La ciudad de los prodigios de los Kabakov en el Grand Palais
Detalle de «La Capilla Blanca», uno de los edificios de «La Ciudad Extraña» - j. d.-g.
arte

La ciudad de los prodigios de los Kabakov en el Grand Palais

El matrimonio conformado por Ilya y Emilia Kabakov son los sextos artistas del programa «Monumenta» que ocupan el Grand Palais de París. Su aportación ha sido introducir en él toda una ciudad. Así es «La ciudad extraña»

Actualizado:

Londres tuvo antes que nadie su Sala de las Turbinas en la Tate, proponiendo un desafío a los artistas desde el año 2000, cuando su espacio comenzó a ser intervenido por Louise Bourgeois. París no iba a ser menos. Y entonces nació allí en 2007 un programa similar, la Monumenta, que debía desplegarse en otro ámbito ampuloso e inabarcable. Ese lugar tocado por la varita mágica fue el Grand Palais. Bajo su Nef, o inmensa cubierta de 13.500 m2 y 35 metros de altura, han pasado creadores como Kiefer, Boltanski o Daniel Buren.

Los últimos en llegar han sido los Kabakov, Ilya (nacido en la URSS en 1933) y Emilia (su pareja, y con la que trabaja desde 1987. Ella tiene el mérito de ser la primera mujer que disfruta de Monumenta). Decir de ellos que son rusos, después de llevar viviendo en EE.UU. cerca de cuarenta años, es mucho aventurar. Pero sí que es cierto que la impronta que dejaron aquellas vivencias de juventud aún resuenan en sus trabajos.

«La instalación total»

¿Y qué ha preparado para Monumenta una de las parejas más aclamadas del arte contemporáneo actual? Pues nada más y nada menos que toda una ciudad, que se introduce en las instancias acristaladas del Grand Palais. Su comisario, Jean-Hubert Martin, la define como «una instalación total», dada la cantidad de atmósferas y sensaciones que se expermientan en su recorrido. Es Emilia la que nos presenta la pieza: «Esta es la instalación más grande que hemos elaborado hasta la fecha. Y la verdad es que es mejor verla una vez que hablar de ella mil».

La pareja explica que este es un proyecto al que han dedicado más de dos años, contratiempos presupuestarios aparte: «El escenario es tremendo, pero para nosotros ese no era el reto, pues estamos acostumbrados a trabajar con la escala. Aquí el desafío era la luz. Este es un antiguo palacio de cristal, por lo que nuestra aportación ha sido una ciudad bañada en luz, una ciudad inspirada en la cultura, y en una cultura utópica, como de la que provenimos».

Emilia tiene el privilegio de ser la primera mujer que participa en MonumentaSu título es La ciudad extraña. Y sin duda lo es. Desde que el espectador pone el pie en sus inmediaciones, es invitado a introducirse en una metafórica reflexión sobre las inspiraciones, sueños y deseos del individuo. «No es esta una obra para ser transitada con prisas, sino que exige tiempo. Podríamos decir que es un pieza con muchos niveles de lectura, de forma que el visitante puede ir asumiendo las pistas que hemos ido dejando o simplemente deleitarse con ella. En definitiva, se trata de plantearnos cómo vivimos el presente y cómo nos imaginamos el futuro».

Imposible no pensar en esta como una urbe utópica o una especie de ciudad sagrada: «La posibilidad de escape en cualquier sociedad o sistema político pocas veces es física; casi siempre, mental. Lo importante es ser capaz de elevarse del día a día. Esa es la verdadera utopía. Por otro lado, nosotros no somos muy creyentes. La sacralización de la que hablamos es la de la cultura y la libertad que esta aporta».

Mencionaba Emilia los diferentes niveles de lectura de esta pieza que, por otro lado, reúne algunos de los proyectos más destacados de la pareja en los últimos años junto a obras nuevas, lo que la convierte en una exposición de exposiciones, una especie de antológica. El menos evidente es el de la doble representación de Rusia en Francia hasta la fecha a la que alude: La exposición Internacional de Artes Decorativas e Industriales, de 1925 (pabellón de Melnikov y Ródtchenko) o la Exposición Internacional de Artes y Técnicas de la Vida Moderna, de 1937, con la célebre escultura de Vera Mukhina a la puerta del pabellón soviético. En ambos casos se aludía a visiones idílicas, optimistas, de devoción por el futuro. También los Kabakov apuestan por una distribución de su ciudad en forma más o menos circular, como la Ciudad del Sol de Campanella o la Castalia de Hesse.

El triunfo en ruinas

A sus pies, una inmensa cúpula invertida de más de quince metros (escenografía en 2011 del San Francisco de Asís de Messiaen dirigido por Mortier en el Madrid-Arena) atrapa con su luz y sus sonidos. Justo en frente, las que podrían ser las murallas de esta ciudad de la luz, ante lo que recuerda a un arco del triunfo en ruinas. Cuando estas se atraviesan, el visitante se topa con cinco edificios de evocadores nombres, y con su entrada y salida en los mismos, esboza su personal historia existencial sobre el sujeto.

En el primero de todos, «El museo vacío», el Passacaglia de Bach es todo lo que llena la estancia de lo que parece una pinacoteca en la que han desaparecido las obras; «Manas» recostruye con su maqueta el mito de Shambhala, en Tíbet, una ciudad terrenal que tenía su doble invertido en el cielo; «El centro de la energía cósmica» reproduce el deseo del ser humano de conectar con la noosfera de V. I. Vernadski (la capa creativa que recubre la tierra y de la que podemos retroalimentarnos) y con el resto del universo; «¿Cómo encontrar un ángel?», uno de los espacios más poderosos del conjunto, emplaza en su centro la maqueta de una estructura para subir al cielo y alcanzar una de esas criaturas celestes («Todos vivimos con la esperanza de que en algún momento ocurra un milagro en nuestras vidas. Ese sería nuestro ángel»); y «Las puertas», recreación de este símbolo referido en todas las culturas al tránsito hacia lo nuevo.

«Estamos acostumbrados a trabajar con la escala. Aquí el desafío era la luz»Tras estas habitaciones (en las que las instalaciones se arropan con maquetas y obras sobre papel no siempre originales (lo cual es incomprensible, teniendo en cuenta la envergadura de Monumenta, que ha visto reducido su presupuesto en un 40 por ciento con respecto a ediciones anteriores), las dos estancias que, por sí solas, merecen la visita: «La capilla blanca» y «La capilla oscura». La primera evoca cómo funciona la memoria; la segunda, plena de gigantescas telas «barrocas» invertidas; en ambos casos, un homenaje a la pintura y a autores como Giotto o Rothko.

Emilia se refiere a Ed Ruscha para concluir la experiencia que desearía que el espectador se llevase de su obra (una obra «encerrada» en sus edificios, lo que no deja del todo claro si dialoga o no con la institución que la alberga): «Este creador afirma que cuando se entra en un proyecto artístico lo que se suele decir es “¡Guau!”, pero, cuando se sale, la pregunta es “¿Y qué?”. Nuestra intención es que se inviertan los órdenes». Sin lugar a dudas, nadie abandona La ciudad extraña como en ella entró.