Juan Manuel de Prada, en un momento de la entrevista en el Café de Oriente
Juan Manuel de Prada, en un momento de la entrevista en el Café de Oriente - IGNACIO GIL
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Juan Manuel de Prada: «Los medios de comunicación son nefastos para la variedad humana, nos uniformizan»

El escritor se traslada hasta finales del siglo XIX en «Morir bajo tu cielo», su nueva novela. Una obra sobre los «últimos de Filipinas», que honra a los héroes de Baler y tiene, a juicio del autor, serias semejanzas con el presente

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Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970) es un personaje «tormentoso y un poco bárbaro, sentimental y cruel, desgarrado». La definición bien podría haber salido de una novela de Dostoievski, pero es del propio escritor. Recién llegado de Moscú, donde se ha consolidado esa rusofilia que dice profesar con denuedo, el autor escogió el Café de Oriente, magno escenario literario, para charlar sobre su último libro, «Morir bajo tu cielo», una novela de trasfondo histórico sobre los últimos de Filipinas.

¿Qué le atrajo de un acontecimiento como el sitio de Baler?

Concebí una idea seguramente descabellada e irrealizable: describir una especie de Episodios Nacionales, empezando por el Desastre del 98 hasta nuestros días. Escribir una novela, cada diez años, de Historia española. Pero es algo que ahora mismo no me planteo con seguridad, porque esta novela me ha dado un trabajo brutal. Hoy es un asunto que nos queda muy lejano. Sobre Filipinas ya no sabemos nada. Es la única nación nacida del Imperio español que no conserva el idioma. Los americanos arrasaron con todo el legado español.

En una nota al final insiste en que no es una novela histórica.

Es una novela insólita para mí, porque nunca había cogido la Historia con mayúsculas para contar historias con minúsculas. No pretende ser novela histórica: se mezclan personajes que existieron con los que no existieron. Esto probablemente al purista le va a molestar. El libro no pretendía recrear episodios históricos. Hay gente que se pone muy pesada y lee las novelas como si fueran libros de Historia. Una cosa que me produce perplejidad es que la gente identifica al narrador con el escritor. Muchos lectores hacen lecturas absolutamente disparatadas porque piensan que una novela, simplemente porque tenga trasfondo histórico, todo lo que cuenta es verdad.

«Por el amor de Dios, no seamos idiotas, recuperemos la vida real»

Es muy significativo que haya sacado el título de la novela de un poema de José Rizal, que fue el líder de la Liga Filipina.

Fue un líder intelectual y su fusilamiento fue el detonante de la rebelión del pueblo filipino contra España, que probablemente no hubiera llegado a ningún término si no llega a ser por la intervención de EE.UU. Amaba profundamente a España, pero tenía el veneno del rencor, que no había sido valorado como convenía. Lo pensaba estos días, a raíz de la dimisión de Gallardón: una de las constantes de la Historia de España es no valorar a las personas valiosas, de tal forma que esas personas terminan generando un resentimiento contra España. Eso es lo que le pasa a Rizal.

¿Y también a Gallardón?

Sin duda alguna. Es una persona que no encuentra el reconocimiento que merece entre los suyos. Al final es un hombre incomprendido por todos. Curiosamente él, que era un progre insoportable en el imaginario de la derecha, se ha inmolado por defender cosas que ahora nadie en la derecha defiende, concretamente el tema del aborto. Simboliza un poco ese drama constante de España, que muchas veces para ser español tienes que removerte contra España porque no te dejan serlo.

Es lo que le dice el malvado Van Houten a Las Morenas: «Héroes españoles que murieron luchando por ideales en los que ya nadie cree».

Sí, efectivamente. Van Houten es un personaje alegórico que representa al mal, pero que como personaje de carne y hueso sería un propagandista de la leyenda negra. Un tipo que odia España y percibe a los españoles como un lastre que impide el advenimiento del nuevo orden mundial. En esta novela se plantea ese conflicto, entre las nuevas ideologías que están triunfando en todo el continente europeo y esa resistencia numantina de España, llena de nobleza y grandeza... Una lucha perdida de antemano.

«La crisis económica es la modalidad de guerra que tenemos hoy»

¿Con qué personaje de la novela se identifica más?

Con Las Morenas. Es un hombre que percibe que los ideales por los que lucha han sido derrotados, pero sigue luchando por ellos sabiendo que la derrota está clara. Es un sino trágico muy español, que hay que resaltar porque, además, es cierto. Por eso me identifico con él.

A mí me gusta Sor Lucía.

Sí, sin duda alguna.

Y me recuerda mucho al personaje de Audrey Hepburn en «Historia de una monja».

Sí, hombre, claro, es la inspiración directa. Si tienes que pensar en una monja guapa, aguerrida, valiente, inmediatamente piensas en Audrey Hepburn, que ha sido mi amor platónico toda mi vida. Es un personaje absolutamente inventado. Me apetecía escribir sobre una mujer que fuera un gozne entre los dos bandos, que desarmase a las dos ideas en liza. El problema de las ideas y de los ideales es que terminan desencarnándose. Es un problema que han tenido los revolucionarios de todos los tiempos: personas que están llenas de nobleza, pero terminan luchando por abstracciones y en su ardor llegan a olvidarse de las cosas ciertas, reales, palpables. Sor Lucía actúa como un recordatorio de que la realidad está ahí.

Sor Lucía forma, además, parte de la Iglesia verdadera.

Bueno, es la única Iglesia. Muchas de las corrientes católicas en liza hoy discuten por lo que no tendrían que discutir. La Iglesia se ha puesto en una dinámica en la que disiente en lo que tendría que estar unida y luego, en cambio, en todo ese abanico de cosas en las que podría fomentar la variedad, la diversidad más absoluta, los católicos, ante el mundo, aparecemos como personas demasiado iguales, demasiado uniformadas.

Una Iglesia muy homogénea.

Efectivamente. La grandeza de la Iglesia de otras épocas es que en ella había un acuerdo en lo sustancial, de tal manera que facilitaba que se diesen personalidades diversas y gentes que se ponían el mundo por montera desde la absoluta adhesión a un credo. Aunque hoy también hay gente así en la Iglesia.

«Me repugna la Iglesia que compadrea con el poder porque merma la fe de los creyentes»

Afortunadamente.

Afortunadamente. Pero los medios de comunicación son nefastos para la variedad humana, nos uniformizan, nos obligan a encasillarnos.

Esa manía que tenemos los periodistas de etiquetarlo todo.

Sí, porque lo que te llega a través de los medios no es la realidad. Las cosas hay que palparlas, a las personas las conoces cuando tienes trato con ellas. Hoy en día tenemos un conocimiento de las cosas muy aséptico, muy poco carnal y muy ideologizado a través de los medios. Nos llega una visión de la Iglesia que no corresponde a esta variedad. Desgraciadamente, vivimos tiempos más burocratizados, que nada tienen que ver con la obediencia que deben los religiosos a sus superiores. La propia Iglesia se ha funcionarizado.

En la novela es muy crítico con la Iglesia cercana al Estado.

Me repugna la Iglesia que compadrea con el poder, porque eso resta libertad, merma la fe de los creyentes, contribuye a identificaciones ideológicas… Es peligrosísimo. La Iglesia no tiene que tener ningún tipo de connivencias, tiene que tener una absoluta lejanía del poder económico, político, mediático...

La Restauración española tampoco sale muy bien parada.

Es una época sobre la que tengo un juicio muy negativo, como lo tengo sobre la Transición, porque yo creo que son dos épocas paralelas. Son momentos en los que se trata de restañar las heridas de guerras civiles y se hace mal. Las fuerzas políticas se reparten el cotarro, en aquella época mediante una alternancia casi mecánica y hoy a través del voto, pero mediante el bipartidismo. Eso deja fuera a demasiada gente. Al principio eso lo puedes controlar, pero esa gente poquito a poco se va encabronando, se va encabronando…

Y pasa lo que está pasando.

Lo que ocurre a finales del XIX es el estallido de lo que estamos viviendo. Ahora los estallidos son de otra manera, mediante crisis económicas, que es la nueva modalidad de guerra que tenemos. El problema es que la función del gobernante es proteger al pueblo del dinero, pero lo que está ocurriendo en nuestro tiempo es que los gobernantes protegen al dinero del pueblo. Esto es lo más terrible que puede hacer un gobernante. La de hoy es una época que repite los errores de la época de la Restauración.

«No sólo no me considero conservador, sino que lo considero un insulto»

A la España tradicional, de la que estoy segura se siente parte, le duelen mucho cosas, como lo que sucede en Cataluña.

Lo de Cataluña tiene mucho que ver con la pérdida de Filipinas. Ese progreso desintegrador lo estamos viviendo hoy dentro de España. En aquella época fue más trágico porque España tenía una razón para permanecer unida. Lo más trágico de esta época es que España ha perdido su razón de ser, se ha quedado sin empresa.

¿Y hay solución?

Tiene que haber una conversión profunda, un cambio radical en la sociedad española y en sus élites. La gran tragedia es que España no tiene nada especial que ofrecerle a Cataluña porque está atravesando un problema de identidad muy fuerte. Más allá de que se imponga la ley, la realidad es que la ley no se impone sobre la carne. Las leyes son como un corsé y al final no servirá para nada.

Ahora que menciona el corsé: ¿se siente cómodo cuando le definen como conservador?

No, yo soy tradicional, no conservador. No solamente no me considero conservador, sino que lo considero un insulto. Yo defiendo una tradición española y lo que distingue a la persona tradicional es que desea que el pasado vuelva a actuar en el presente bajo formas nuevas.

¿Qué me dice del liberalismo?

Es la ideología opuesta a lo que sostengo. Para el liberalismo, la libertad humana es la consagración del principio de que aquello que quiero hacer es bueno en sí mismo. La libertad como instrumento, frente a la libertad como fin. La libertad como fin nos ha conducido a eso… A lo mejor es una ideología que admite revisión.

¿Es la ideología incompatible con la religión?

Ya lo dijo Jesucristo: no podéis servir a dos señores. Las ideologías son herejías del cristianismo. Toda ideología, al final, te conduce a la contradicción irresoluble con tu fe. Yo lo he comprobado en mis propias carnes. Lo que te prometen las ideologías, que es el paraíso en la tierra, es falso siempre, nunca se logra. La dura realidad es que allá donde las ideologías han triunfado te traen el infierno. Lo estamos viviendo nosotros hoy. La vida es un valle de lágrimas, siempre tienes que esperar una vida futura.

¿Tacharía al Papa Francisco de populista?

No es que lo tacharía, lo es. Es un hombre que tiene un gancho especial con la gente, que logra llegar al corazón, pero a veces se desliza hacia el populismo, tiene esa tentación. Es un argentino que ha vivido el peronismo, y tiene unos tics que te recuerdan a Eva Duarte de Perón. Se ha puesto de moda hablar mal de los populismos y me hace mucha gracia. Cuando se dice, por ejemplo, que Podemos es populista… ¿Pero PP y PSOE no son populistas, no hacen programas hiperpopulistas que cuando gobiernan no cumplen? Populismo es tratar de halagar a la gente y es un pecado en el que todos caemos. No hay que darle un sentido absolutamente peyorativo.

«¿El PP y el PSOE no hacen programas que cuando gobiernan no cumplen?»

Hablando de pecados, hace unos días, en una columna, hablaba de la envidia.

Ese es el gran pecado español.

¿Hay mucha envidia en el mundillo literario español?

El mundillo literario antes tenía el prestigio social, el brillo de pertenecer a una élite, pero hoy el escritor se encuentra con que escribiendo no gana un céntimo, no liga nada, no le hace caso ni Dios… Al final disputa por una tarta muy pequeña y las pasiones más bajas afloran con mayor virulencia.

En una entrevista, John Banville me dijo que le avergonzaban sus novelas. ¿Le sucede lo mismo con algún libro suyo?

Un escritor debe esforzarse por ofrecer al lector siempre lo más ambicioso. No puedes escribir libros para salir del paso. De todos mis libros reniego, porque creo que podría haberlo hecho mejor. Hay algunos que considero peores y La tempestad es mi peor novela. Pero es la que más ha gustado y, básicamente, ganar el Planeta me sirvió para dedicarme profesionalmente a la literatura.

No tiene Twitter, ni Facebook…

No, no tengo nada de esto. La tecnología va más rápido que nosotros e introduce la urgencia en nuestra vida. Es mucho mejor leer un libro en papel que en una pantalla. Todo lo demás es mentira. Del mismo modo que hay multitud de actividades que son mucho más sanas hechas en la vida real. Por el amor de Dios, no seamos idiotas, recuperemos la vida real, que está ahí, esperándonos.