Haruki Murakami tiene más de un millon de seguidores en Facebook
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El rayo Murakami

Un Haruki Murakami en estado de gracia nos presenta «Hombres sin mujeres». Su mejor recopilación de textos breves y también la más inmensa de sus obras

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En un momento de uno de los siete relatos de Hombres sin mujeres, el narrador se refiere a las personas que «están convencidas de que viven de un modo totalmente natural y honesto, sin trampas ni máscaras. Y cuando, por algún capricho del destino, un rayo de luz especial procedente de alguna parte se filtra e incide sobre lo artificial o antinatural de su comportamiento, la situación adopta a veces un cariz trágico y, otras, cómico». Y concluye: «Por supuesto, también existen numerosas personas afortunadas (no puede expresarse de otra manera) que mueren sin llegar a ver esa luz o que, pese a verla, no les afecta». Pero en Hombres sin mujeres todos ven la luz.

¿De dónde procede ese rayo? De lo más alto, de un Murakami (Kioto, 1949) en estado de gracia y que resplandece en piezas de una factura asombrosa escritas a lo largo de apenas tres meses. Es decir, para que quede más claro (el título hemingwayano es ya suficiente advertencia): no habrá aquí gatos parlantes o cruces interdimensionales. De ahí que todo lo que hay de fantasmal pase más bien por el ejercicio de la memoria, por la ausencia de seres queridos, por la evocación de lo que fue y la fantasía de lo que pudo haber sido pero no.

Siete relatos en los que está lo más desgarrador jamás escrito por Murakami

«Drive My Car» y «Yesterday» –títulos beatlescos– son dos historias felizmente desconsoladas. En la primera, un actor viudo intenta esclarecer el enigma de su infiel amor, muerto pero inmortal, con una formidable choferesa como único testigo. En la segunda, un joven aprendiz de escritor inspecciona la extraña y nunca consumada relación de un amigo con su bellísima novia soñando con una luna de hielo hundiéndose en el mar. Ambas funcionan como aproximación a «Un órgano independiente», seguro lo mejor del volumen y entre lo más desgarrador y emotivo jamás escrito por Murakami: el tránsito de un cirujano plástico frívolo y casanova que lleva una vida sin sobresaltos emocionales hasta que conoce el verdadero amor. Y se deja ir, atormentado y consumido por la incomprensión del horror de los campos de concentración nazis, así como por el comportamiento del ser querido que no le corresponde.

«Sherezade» revisita las coordenadas sexuales y narrativas de Las mil y una noches: una mujer sin demasiado atractivo adquiere un brillo único con las historias que desgrana después del sexo y en las que, por ejemplo, asegura haber sido una lamprea en una encarnación anterior.

Los espectros y el dolor

«Kino» se regocija en la atmósfera y penumbra del jazz-bar y se va inclinando y arrastrando hacia lo sobrenatural; pero con una ambigua sutileza que acerca a Murakami a los vivos-muertos de Henry James: la negación del dolor es lo que alienta a lo espectral. Y lo espectral, para el barman, no es otra cosa que el dolor reprimido ante el fin del amor.

«Samsa enamorado» –acaso lo menos interesante del conjunto– empieza como boutade (¿precuela?) kafkiana para derivar hacia lo inequívocamente murakamiano.

«Sólo los hombres sin mujeres saben cuán doloroso es, cuánto se sufre»

La breve coda «Hombres sin mujeres» nos despide con acaso el «modelo» ya clásico de Murakami que faltaba: M, la suicida en el presente que se esfumó en el pasado, imborrable a partir del talismán/magdalena de una goma de borrar. Y que de pronto, a partir de una llamada telefónica en una noche de insomnio, regresa a la vida de alguien que en algún lugar conserva «mi yo de catorce años» e instruye con una de las grandes claves y núcleos del Mondo Murakami magistralmente explicitado.

«Convertirse en un hombre sin mujer es muy sencillo: basta con amar locamente a una mujer y que luego ella se marche a alguna parte… –leemos–. Y en ocasiones perder a una mujer significa perderlas a todas… Todo sucede en un abrir y cerrar de ojos. Y una vez convertido en hombre sin mujer, el color de la soledad va tiñendo hasta lo más hondo tu cuerpo. Como una mancha de vino que se derrama sobre una alfombra de tonos claros… Es una mancha cualificada y, como tal, también tendrá su derecho a manifestarse en público de vez en cuando… Sólo los hombres sin mujeres saben cuán doloroso es, cuánto se sufre por ser un hombre sin mujer».

A partir de la imborrable manifestación de ese centellante sufrimiento, Murakami nos obsequia el gozo inmaculado de su mejor recopilación de textos breves y, acaso, del más inmenso de todos sus libros.