El escritor francés Édouard Louis, fotografiado en Barcelona
El escritor francés Édouard Louis, fotografiado en Barcelona - EFE

Édouard Louis: «En mi pueblo para ser un hombre debías rechazar la literatura»

Este joven se ha convertido en el último fenómeno editorial en Francia con «Para acabar con Eddy Bellegueule», novela sobre su infancia. Una pesadilla que le hizo cambiar de nombre

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Es posible que, mientras usted lee esta entrevista, Don Felipe, Pedro Almodóvar y Penélope Cruz estén disfrutando del mismo libro: «Para acabar con Eddy Bellegueule». Su autor, Édouard Louis (Hallencourt, 1992), pidió a su editorial española ( Salamandra) que les enviaran sendos ejemplares de su novela, un estremecedor relato autobiográfico. Detrás de esta simpática ocurrencia se encuentra una refinada inteligencia, sorprendente en quien no leyó su primer libro hasta los 18 años.

Édouard Louis (antes Eddy Bellegueule) nació en un pequeño pueblo del norte de Francia y, durante 16 años, sufrió la tortura de la intolerancia. De haber nacido en un entorno donde su homosexualidad no era comprendida (ni aceptada). Pero tuvo el coraje de huir... y contarlo. El resultado es un libro duro, escrito sin miedo, que ha vendido más de 200.000 ejemplares.

Hoy Édouard es, por fin, él mismo. Lo demuestra mientras camina a sus anchas por L’Eixample de Barcelona (Madrid le gusta menos, pese a Chueca), entonando sin desafinar un tema del último disco de Lady Gaga y Tony Bennett. Al llegar al restaurante toca ponerse serio: suena «A Love Supreme». Édouard no pierde la sonrisa, ahora acompasada por la sincera tibieza del jazz, siempre reparador.

- ¿Cuándo y por qué decidió convertirse en Édouard Louis?

- Fue a los 18 años, tras escapar de mi familia. Empecé a leer, aprendí muchas cosas y entendí que un nombre no es sólo un puñado de letras. Un nombre es una historia y, para mí, Eddy Bellegueule significaba maricona, pobre. El cambio de nombre era como reinventarme.

- ¿Fue entonces cuando se puso a escribir el libro?

- Casi al mismo tiempo. La escritura llegó muy tarde a mi vida, igual que la lectura. Empecé a leer a los 18 años. En mi infancia no hubo libros; para demostrar que eras un hombre debías rechazar la literatura, porque leer era un signo de feminidad.

- Dadas las carencias, ¿cómo fue el proceso de escritura?

- Quería hablar de un mundo invisible, del que la literatura nunca habla. Tengo la impresión de que la literatura siempre ha excluido al mundo del que procedo y ha evitado usar el lenguaje proletario de las clases bajas. Yo coloco ese lenguaje en el centro de mi libro. Quería hacer literatura con todo lo que, aparentemente, se excluye de ella.

- Con un inicio tan tardío en la lectura, ¿cuál fue el primer libro que le impresionó?

- Fue «Retour à Reims» (2009), un libro de Didier Eribon sobre su vida y su infancia siendo un niño gay de clase obrera. Al leer su historia experimenté el deseo de escribir, hizo que tuviera fantasías sobre mi vida. Pensé: somos iguales. Pero no era verdad, nuestras vidas eran completamente distintas. Ese es uno de los poderes de la literatura: provoca en la gente el deseo de mentir y con esas mentiras puedes llegar a cambiar.

- Hablemos de su infancia.

- Odiaba mi infancia.

- De hecho, la primera frase del libro es: «De mi infancia no me queda ningún recuerdo feliz».

- Sí. Eso no quiere decir que no viviera ningún momento feliz, pero pasa lo mismo cuando estás deprimido: no es que a tu alrededor no pase nada bueno, pero la depresión te impide percibirlo. La realidad es lo que vemos y lo que no vemos. Cuanto más me alejaba de mi infancia, más percibía lo violenta que fue. Uno de los mayores problemas de la violencia en nuestra sociedad es que no la vemos. Al escribir tomé distancia pero, con esa distancia, fui capaz de aproximarme al entorno violento en el que me crié. Como si, al final, tomar distancia y acercarse fueran la misma cosa.

- ¿Cómo reaccionó su familia?

- Mi madre dijo que todo era mentira. Precisamente, uno de los grandes valores de la literatura es que aporta a los demás otra percepción de la realidad, más verdadera. Yo utilizo la literatura como una herramienta de verdad. Mi madre se volvió loca, pero es algo que ha pasado muchas veces en la Historia de la literatura: le pasó a Proust, a Thomas Bernhard... Mi padre reaccionó mejor y dijo que estaba muy orgulloso.

- La naturaleza humana.

- Sí, pero que mi madre reaccionara así fue bueno. En ese entorno las mujeres tienen que luchar, por la exclusión, porque están dominadas; tienen que aprender a reaccionar. No hay nada más triste que la gente que no lucha. Prefiero luchar, incluso por las razones equivocadas, que someterme a la realidad.

- ¿Qué relación tiene con ella?

- Cuando la veo comprendo lo poderosa que es la sociedad. Siempre que trato de acercarme a ella me doy contra el muro que hay entre nosotros. Ese muro es la sociedad. Mi libro es una lucha contra la vida en ese pueblo de Picardía. Mucha gente me dice que no quiero a mis padres por lo que he escrito.

- Por supuesto que les quiere.

- No lo sé. Quizá sí, quizá no. Pero es la base para demostrar que ese no es el problema. El amor no es una cuestión política.

- ¿Se da cuenta de que su libro es un canto de esperanza para muchos jóvenes como usted?

- Eso espero. Una de las cosas que más me ha impactado han sido todas las cartas que he recibido, unas 3.500, de gente diciéndome que era su vida. Si el libro puede ser un modelo para la gente es porque Eddy Bellegueule era extremadamente normal, incluso banal; era como los otros chicos. Tengo la impresión de que en la literatura de tránsfugas la persona que escapaba era excepcional. Eso convierte a la literatura en una herramienta de contemplación, no de acción. Eddy Bellegueule era un chico normal, pero estaba predeterminado y con el libro intentaba demostrar que la gente puede escapar.

- Pero ¿quién decide lo que es normal en la sociedad?

- La Historia es la que decide, las relaciones ya establecidas entre la gente. Es terrible. Todos reproducimos el mundo, sin pensar. Es absurdo. Claude Lévi-Strauss dice que en un momento dado el racismo se instaló en la sociedad y, desde entonces, la gente lo reproduce sin motivo. Hay tantas cosas absurdas en la sociedad, que reproducimos sin motivo…

- Y sin pensar.

- Estamos determinados por muchas instituciones. Pero es algo bueno: significa que, si cambiamos las instituciones, la gente puede cambiar. Piense en lo fácil que ha sido que en Francia la clase baja haya pasado, en apenas veinte años, de votar al Partido Comunista a hacerlo al Frente Nacional. La literatura, la política, los medios desempeñan grandes roles en la sociedad. La gente tiene una enorme capacidad de adaptación.

- La adaptación y la manipulación a veces van de la mano.

- Por supuesto, pero también podemos pensar en la adaptación como una manera de crear estructuras de mayor libertad. La libertad no es algo que estuviera antes aquí, tiene que construirse.

- ¿Cómo se explica la reacción de Francia en contra del matrimonio homosexual?

- En nuestra mente tenemos la idea de una Francia libre y eso nos impide ver toda la realidad y violencia que existe. Sin ser conscientes de eso, automáticamente creamos una distancia con esa realidad. Cuando envié el manuscrito hubo editores que me dijeron que no lo iban a publicar porque eso no existía. Ese tipo de vida es invisible porque está ausente del discurso literario y político. Ese sentimiento de ausencia es lo interesante.

- ¿Es posible que el Frente Nacional gane las elecciones?

- Espero que no, pero la única forma de luchar contra eso es crear otros espacios donde la gente pueda reconocerse a sí misma. Toda mi familia vota a Marine Le Pen porque cree que es la única que habla de ellos. Pero es falso, les está manipulando. Un amplio sector de la izquierda tiene parte de responsabilidad. Hablar de clases sociales no es algo que esté pasado de moda. Yo experimento en mi propia carne el sentimiento de las clases sociales. En toda la historia de los movimientos sociales, lo que dio la libertad a la gente era la constatación de que estaban dominados.