«Los borrachos» (1628-1629), cuadro que según Sánchez Adalid «sublima con genialidad la existencia ordinaria de la época»
«Los borrachos» (1628-1629), cuadro que según Sánchez Adalid «sublima con genialidad la existencia ordinaria de la época»
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Un selfie con Velázquez en la corte de París

El Grand Palais inaugura por primera vez en la Historia una exposición dedicada al pintor sevillano, maestro en el reinado de Felipe II. Para retratarse con Velázquez hemos invitado a escritores y artistas a que elijan su cuadro favorito

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EUGENIO AMPUDIA(artista). Velázquez es el caso más citado de lo que significa ser un «pintor de pintores». Esa capacidad para convertirse en referencia de artistas ya nos da alguna pista sobre la naturaleza de su trabajo. Aún hoy asombra la destreza que tenía para manejar con soltura la tecnología más avanzada de su época. No sólo es que experimentara con éxito con los más novedosos materiales, pigmentos, soportes y aglutinantes; también poseía una de las más completas bibliotecas especializadas en óptica de su tiempo. Ahora resulta irrelevante si se convirtió en un experto en esa disciplina por sus esporádicos trabajos como espía en Italia. Lo que queda es la revolucionaria manera en que supo incorporar a su oficio esa «mirada» distinta. Velázquez fue el primer artista conceptual, y él lo sabía.

JAVIER ARCE (artista). Diego Velázquez y su obra son universales. Su valor trasciende cualquier tipo de uso, ya sea por parte de una persona, artista e incluso un Estado. Es patrimonio de todos y debemos cuidarlo. Creo que hablar de su trabajo como artista sería ridículo por mi parte. No es el momento, ni yo la persona adecuada. Pero sí me gustaría que nos preguntáramos –y es algo que llevo cuestionándome y mostrando en mi trabajo desde hace unos años– el uso que hacemos de una obra de arte como imagen, producto comercial o marca. Mi trabajo busca las tormentas en la imagosfera, no la certeza. Como he experimentado anteriormente, sé que las imágenes tienen la capacidad de cargarse como polos eléctricos y reaccionar en consecuencia con movimientos extremos. Soy consciente de que la imagen no es nada: es el uso de la misma el que crea el significado.

JOSÉ MANUEL BALLESTER (fotógrafo). Velázquez demuestra en sus obras de madurez una gran capacidad de síntesis para captar la realidad, adelantándose a su tiempo en varios siglos. Supo manejar elementos propios de la pintura italiana y de la flamenca para desarrollar su propio concepto de arte. Sus personajes, tanto si son históricos, mitológicos o regios, son tratados con la misma dignidad y un acercamiento plenamente humano. Es también en el paisaje donde se aprecia con claridad su forma nueva de observar la realidad. En su obra La villa Médicis sale de su estudio y se adentra en el paisaje sin los condicionamientos propios de un encargo, en una actitud que mucho más tarde caracterizará a los impresionistas. Una obra de pequeñas dimensiones que encierra toda la grandeza del genio español.

CARMEN CALVO (artista). Su pintura es majestuosa. Fue el mayor pintor del Barroco español y supo plasmar en sus retratos lo que veía sin herir, pero desmitificando al personaje y captando psicológicamente su alma. Tuvo el acierto de introducir la pintura italiana en España con la compra de grandes obras de pintores como Tiziano, Rubens... Sus retratos se enmarcan entre la pintura social, el gesto o el trazo de la pintura impresionista. Soluciones técnicas como las bandas de los trajes de Felipe IV, pintadas con una sola pincelada, o la forma de representar los trajes de las meninas, supusieron un acercamiento técnico propio del puntillismo.

Fue el iniciador de la pintura del siglo XX. La mirada de los impresionistas, de la pintura social y de nuestros días, es un ejemplo de cómo llegó a influir su obra en el arte contemporáneo. El doble juego del espejo de La Venus del espejo (1649) me recuerda a Manet en Un bar en el Folies Bergère (1882).

Pero es en Las Meninas (1656), originalmente titulada como La familia, donde el juego del espejo y la introducción de los personajes hacen de su composición una trama que incorpora al espectador al cuadro. Y, en ese sentido, me recuerda la mirada de Hitchcock en La ventana indiscreta.

Si tuviera que elegir un cuadro (difícil elección) seguramente sería el del Papa Inocencio X, de 1650. En él se ve el interior del personaje, las historias papales y la corrupción.

ÁNGEL MATEO CHARRIS (pintor). «¡El Greco, Velázquez, Goya, esos son pintores!», cantaban en la zarzuela Adiós a la bohemia, en palabras de Pío Baroja. Y sí, Velázquez es muy grande, pero tanta unanimidad, tanto canon y tanta mala reproducción en libros de texto y posavasos para turistas pueden hacerlo parecer obvio y cargante. Hay que mirarlo de nuevo, sin todas esas capas y añadidos que acaban siendo como los malos barnices que arruinan una obra, y descubrir debajo la verdad: la Pintura latiendo en su estado más puro. Lo sabes cuando Inocencio X te mira desde las desconchadas paredes de la Galleria Doria Pamphilj.

ANTONIO DE FELIPE (pintor). Hace exactamente veinticinco años hice mi primera exposición individual y empecé mi andadura por el difícil camino del arte. Su título: Meninas. Creo que con esto digo todo acerca de lo que supone Velázquez; mi punto de partida inspirándome en un gran maestro que seguiría vivo en mí durante muchos años. A él le debo algunas de mis obras más conocidas, como la In-Fanta de naranja y limón, Menina con Coca Cola o La estrella del cuadro (lienzo de gran formato en el que sustituí a la infanta Margarita por Shirley Temple). Siempre me inspiré en los grandes maestros para tomar impulso y crear mi propio estilo, y siempre lo considero un tributo al legado que nos dejaron. Aprender de los grandes es la mejor escuela que un artista puede tener, al igual que el mejor Velázquez aparece después de sus viajes a Italia, donde él aprende de los clásicos italianos e incorpora a su paleta de colores los azules, rojos y rosados tan lejos de oscuros ocres de sus obras de juventud. La sombra de Velázquez es alargada… Tanto que seguirá siendo la mejor fuente de inspiración para cualquier pintor que pretenda ser artista.

DORA GARCÍA (artista). Velázquez es, para mí, tres pinturas; naturalmente, Las Meninas, el retrato del Papa Inocencio X y el retrato de Juan Pareja. Las Meninas derrochan inteligencia, la inteligencia que es capaz de hacer las preguntas pertinentes, de mostrar aquello que se buscaba pero no tenía nombre antes; la imposibilidad de la representación, la distancia infinita, el objeto pintura. El retrato de Juan Pareja es de una contemporaneidad asombrosa y una delicia de ver, transmite alegría. El del Papa sobrecoge. Aseguran que el Sumo Pontífice estaba disgustado con el retrato, del que decía que era demasiado verdadero. Sin duda, el Papa no se encontraba muy a gusto con un espejo frente a él.

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA (escritor). Tempo fugit era una proclama del Siglo de Oro que hoy sigue vigente. Velázquez pinta retratos de la familia real, Las Meninas, en los que juega con el tiempo hasta convertir el cuadro en una foto de la vida cotidiana, como sucede también con Vieja friendo huevos. Valle-Inclán señaló tres maneras de enfocar la narración que se pueden aplicar a la pintura: de rodillas, cuando los personajes adquieren la condición de mitos y dioses; desde el aire, o sea, desde un plano superior, como sucede en la novela satírica y la picaresca; de pie, en la que se mira frente a frente y de tú a tú, como pintó Velázquez a reyes y plebeyos.

MARCOS GILARLT TORRENTE (escritor). Por razones de cercanía, mi Velázquez habita en el Museo del Prado. Como acaso a todos los niños, la primera vez que me enfrenté a sus cuadros me llamaron la atención los grandes retratos ecuestres. Creo que por entonces La rendición de Breda, de tan concurrida, me repelía y que Las Meninas tenían un efecto intimidante. Un poco más me interesaban las escenas costumbristas. Luego llegué a los retratos. María de Austria, reina de Hungría y El bufón Barbarroja están hoy entre mis favoritos. El primero es un bellísimo exponente de las cualidades sensuales ganadas por Velázquez en su primer viaje a Italia, y el segundo, una apabullante muestra de su último virtuosismo, cuando su pincelada parece que anticipa la de Goya. Con cada visita hago descubrimientos nuevos, pero hay detalles en los que siempre me fijo. De La reina Margarita de Austria a caballo me atrae, por ejemplo, el ocaso tan madrileño que se avizora en el horizonte y, de El Cardenal Infante Fernando de Austria, la frescura casi expresionista con que está esbozado el paisaje serrano a sus espaldas.

JOSÉ MARÍA GUELBENZU (escritor). En la pintura de Velázquez me admira su capacidad de poner en relación dos conceptos fundamentales: equilibrio y coraje. El equilibrio lo encontramos en todas sus composiciones porque es el modo en que mira a su tiempo; en cuanto al coraje, es un rasgo de genio. Lo resumo en un cuadro: La rendición de Breda es el equilibrio admirable entre masa e individuos, masa humana y paisaje, paisaje y cielo, alrededor de un eje: el abrazo. Pero es que Velázquez viene de hacer retrato de personajes; su riesgo es saltar a crear un espacio histórico sin desdecirse. Lo corre. Es su primera obra maestra. Equilibrio y coraje.

CLARA JANÉS (escritora). Ante Velázquez siento el impulso de aquel pájaro que picoteó el fruto de una pintura de Apeles. Quiero tocar los brocados que visten a la infanta Margarita, acariciar las crines del caballo del príncipe Baltasar Carlos, limpiar el aire que envuelve a las hilanderas, acercar pan a la cazuela de la vieja que fríe huevos. Con Velázquez entro en una sociedad de contrastes, majestades y bufones, borrachos y prelados, miradas inocentes junto a necedad y arrogancia. Y he tardado en vencer mi perplejidad ante Las Meninas, todo un mundo en el que ahora sé que reinas e infantas eran servidas por camareras arrodilladas.

JOSÉ CARLOS LLOP (escritor). La Venus del espejo la vemos a través del aire y por eso la respiración es tan importante como la mirada. Que su rostro sea un borrón no nos importa frente al volumen de aire que desplazan sus nalgas, la delicada doblez de sus piernas o la planta del pie, entregada. El amante cuando abraza a la amada también usurpa el lugar del aire. Velázquez, además, lo pinta y así nos indica que entre nosotros y lo que amó siempre ha de estar el aire. Podemos mirarla, pero no verla del todo. La respiración es el consuelo ante el vestido. Tan espléndido como el desnudo.

ELENA MEDEL (escritora). Velázquez cambió de oficio en Las hilanderas: colgó los pinceles, escribió las historias. Se cuentan varias en esta imagen cuyo título más preciso, La fábula de Aracne, contiene la imaginación y nos sitúa. Así, leemos este cuadro con su significado mitológico, revisando a Ovidio, con la tensión entre la razón de la diosa y el corazón de la joven tejedora; pero también desde la confrontación entre generaciones, igual desde la voz que se amplifica a las mujeres, aquí protagonistas, aquí en el primer plano. Las hilanderas, por unas y otras vetas, se observa –se lee– como una obra política. Velázquez la pinta, y la escribe.

BLANCA MUÑOZ (escultora). Como escultora, coincido con Jorge Oteiza y Richard Serra en que Las Meninas no sólo es una obra maestra de la pintura, sino también el mejor trasvase jamás realizado de una escultura al plano, porque es un cajón espacial horadado transversal y longitudinalmente por haces de luz y en cuyo fondo pende un espejo que incluye virtualmente el espacio del espectador. No creo que semejante hallazgo espacial hubiese sido posible sin el desempeño de su labor como Apostador, cuya misión era la construcción y el ornato de cuantos espacios fueran necesarios en la Corte, todo lo cual, sin duda, influyó para que Velázquez pudiera traspasar los estrictos límites de los géneros artísticos, llegando a lo que podríamos llamar «una obra de arte total». No es casualidad que la colección de escultura que posee El Prado la comprase el propio Velázquez en su segundo viaje a Italia.

RODRIGO MUÑOZ AVIA (escritor). Siendo yo hijo de pintores (Lucio Muñoz y Amalia Avia), la palabra «Velázquez» ocupa un lugar privilegiado en mi léxico familiar. Mi madre siempre mostraba su fascinación por la pincelada de Velázquez, su capacidad de insinuar con trazos casi abstractos de apariencia inacabada. Mi padre percibía en Velázquez el inicio de la pintura contemporánea, el descubrimiento de que la materia pictórica, además de construir la forma, contenía y transmitía emoción. En esta línea, yo destacaría el Pablo de Valladolid, cuya modernidad descubrí en París, en la exposición que el d’Orsay dedicó en 2002 a la influencia de la pintura española en la francesa del XIX. El fondo de ese cuadro, que tanto fascinó a Manet, y que luego emuló en El pífano, es un canto a la plasticidad de la pintura, más allá de la representación.

JAVIER OLIVARES (ilustrador). Durante casi dos años de mi vida, cada vez que levantaba la vista de la mesa de luz en la que dibujaba, veía, pegada en la pared frente a mí, una reproducción de Las Meninas. La puse allí cuando comencé a trabajar en la novela gráfica que, con guión de Santiago García, se ha publicado recientemente. Y esa imagen se convirtió en el faro estético que dictó todo el trabajo con su luz y sus penumbras. Es un cuadro que nos habla de otras personas en otro momento, pero como dice Buero Vallejo en nuestro libro: «Claro que no es auténtico, señor. Es un espejo». Así que cada vez que lo miraba, también me reflejaba en él.

ALEJANDRO PALOMAS (escritor). Velázquez son las lanzas de La rendición de Breda. Aprendí a contar hasta 28 con ellas en la consulta de la terapeuta que me ayudó a integrarme en el mundo cuando era muy niño. Primero hasta la décima, después hasta la vigésima y lo demás llegó solo. La reproducción colgaba de una pared blanca. En una esquina, el título en cursivas. Creí durante mucho tiempo que Breda era el nombre del señor arrodillado. «El señor Breda ha ido a comprar lanzas», pensé durante esos años. Desde entonces, siempre he pensado en Velázquez como en el pintor que me enseñó a contar.

CARMEN POSADAS (escritora). Si tuviera que describir a Velázquez en una sola frase diría que es un pintor que abre puertas. Quizá esta percepción esté condicionada por la puerta que hay en Las Meninas desde la que asoma un misterioso personaje. ¿Quién es? No me interesa conocer la explicación «oficial», prefiero mis conjeturas. Y es que para mí eso es lo que distingue un buen cuadro de una obra maestra. Un buen cuadro ofrece respuestas. Una obra maestra suscita mil preguntas.

Mi cuadro favorito de Velázquez, sin embargo, es La Venus del espejo. En él no hay puerta alguna. O quizá sí. Porque, ¿de quién es el rostro que se adivina en tan turbio espejo? ¿De la diosa o tal vez el mío, que la observo fascinada desde fuera del cuadro?

SANTIAGO RONCAGLIOLO (escritor). En Las palabras y las cosas, Michel Foucault analiza Las Meninas. En ese cuadro, Velázquez se pinta a sí mismo mirando al espectador –cualquiera de nosotros– que está parado frente al cuadro. Pero al fondo, en un espejo, se reflejan los verdaderos modelos: los reyes de España, como si devolviesen la imagen del espectador. Para Foucault, ese juego inaugura una nueva forma de entender el mundo: la consciencia de que nuestro punto de vista no sólo retrata sino construye la realidad. Hoy, la globalización nos ha enseñado que no hay respuestas absolutas para los problemas humanos: sólo diálogo entre las diferentes culturas y perspectivas para construir una existencia en común. Cuatro siglos después, Las Meninas es la mejor explicación del mundo que habitamos.

AVELINO SALA (artista). Escribir sobre Velázquez me devuelve al Prado y a mis visitas múltiples en los años de estudios en Madrid, visitas continuas, semanales. Si tuviera que quedarme con algunas piezas de este increíble pintor, elegiría sus pinturas mitológicas llevadas a la cotidianidad, o con aquellas en las que retrata a la gente de la calle, los borrachos, los mendigos o los enanos. Los cuadros de Corte son para mí, pese a su posible juego irónico, menos atractivos. Sus detractores decían que sólo sabía pintar cabezas. Creo que Velázquez fue un adelantado a su tiempo: el retrato de Inocencio X, de su segundo viaje a Italia, es sencillamente maravilloso. Su legado es inigualable. Su trabajo, lúcido y rotundo. Velázquez es el pintor inteligente que todos quisieron ser.

JESÚS SÁNCHEZ ADALID (escritor). Es difícil imaginar la pintura española de todos los tiempos sin pensar en Diego de Velázquez. En el cuadro Los borrachossublima con genialidad la existencia ordinaria de la época: nos regala una escena que armoniza la mitología clásica con la vida de las gentes corrientes. La cara del semidesnudo Baco nos dice que la monotonía cotidiana merece un receso. Contrasta la figura del dios con los que le acompañan: su piel es perlada, suave, como corresponde a alguien que no trabaja y vive regaladamente. En cambio, los rústicos personajes que le rodean están llenos de hilaridad. Un soldado se arrodilla, mojigatamente, como si lo hiciese ante un santo… Los demás miran, callan y celebran el momento con evidente regocijo; sus sonrisas y narices enrojecidas manifiestan el estado en que les ha puesto el vino…

JOSÉ LUIS SERZO (artista). La sombra de Velázquez es tremenda, inesquivable. Por eso es mejor mirar para otro lado. Como buena sombra, es un tanto fría, flemática incluso. Su naturalismo virtuosista es de tan alto nivel que eclipsa el conflicto del creador. Bajó los dioses a la tierra, al polvo. Y terminó subiendo al «cielo» siendo hombre. Sus bufones dejaron de serlo ante su grave pincelada. Humilde maestro desde la misma Corte. Quizá por ello no encuentro en él esa intensidad que suele emocionarme en otros pintores que buscan con angustia lo que él quizá consiguió.