Valle-Inclán junto a Romero de Torres y la actriz María Banquer en un «cameo» del filme «La malcasada»
Valle-Inclán junto a Romero de Torres y la actriz María Banquer en un «cameo» del filme «La malcasada»
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Valle-Inclán era «hipster»

Si viviera hoy, Valle se acogería, sin duda, a la estética barbada de los «hipsters». Manuel Alberca nos lo acerca en un ensayo documentalmente arrollador. La biografía imprescindible

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Abordar la calidad de una biografía requiere del crítico, de la crítica en este caso, reflexionar sobre cuatro cuestiones que son fundamentales para su correcta apreciación: la metodología, el estilo, la verdad y la novedad. El énfasis en uno solo de estos aspectos justifica que aparezca una nueva biografía que, respecto a las anteriores de un mismo personaje, puede ser más rigurosa, más veraz, estar mejor escrita o aportar una nueva interpretación o documentación de los hechos. La suma de los diversos factores hace que la dimensión de la biografía vaya creciendo en mérito: de reunirse los cuatro nos hallamos ante una obra de referencia, un modelo que merece la pena imitar. En esta ocasión, la importante biografía que nos ocupa, nada menos que sobre uno de los escritores más influyentes del siglo XX, Ramón del Valle-Inclán, escrita por el profesor Manuel Alberca, exige de nosotros la mayor atención y respeto. Vayamos por partes.

Dos aspectos sobresalen en La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán: la metodología y la veracidad. Impresiona, en primer lugar, la documentación manejada por Alberca, fruto, en efecto, de años de trabajo y de una biografía anterior ( La fiebre del estilo, Espasa, 2002) que le sirve como punto de partida. No hay más que leer las cincuenta páginas finales de notas para comprender que se ha buscado siempre la fuente original de la información y que la consulta de la prensa de la época ha sido exhaustiva.

Los ropajes más brillantes de la vida de Valle van cayendo

Manuel Alberca, especialista en la escritura autobiográfica, domina el memorialismo de la época y cruza las diferentes versiones que sus contemporáneos ofrecen de Valle a la búsqueda siempre de la versión más fidedigna. Sin embargo, su método rigurosamente cronológico, siendo el más natural en una biografía, aporta una excesiva morosidad. Hay pasajes que podían fácilmente sintetizarse, ofreciendo tan solo la conclusión de los datos prolijamente expuestos.

Pero el afán de rigor y precisión son constantes, de modo que ante cualquier acontecimiento, aun disponiendo de poca información, el lector siempre sabe a qué carta quedarse. Los ropajes más brillantes de la vida de Valle –la bohemia, su rebeldía, la sensualidad, el republicanismo– van cayendo a la búsqueda de las auténticas motivaciones que impulsaban al escritor en cada momento.

Max Estrella

Alberca rastrea, a veces al detalle, su economía con la voluntad de demostrar que sostuvo con firmeza su carrera literaria, que se preocupó por los ingresos que le producía y que, lejos de la identificación con el bohemio Max Estrella, fue un hombre que no ignoraba el cálculo y el interés. Sin duda uno de los graves problemas de la cultura española ha sido su falta de recursos económicos. Hecho que ha forzado a intelectuales y artistas de gran talento a malvivir, alimentando en ocasiones un terrible resentimiento. ¿Cabe hablar entonces de bohemia o sencillamente de falta de medios para vivir una vida digna?

El escritor necesita del poder pero lo rechaza en cuanto roza su dignidad

En todo caso, la relación que Valle mantuvo con el poder, a juzgar por la biografía de Alberca, fue ambivalente, lo admiró en abstracto (bajo la forma del carlismo o coyunturalmente del fascismo, dos sistemas políticos que encarnaban para él un idílico Antiguo Régimen donde cada uno ocupaba su lugar), pero lo rechazó en la figura de Isabel II, haciéndola responsable de mantener una «corte de los milagros» vergonzosa y humillante. Tampoco sería más complaciente con la Restauración monárquica, manteniendo sus ideales basados en la nobleza y la legitimidad, al margen de la política activa. El escritor, pues, necesita del poder pero a su vez lo rechaza en cuanto roza su dignidad.

Es muy de agradecer la voluntad del profesor Alberca de aportar realismo a la leyenda, pero, finalmente, no parece que fuera el dinero su motor psíquico, aunque sí las posibilidades que le ofrecía disponer de él. ¿Y qué le ofrece el dinero a Valle? El simulacro de una vida distinguida que solo habitaba en su imaginación.

Duelista compulsivo

El sentimiento de pérdida de un pasado hidalgo podía ser tan acusado en el escritor que inevitablemente le conduciría más de una vez a verse en la miseria, sin estarlo. Y es que la distancia con su imaginario era infinita. Valle mantuvo su mente anclada en los ideales del pasado, pero esos ideales –hidalguía, honor, tradición, distinción– podían ser asimismo los del futuro de España. Y así lo comprendió Azaña cuando veía en el escritor a un tradicionalista cuyos valores tenían, sin embargo, la grandeza deseable para una nación. El estilo de La espada y la palabra merece una mención especial, porque no cabe mayor disparidad entre la vehemencia y el moderno barroquismo de Valle y la ecuanimidad con que Alberca se propone abordar su trayectoria. En ocasiones, esa loable objetividad se transforma en frialdad y distancia, en excesiva cautela, y entonces tanto el estilo como el personaje se resienten de la falta de empatía.

Valle sufre la decepción del fracaso de su teatro, innovador y corrosivo

Valle era un hombre fogoso, exaltado –«es difícil soportar un rato de su conversación», comentaría Rubén Darío–, que «habla, habla y habla» (Gómez Carrillo); un hombre sensual, duelista compulsivo (de ahí la mitad del título), con una intensa vida psíquica oculta bajo una máscara de cortesía y cruzado, como se ha dicho, por un gran sentimiento de nostalgia. Una silueta compatible con la esbozada del marqués de Bradomín, y que Alberca no consigue descabalgar del todo.

Valle sufre la inmensa decepción del fracaso de su teatro, innovador y corrosivo. El público no digiere su crudeza, la visión grotesca que transmite de la vida española. Y huye de él. Pero el dramaturgo siente esta ofensa en lo más profundo de su ser y se instala en Galicia como una forma muda de protesta ante la incomprensión de la vida madrileña.

El encontronazo con Manuel Bueno

En cuanto al último punto, ¿era necesaria una nueva biografía de Valle? En el caso del autor de Luces de bohemia los múltiples perfiles del personaje y la profunda originalidad de su obra hacían muy deseable una biografía que vertebrara las aportaciones que han venido haciéndose arrojando una nueva y definitiva luz sobre el personaje.

Podría decirse que este aspecto tan favorable para acoger la oportunidad de la biografía de Valle juega en contra de su biógrafo, demasiado empeñado en insistir en la novedad de su trabajo. No hacía falta, pues el ensayo es de una solidez magnífica y se sostiene por sí mismo, ofreciendo las múltiples caras de un personaje fascinante, poderoso centro de cualquier tertulia; también un hombre secreto y orgulloso, oculto en sus ensoñaciones y su misticismo.

Aquí cayó la leyenda y los hechos se ofrecen pulidos de adherencias

Hay episodios de la vida del escritor gallego centrales en la estructura del libro –como el encontronazo con el periodista Manuel Bueno, que ocasiona la amputación de su brazo izquierdo– que apenas pueden aportar novedades pues son de sobra conocidos. Otros, sin embargo, como el feo asunto de su divorcio de la actriz Josefina Blanco, su intensa relación con México, su odisea en la Academia de Roma o su relación con la II República, aportan nuevos e importantes matices a la historia, sin que pueda ser completa, pues un obstáculo será siempre la reserva biográfica del escritor en relación a su vida privada. Pero debo decir que por primera vez en estos casos, y en muchos otros, he podido hacerme una idea precisa de lo que ocurrió.

En resumen, estamos ante un trabajo documentalmente arrollador que se alza como la biografía imprescindible de Valle. Aquí cayó la leyenda y los hechos se ofrecen limpios, pulidos de adherencias de toda clase. Basta con olvidarse del prurito de Alberca por el rigor para disfrutarla plenamente.