. Estoy obligada a saber qué son y cómo funcionan por motivos de trabajo, el periodismo de hoy día no se puede entender sin las redes sociales, pero personalmente no estoy.

- ¿Qué perfiles tiene?

- Estuve en Facebook hace mucho tiempo, cinco años más o menos, pero pronto vi que no era para mí, que me dispersaba, distraía mi atención en el peor sentido del verbo distraer. Con frecuencia me toca gestionar un perfil institucional de Twitter y eso me permite espiar, ver qué se comenta y qué dicen la gente, las editoriales, los museos o las galerías que me interesan. Pero reconozco que me abrumo muy pronto. Demasiada información, demasiada dispersión. Estoy leyendo un ensayo magnífico de Josep Maria Esquirol que explica cómo la gran amenaza de nuestra sociedad es la dispersión, y estoy totalmente de acuerdo.

- ¿Cuenta con un blog personal?

- No. Reconozco que a veces leo libros o veo películas o asisto a conciertos sobre los que me gustaría escribir. Entonces pienso que un blog sería una buena plataforma, pero me desanimo enseguida y nunca lo empiezo. Supongo que no le encuentro ningún aspecto positivo que me anime definitivamente. Tampoco tengo demasiada afición a leer blogs de otros. Eso no significa que no reconozca que hay, efectivamente, algunos muy interesantes que leo con asiduidad, pero no suelo invertir demasiado tiempo en navegar por blogs.

- ¿Qué otras actividades relacionadas con la literatura practica?

- Desde 1999 soy colaboradora en el suplemento cultural del diario La Vanguardia (Cultura/s). Me encanta la crítica literaria, porque permite saber qué se está escribiendo, y porque necesito compartir las sensaciones que me provoca la lectura. He colaborado en otras revistas literarias, en España y en México. Desde hace unos tres años formo parte del Grupo de Estudios del Exilio Literario Español (GEXEL) de la Universidad Autónoma de Barcelona. No tengo vocación académica ni erudita, pero de vez en cuando me encanta enfrentarme al reto de hacer algún artículos más científicos, más ambiciosos y más extensos que los que publico en el suplemento o en las revistas. Por otra parte, en el 2003 contribuí a la fundación de una revista de investigación literaria, «Quaderns de Vallençana», vinculada a la figura del periodista y crítico literario Juan Ramón Masoliver. Es un proyecto complicado por muchos motivos, pero creo que hemos conseguido algunos números interesantes, como el dedicado a los años que Juan Ramón Masoliver pasó en Rapallo, colaborando con Ezra Pound en el suplemento literario Il Mare.

- ¿Forma parte de algún colectivo/asociación/club?

- Además del GEXEL, estoy en la Junta directiva de la ACEC ( Asociación Colegial de Escritores de Cataluña). Cuando entré a formar parte de ella lo hice con la intención de contribuir a la defensa de las condiciones lamentables en que viven muchas personas que quieren dedicarse profesionalmente a la cultura y, especialmente, a la literatura. En dos años me he podido dar cuenta que eso que yo quería hacer es muy difícil, casi imposible, quimérico.

- ¿En qué está trabajando justamente ahora?

- Acaba de publicarse mi novela corta «Los Pissimboni», que terminé y contraté con Acantilado hace mucho tiempo. Eso me devuelve, en cierta medida, al punto en el que estaba hace dos años más o menos, y es una sensación bastante extraña, porque creo que ahora me interesan cosas sensiblemente diferentes a lo que hay en ese libro. Sin embargo, la distancia me sirve para mirar al libro de otra manera, con un desapego que me ayuda a valorar más objetivamente mis recursos, mis estrategias y mis intereses. Tengo un manuscrito que está estudiando Sandra Ollo, la editora de Acantilado. Es un manuscrito muy especial para mí, porque rindo un particular homenaje a un artista que me interesa muchísimo, Vicente Rojo, al que he tenido la enorme suerte de conocer personalmente. De él se dice que no tiene enemigos. ¿Qué más se puede decir de la categoría moral de alguien? También estoy acabando un libro de poemas, «La estación estéril». Y tengo desde hace ¡siete años! un poemario en catalán que no encuentra editor.

- ¿Cuáles son sus referentes?

- He hablado mucho de la idea de la dispersión, y ahora me doy cuenta que si algo define mis lecturas es precisamente eso: la dispersión. Mi marido, Juan A. Masoliver Ródenas, me lleva muchos años de ventaja en la vida, en las lecturas y en la escritura. Sería muy injusto no reconocer que es un referente muy importante para mí. Por otra parte, me encanta descubrir clásicos que no he leído, Bufalino o Bassani han sido los últimos. De lo que se escribe o se publica ahora, intento seguir lo que hace Vila-Matas, Fernández Cubas o Marías. Hay otro grupo de autores que me han entusiasmado tanto que siento que forman parte de mí, como Berta Vías o Marta Sanz entre lo que se hace aquí, y Emmanuel Carrère y Melania Mazzucco entre lo que se hace fuera. Joan Didion o Coetzee también han resultado reveladores, pero como para tanta gente. Últimamente he profundizado en la lectura de la escritora mexicana Bárbara Jacobs, y creo que es una injusticia que sea tan poco leída y conocida en España. Me interesa muchísimo.

- ¿Y qué otros colegas de generación (o no) destacaría?

- No son exactamente de mi generación, pero ya he comentado que me interesan mucho Berta Vías y Marta Sanz. La lectura de «Tiempo de vida» de Marcos Giralt Torrente me hizo crecer como lectora. A los que son estrictamente de mi generación los he leído poco, debo reconocerlo. Me gustó mucho el libro «Lo que no aprendí», de Margarita García Robayo. Aunque ella habla de su infancia en Cartagena de Indias, sí pude sentirme identificada con algunas atmósferas o algunas reflexiones.

- ¿Qué es lo que aporta de nuevo a un ámbito tan saturado como el literario?

- Creo que aunque es muy difícil aportar nada nuevo a la industria editorial, cada persona que se decide a publicar un libro debería aportar, como mínimo, su voz propia. Me han acusado de ser demasiado reflexiva y bastante densa, no creo que eso sea una novedad, pero la verdad es que tampoco busco cubrir ningún «nicho» de esos de los que hablan en marketing. Lo único nuevo que creo que puedo aportar, nuevo por lo menos para mí, son los descubrimientos que yo misma hago al leer o escribir. Voy aprendiendo, cubriendo mis carencias, y si alguien comparte vacíos parecidos, será estupendo.

- ¿Qué es lo más raro que ha tenido que hacer como escritora para sobrevivir?

- Trabajo para una administración pública para sobrevivir. A veces me toca escribir discursos para políticos y para monarcas que traen regalos desde Oriente. Hay días realmente raros. Los peores.