«I've Got It All», fotografía de Tracey Emin
«I've Got It All», fotografía de Tracey Emin - ABC
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El «no future» del «punk»

En torno al «punk» como movimiento celebra el CA2M de Móstoles (Madrid) una muestra. Y no para recordar sus grandes hitos, sino para subrayar su estela en la creación más actual

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Se puede abordar el Punk como fenómeno histórico que reunió bajo una misma sensibilidad (valga la palabra) a grupos musicales, diseñadores, artistas y una fauna y flora variada de groupies, fans fatales y personajes inclasificables. Su cuna sería la contracultura del Londrespost-swing de los setenta, con mutaciones en otros países europeos (incluida la España de la proto-Movida), algunas ciudades de Latinoamérica y en Estados Unidos, sobre todo en las escenas de Nueva York y California.

Un anti-programa vagamente común incluía el rechazo a las instituciones políticas y sociales de posguerra; el paisaje urbano degradado como símbolo de una profunda podredumbre social; el atrincheramiento en el cuerpo y la sexualidad como último lugar donde hacer verdaderamente lo que dé la gana; la estética de la chapuza, el do it yourself, el collage y la apropiación como respuesta a las formas de la «alta cultura»; y la escena underground para iniciados como lugar mestizo y fértil de encuentros (y revolcones). El zeitgeist punk era lábil y frágil, destilaba una anti-ética radical (que pronto, por cierto, se deslizó hacia una estética comercial) y la conciencia de vivir tiempos turbulentos: del sida a las Malvinas, pasando por la recesión mundial tras la crisis del petróleo de 1973.

Barrer para casa

Hace unos años, sin ir más lejos, la exposición «Panic Attack», en el Barbican de Londres, proponía un acercamiento histórico de ese estilo, con fechas tentativas para marcar los hitos del movimiento como el concierto Támesis abajo sobre una barcaza de los Sex Pistols el 7 de junio de 1977 o el cierre apresurado de la exposición «Prostitution», en octubre de 1976 en el ICA de Londres. El Barbican barría para casa con la parte inglesa del asunto, y el punk era un cajón de sastre donde cabía gente tan heterogénea como Cindy Sherman, David Lamelas, Basquiat o Tony Oursler.

Aquí, David G. Torres plantea las cosas de otra manera: no aspira a un inventario de «arte punk», ni cede a la tentación de fechas y etiquetas históricas. Más que disecar el Punk histórico, esboza un retrato de «lo punk» en tanto que actitud vital y creativa: una transgresión que es a la vez agresión, subversión y defensa frente a una violencia institucionalizada y transparente que sus gestos desesperados hacen visible por un segundo. Lo punk, en realidad, tendría reencarnaciones anteriores, de los dadaístas del Cabaret Voltaire a la Internacional Situacionista, pasando por el gesto perfecto surrealista según Breton: salir a la calle y disparar a la muchedumbre.

Visto así, lo punk sería el enésimo avatar de un dispositivo viejo como la Humanidad: el tabú, tal como lo entendía Bataille: una excrecencia que la propia sociedad tolera como autorregulación y válvula de escape, un refuerzo paradójico de la norma que quiere destruir. Mediante el tabú (y lo punk) el Sistema se autoinmuniza y se vacuna frente a su propia tendencia a la autodestrucción.

Variaciones del grito

«No Future»: muchos artistas han aullado variaciones del grito de guerra elemental de lo punk, antes y después del Punk. Esta expo no se limita a una lista de obras del movimiento histórico de los setenta. Propone más bien un panorama de voces que entonan de una forma u otra ese «No» fundamental.

La lista incluye a «históricos» del género como Mike Kelley, Pettibon o Nan Goldin, «predecesores» interesantes vistos a esta luz como Eulàlia Grau o Chris Burden, variantes autóctonas españolas como Itziar Okariz o Tere Recarens y estrellas recientes del radical-chic como el colectivo Claire Fontaine.

Y las salas desgranan diferentes acepciones y modalidades de esa actitud común: el rechazo de lo útil, lo eficiente o lo productivo; la estética del collage y el hazlo-tú-mismo; la reacción agresiva (pero también defensiva) frente a un sistema social que funciona mediante el terror y la vigilancia soterradas; la propuesta de alternativas anárquicas o nihilistas; y la búsqueda de vías de escape en la mente y el cuerpo: de la exploración de la «locura» hasta la ruptura de normas sexuales y de género.