Roncagliolo durante la promocón de su libro en Barcelona
Roncagliolo durante la promocón de su libro en Barcelona - inés baucells
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Roncagliolo: «La literatura se olvidó del fútbol, que ahora sale del armario»

Arranca el Mundial de Brasil, y el fútbol se vuelve protagonista. Lo mismo le ocurre a novelas como «La pena máxima», de Santiago Roncagliolo. Él capitanea nuestra selección de «escritores futbolistas»

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Santiago Roncagliolo es del Atlético de Madrid, porque se siente cercano a la moral de los eternos perdedores o sufridores. Ya saben quién quiere que gane la próxima final de Lisboa. Pero aquí no ha venido a hablar de fútbol, sino de su último libro, La pena máxima. ¿O sí hemos venido a hablar de fútbol? El mayor espectáculo del mundo.

¿Por qué elige el fútbol como telón de fondo de su novela?

Me gustaba el espectáculo masivo del fútbol, porque la gente pone en el fútbol lo que es, lo que cree que es, y el que cree que es su enemigo. Me gustaba la idea de introducir las narraciones de los partidos. Creo que el narrador de un partido, sobre todo el narrador de radio, es un maestro de la palabra: tiene que narrar algo que no estás viendo. Eso me pareció interesante rescatarlo literariamente. Y todo este espectáculo, como todos los espectáculos, sirve para olvidar la realidad también.

La cruda y cruenta realidad de la Argentina del año 78.

«España sigue siendo muy buena en muchas cosas y Europa, ejemplar en otras tantas»

La dictadura usó el Mundial para tratar de proyectar una Argentina que era exactamente lo contrario de la realidad. Videla, en el discurso inaugural, hablaba de los derechos humanos y de la paz entre los pueblos, mientras que a pocas calles de allí torturaban y desaparecía gente. La metían en aviones y la tiraban al mar. Ese uso político del fútbol me pareció un escenario fascinante.

El fútbol como el opio del pueblo.

El fútbol y el deporte en general. Mire lo que hizo Putin con los Juegos Olímpicos de Sochi y lo que hizo al día siguiente en Crimea. Los grandes espectáculos son usados por los gobiernos para dar una imagen imponente de su país. China tuvo sus juegos, ahora Brasil los tiene... Son un símbolo de los nuevos países, de las nuevas potencias. El mensaje que das con un mundial es que eres importante y que tú eres visible. Y a los fascistas en particular les encantan los mundiales: Mussolini hizo un mundial en el 34, Hitler sus Olimpiadas. Y son los mismos descendientes de esos militares italianos los que organizan en Argentina el Mundial del 78 para vender un país que no existe.

¿Cuáles son los hechos históricos que relata?

Una vez hice un reportaje en la ESMA, la Escuela Superior de Mecánica de la Armada argentina, que es donde se hacían las torturas. Empezamos a pasear por ahí y descubrí primero que la ESMA, que pensaba que estaba alejada y apartada en un suburbio lejanísimo, estaba casi en el centro de la ciudad. Hacían todo eso en un barrio residencial de clase media alta. Las torturas en particular se hacían en el mismo edificio donde dormían los oficiales. Abajo torturaban y arriba del todo encapuchaban a los perseguidos. Y al final, en este sitio horrible, estaba la maternidad. Cuando una mujer quedaba embarazada, en vez de liberarla, lo que hacían era dejarla que diese a luz. Un par de meses antes del parto la separaban y la ponían en un sitio terrorífico. Cuando parían el niño, se lo entregaban a una familia adicta al régimen y a la madre la metían en un avión y la tiraban al vacío.

Para mí, lo más brutal, la manifestación más atroz del totalitarismo, es robar hijos. Ellos creían que lo hacían bien porque esos hijos iban a estar peor con estos comunistas. En su perversa mente les estaban haciendo un favor a los niños. Me interesaba ese tema de cómo un sistema enfermo termina por generar gente enferma. Luego me interesaba otra cosa que no es tan conocida: la participación de Perú, la complicidad de Perú, sobre todo durante el Mundial. Los militares peruanos no son unos criminales como los argentinos y los chilenos, pero cuando tu vecino es un asesino y tú no haces nada, terminas por convertirte en cómplice, y eso pasó en Perú. Resulta simbólicamente muy interesante el partido entre Argentina y Perú. Para Perú es inolvidable porque Argentina necesitaba ganar 4-0 para pasar a la final y nos dieron 6-0. Pasaron cosas raras: antes del partido, Videla y Kissinger bajaron a saludar a los peruanos. Y a mí, si me saluda Videla, me da mucho miedo.

¿El fútbol se ha convertido en objeto literario en los últimos tiempos?

«En un libro soy el jefe, un dictador. Cuando no me gusta un personaje, lo mato»

La literatura siempre se olvidó del fútbol porque era de plebeyos. Ahora hemos salido todos del armario. También creo que ha pasado algo en las últimas décadas: los escritores han dejado de sentirse superiores, ya no hablan desde el pedestal de la alta cultura, y han empezado a mirar más a la vida real, a la vida cotidiana. Si hablas de la vida real y de la vida cotidiana de la gente de a pie, vas a terminar hablando de fútbol. Es lo que tiene que ver con casi todos los habitantes del planeta.

¿Cree que de la final de la Champions en Lisboa, entre el Atleti y el Real, saldría una buena novela?

Una que me gustaría pero que no puedo hacer porque no tengo acceso, sería una gran historia sobre la caída del Barça. ¿Qué está pasando dentro del vestuario? ¿Cuáles son las relaciones desde dentro de un equipo que lo ganó todo y que ha sido el mejor equipo indiscutible por años? En algún momento tiene que llegar la decadencia, y al final llega. Uno está casado con Shakira, el otro es el mejor del mundo, otro está mayor y se retira. Ahí dentro hay una novela, sin duda. Hay una gran novela sobre el ascenso y la caída. Esta es una de las metáforas en las que el fútbol habla de cosas mucho más allá del fútbol.

Sigamos con sus artículos, donde demuestra que no tiene pelos en la lengua y que no le da miedo pedir el Premio Nobel para Stephen King.

Lo que pasa es que soy un poco raro. Crecí en América Latina y llevo mucho tiempo en España. He vivido en Madrid y en Barcelona. Mi familia es en parte muy de derechas pero también muy de izquierdas. Para sobrevivir he tenido que crearme un sistema de creencias bastante anómalo en el que todos puedan tener un lugar. Entre otras cosas me gusta mucho la cultura popular, la alta cultura, y me chocan mucho los clichés, como el del señor que es esnob cultural y desprecia todo lo demás. Me parece que lo que tienes que hacer con una columna es defender el pensamiento individual. Deja de pensar en una etiqueta, deja de pensar como un borrego.

¿Cuál es la idea que más le ha costado decidirse a defender en un artículo?

«La gente pone en el fútbol lo que es, lo que cree que es y lo que cree que es su enemigo»

Lo que más me ha costado es cómo contar el proceso que está sucediendo en el mundo. Mi próxima columna habla sobre Europa. Los europeos, al igual que los españoles, viven deprimidos porque no saben lo que tienen. Siguen teniendo una sociedad mucho más igualitaria, con unos niveles de libertad y de solidaridad que no hay en otros sitios. Y a veces te da la impresión de que se lo quieren cargar. Pero el sistema europeo es muy solidario, ya sea de izquierdas o de derechas. La gente siempre está pensando que los corruptos no van a la cárcel. Claro que van, gracias a un montón de jueces muy valientes. A veces, cuando tratas de decir eso, muchos lectores piensan que eres insensible, que no te das cuenta de sus problemas. Creo que hay que decir y defender que España sigue siendo muy buena en muchas cosas y que Europa sigue siendo muy ejemplar en otras muchas.

Usted también ha sido guionista. Si tuviese que hacer el guión de una serie de televisión y le diesen libertad absoluta, ¿qué narraría?

¿Como Aaron Sorkin, que ya hace lo que quiere? Si no tuviese ningún límite de nada, un buen culebrón histórico, algo en el siglo XIX o incluso en la Edad Media, una historia llena de escenarios y de vestuario, que son las cosas de las que uno disfruta. De hecho, mis novelas, en su mayoría, son caras. Me gusta que todo sea a lo grande. El problema es que yo no entraría como jefe. En el libro soy el jefe. Soy un dictador, soy horrible. Lo que me encanta de la literatura es que cuando un personaje no se comporta como quiero, lo puedo matar. Matar a los personajes en la vida real es ilegal.

Resulta inevitable que le pregunte por García Márquez. ¿Se siente un miembro de su escuela literaria?

Yo crecí en un mundo ya claramente dominado por Vargas Llosa. Han sido dos autores sucesivos. García Márquez encarnaba el sueño de mis padres y de su generación. Yo empecé a leer con García Márquez, él era el importante, encarnaba mucho cómo América Latina se veía a sí misma. En el mundo en el que yo empecé a escribir, todos los autores trataban de dejar de ser exóticos, el realismo se impuso masivamente. El tema de la violencia entró de una manera muy fuerte. Todo eso es Vargas Llosa.

Hay una correlación entre sus ideas políticas y su literatura. Las cosas políticas que defendía García Márquez dejaron de parecer muy atractivas, y las que defendía Vargas Llosa resultaban más razonables a partir del 90. Y eso tiene que ver con cómo escribían: García Márquez pensaba que América Latina es única y diferente, tiene su propia Historia y debe tener su propio pensamiento, su propia literatura y su propia política, y veía la Revolución Cubana como algo específico de América Latina, al igual que sus novelas eran muy específicas de América Latina. Vargas Llosa defiende más que el mismo sistema que funcionaba en Occidente debía funcionar en América Latina. Él hace unas novelas más clásicas. Y aunque tenga un manejo brillante de la técnica, es realista, básicamente cuenta cosas reales. Y el mundo en el que yo crecí es el mundo dominado por él.

«Un sistema enfermo termina por generar siempre gente enferma»

¿Qué opina del fenómeno Bolaño?

Bolaño es el puente entre la generación de los grandes escritores americanos del XX y nosotros, los pequeños escritores del XXI. Bolaño retoma los grandes temas políticos, la dictadura chilena en particular, pero también adopta la cultura pop. En sus novelas hay actrices porno, asesinos en serie, matones. Es un Tarantino de la literatura latinoamericana.

Parafraseándole, ¿quiénes son los pequeños escritores del siglo XXI?

Creo que ha habido de repente una cosa común entre Guadalupe Nettel, de México; Juan Gabriel Vásquez, de Colombia; Alejandro Zambra, de Chile, e incluso yo, que hemos estado sacando novelas que tienen que ver con la Historia política latinoamericana. Todos esos autores que he mencionado hablan más bien de las pequeñas personas, no del dictador o del guerrillero. Son novelas sobre las pequeñas personas a las que la Historia pasa por encima y las abofetea y las patea, y ya no sobre los grandes poderosos de la Historia. Me parece un signo de los tiempos.