A la derecha, Roger Straus, uno de los editores de la vieja escuela a los que Calasso rinde homenaje en «La marca del editor» (Anagrama)
A la derecha, Roger Straus, uno de los editores de la vieja escuela a los que Calasso rinde homenaje en «La marca del editor» (Anagrama)
libros

Calasso frente al Goliat digital

El mundo cambia, y con él, el oficio de editor. Lo desentraña Roberto Calasso, alma del mítico sello Adelphi, en «La marca del editor», donde combate a esa gran librería llamada internet

césar antonio molina
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¿Es hoy la edición en papel, tal cual la hemos conocido en los últimos siglos, una causa perdida? ¿Está en peligro de extinción el editor? ¿Ha sido la industria editorial un caballo de Troya contra sí misma? Más aún: en complicidad con las grandes compañías tecnológicas, ¿no se está ya diseñando un mundo nuevo, edénico y feliz (la manzana es un buen símbolo), donde el esfuerzo y sacrificio por pensar, reflexionar individualmente y buscar explica-ciones racionales al sentido de la vida, será sustituido por una información sobreabundante, invasiva, junto al entretenimiento anestésico e irreflexivo?

Las luchas entre quienes defienden el libro como industria y el libro como cultura desaparecerían en esta nueva época sin derechos de autor, sin intermediarios, sin molestos críticos. Así, la obra de arte que es un libro en sí mismo daría lugar a una masa de objetos intangibles, indistinguibles e inidentificables unos de otros.

En La marca del editor, Roberto Calasso habla de desprecio por las «obras del ingenio», y ese ataque al derecho de autor, a su identidad individual, a su estilo, a su saber diferente y a su inteligencia envidiada se lleva a cabo aplicando a la cultura terminologías políticas. Por ejemplo, lo accesible es democrático, no así lo complejo, y, por tanto, en vez de educar mejor a los ciudadanos y darles más medios para acceder al conocimiento, se rebaja el discurso intelectual a niveles primarios. La creación y los instrumentos para darla a conocer a través del libro, al igual que el papel esencial de los editores, no se consideran un verdadero trabajo en beneficio de la sociedad, como se consideró hasta ahora.

Desde las nuevas tecnologías, se califica al libro de papel como «ser asocial»

Calasso nos habla del mundo de la edición como un arte, como un género literario, y del editor como un verdadero creador. Deja en un segundo plano, no porque no le dé importancia, la faceta de empresario e industrial. El editor no escribe el libro, pero ayuda a su acabado final y elabora su piel. El editor es el primero que lee e interpreta la obra –ahora, a veces, este papel lo comparte con el agente, personaje nuevo que no le agrada demasiado a Calasso– y la juzga. Y esa opinión trata de trasladársela al lector, quien completará su sentido.

Solitario e inmortal

El editor-creador – Calasso, Bazlen, Wolff, Einaudi, Suhrkamp, Foà, Straus o Dimitrijevic, por citar sólo algunos nombres aireados en La marca del editor– desarrolla una complicidad física e intelectual con la obra y con su conformador. Portada, papel, tipografía y solapas son elementos esenciales para su completa identidad. A través de la portada, el libro adquiere una marca y una imagen simbólica en la mente del lector. Si la écfrasis era traducir en palabras las obras de arte, una portada traduce en una imagen todas las palabras de un libro.

El editor-autor-creador lo hace todo él, mientras que en la edición industrial los art directors asumen este papel. Por lo general, idean una imagen sobre un libro que, probablemente, no han leído. Este aspecto llamativo y contradictorio también lo comenta Calasso al referirse, por ejemplo, a Einaudi: «No es ni será nunca un lector. No tiene, ni tendrá nunca, conocimiento profundo en ningún ámbito. Pero, por don natural, sabe explotar una de las características particulares de esa singular élite en la que nació: reconocer a las personas de valor».

A Calasso lo han acusado de ser un censor de libros

La digitalización –opina Calasso– implica una hostilidad hacia un modo de conocimiento estrechamente ligado al uso del libro. En el mundo digital el libro es considerado un ser antidemocrático o quizá, añadiría yo, predemocrático. Es un objeto individual, separado, independiente, jerarquizado, bello, único a pesar de su reproducción, con vida propia autosuficiente, solitario, intemporal, inmortal; un medio incontrolable de saber y conocimiento.

Los libros desnudos

Los prejuicios sobre el autor los arrastra el libro, y viceversa. El autor es acusado de ser alguien superior; por tanto, es peligroso. Calasso observa que, desde las nuevas tecnologías, se califica al libro de papel como un «ser asocial» que debe ser digitalmente «reeducado». Debe perder su identidad, orgullo, originalidad e independencia para ser interconectado con cualquier otra cosa a través de los «link». Es decir, la lectura ya no será su fin primordial, sino el servir de materia prima a una red nerviosa de datos anónimos y sin fin. ¿Cuál será entonces el papel del autor, del editor, del lector? En esa reeducación entramos todos; también los géneros literarios y artísticos. Cada vez menos se expresará una opinión individual. Su lugar lo ocupará una impresión masificada, despersonalizada, falsamente popular y democrática.

Para Calasso, la labor de escaneo universal llevada a cabo por Google tiene la parte positiva de archivar la memoria; pero a la vez –y este es su verdadero fin, menos altruista– destruye los derechos de autor, crea una biblioteca universal sin criterios donde vale todo y todo sirve. A ella le añade páginas web muertas y blogs de todo tipo como si fueran también obras de arte. Una vez que el texto se digitaliza, los libros desnudos, libres de su encuadernación, de su autoría, de su editor, de sus libreros e incluso de sus lectores, se entretejen entre sí tomando una forma y función distinta cuyo fin y significado todavía desconocemos.

El cerebro individual es sustituido por un cerebro social

A la inteligencia individual se le superpone una mente colectiva y comunitaria manipulada, en donde la lectura individual desaparece en función de un resumen compartido realizado por un programador técnico abstracto. La biblioteca universal se vuelve un solo texto inmenso, inabarcable, imposible, innecesario, lo que Calasso denomina «el libro único del mundo». El cerebro individual es sustituido por un cerebro social en el que sólo hay «opinión» colectiva, masificada, igualada.

Quizás todos los problemas del mundo editorial surgieron cuando la cultura se convirtió en una rama secundaria de la industria y el dinero pasó a formar parte esencial de sus fines, además del saber. ¿Quién juzga la grandeza de un editor? El propio Calasso se arriesga a sugerirnos que un editor, es decir, un editor literario y exquisito como él, es una figura oculta, silenciosa, que tiene unos criterios no del todo claros que suscitan la curiosidad universal. Se trata de hacer leer, de ayudar a través de estas obras del conocimiento a mejor vivir.

Google, democráticamente inculto

A Calasso, como a tantos otros editores, los defensores a ultranza de las nuevas tecnologías lo han acusado de ser un censor de libros, es decir, alguien que no sólo los edita sino que, sobre todo, los rechaza bajo su propio criterio; un criterio sabiamente caprichoso. Calasso lo justifica afirmando que rechazar un libro equivale a introducir un personaje equivocado en una novela. A Google eso le da igual, carece de criterios, es democráticamente inculto.

Una editorial es un libro que comprende múltiples géneros, estilos, épocas, pero donde se avanza con naturalidad, empezando siempre un nuevo capítulo que cada vez es de un autor distinto. El editor es el guía que diseña el perfil de un sello editorial, y sus lectores serán quienes juzguen las virtudes y defectos de ese perfil. De ello va quedando constancia en las solapas o contraportadas. Calasso siempre las consideró un elemento fundamental de la propia crítica e información literaria. Él recogió las suyas de Adelphi en Cien cartas a un desconocido.

¿El papel del editor frente al self-publishing (autoedición) es una batalla perdida? ¿Es el editor, a la manera de Calasso, un ser superfluo, atávico, residual? ¿Se perdió el prestigio? El self-plublishing carece de él, pero ¡qué más da en un mundo que desconoce el significado de esta palabra, y frente a ella antepone la accesibilidad de cualquiera, la inmediatez, la falta de criterio para juzgar la obra!

Google crea una biblioteca universal sin criterios donde vale todo y todo sirve

El self-publishing se salta las portadas, las solapas, la distribución, las librerías, las críticas e incluso hasta los lectores. En esta obsesión informática, el editor es un estorbo, un intermediario–como todos los demás– prescindible. Añade Calasso: «Los editores están colaborando con la tecnología mediante la labor de volverse superfluos a sí mismos. Si el editor renuncia a su función de primer lector y primer intérprete de la obra, no se ve por qué la obra debería aceptar enmarcarse en el cuadro de un sello editorial. Resulta mucho más conveniente confiarse a un agente y a un distribuidor».

Malversación del espíritu

De todas formas, los males del mundo editorial vienen de muchos frentes y de tiempo atrás. El dinero ha sido capital en esta malversación del espíritu. Antes sólo competían las obras que servían para el desarrollo de la humanidad, ya fueran puramente humanísticas o bien científicas; mientras que hoy, incluso mucho antes que Internet, se compite, como en una subasta o como en la Bolsa, por los mismos libros, sean buenos o no. De ellos se espera que tengan buenas expectativas económicas. El vencedor se distingue porque, al ganar, se ha quedado con un título que se revelará como una catástrofe o como un golpe de fortuna.

Calasso, a pesar de las duras críticas que desprende este ensayo y el futuro oscuro que prevé para la alta cultura, que es lo que verdaderamente está en riesgo (la cultura del pensamiento y del conocimiento, la seria frente al entretenimiento, la diversión y la anulación del individuo), no es del todo pesimista, aunque esto es más un deseo que una convicción. Y piensa este gran autor y editor milanés, refiriéndose al padre de los editores, Aldo Manuzio, que él también lo debió de pasar mal cuando por primera vez dio forma a los libros como objeto.

¿Es el editor, a la manera de Calasso, un ser superfluo, atávico, residual?

En fin, desconocemos el futuro que tendrá la edición. ¿Por qué no pensar que todo puede ir a mejor e, incluso, que sean compatibles ambos mundos? ¿Por qué la tecnología no aprenderá y será respetuosa con los maestros del pasado? Alguien dijo una vez que hay pensamientos que no sólo insultan a la inteligencia, sino también a la ignorancia.