«Playgrounds»: El Museo Reina Sofía nos reta a jugar en serio
«Gentío de la tarde en Coney Island, Brooklyn» (1940). Fotografía de Weegee - abc
arte

«Playgrounds»: El Museo Reina Sofía nos reta a jugar en serio

«Trabajar cansa», escribió Cesare Pavese. El Museo Reina Sofía nos invita, pues, al relax, al juego, al dispendio. «Playground» es una muestra sobre la capacidad liberadora de la actividad ociosa. Siempre y cuando, nos la tomemos en serio

Actualizado:

«La infancia es un enigma»: lo decía toda una experta en niños como María Montessori, y la exposición Playgrounds, en el Museo Reina Sofía, explorará una de sus manifestaciones más misteriosas: el juego. Se trata de dibujar el mapa del parque, esa última terra incógnita llena de obstáculos e incluso de peligros. Un territorio comanche en el que las sociedades modernas han tratado de confinar a unos indígenas liliputienses e incomprensibles y su actividad sólo aparentemente inofensiva (e infantil, sólo en teoría): jugar.

¿Es el juego una estrategia creativa? O, peor aún, ¿es «Arte»? ¿Es también una forma de resistencia política? ¿O acabó domesticado por poderes que han transformado a los adultos en niños perennes, adictos a juguetes ultrasofisticados y prisioneros de una vida social trivializada como jueguecito de pantallas sin fin?

Un terreno fertil

Lo que se recuerda ahora en el Reina Sofía es que desde finales del siglo XIX el juego mismo ha sido el terreno en el que eligieron situarse muchos artistas, arquitectos, urbanistas y filósofos. Cuando Pavese decía, sibilino, que «trabajar cansa», quizá expresaba en negativo una paradoja que luego muchos han intentado dilucidar: sólo tomándose el juego completamente en serio se aviva su capacidad liberadora.

Al resumir la historia moderna del juego, Rodrigo Pérez de Arce recuerda en el catálogo algo muy interesante: antes de la Segunda Guerra Mundial, la retórica social –y artística– de moda fue la del deporte, la del atleta, la del campeón en el estadio. Después de todos sus horrores, la mitología cultural se orientó hacia la figura del niño y el juego libre de reglas y de medallas.

La cita marca el significado político de la ineficiencia, del juego libre, del deambular sin rumboRossellini, por ejemplo: empezó su carrera filmando propaganda del «espíritu de equipo» de la Armada Italiana (y fascista), y exploró después en Roma, ciudad abierta y en Alemania, año cero (se pueden ver escenas en las salas) esos «enigmas» de la infancia sin rumbo que redescubre como terreno de juegos crueles los inmensos campos de ruinas de una Europa tras la lluvia (de bombas). Y por algo se repesca aquí también el trabajo de Lady Allen of Hurtwood, la paisajista inglesa que propuso conservar algunos de los solares bombardeados de Londres como adventure play- grounds para los niños de posguerra.

Ya en 1943, en Copenhague, Carl Theodor Sorensenhabía acotado su primer «parque de chatarra», en el que se dejaba en manos de los niños los cachivaches sin uso y los restos de la contienda para que «jugaran» a construir con ellos un mundo desde cero, y con suerte algo distinto del precedente. ¿Qué adulto, con qué cara, tenía ya autoridad moral para prohibirles nada con la excusa risible de que podrían hacerse daño?

La dejación de funciones de unos adultos capaces de autoaniquilarse en manos de unos niños Robinsones en quienes se depositan todas las esperanzas sanadoras y todas las posibilidades de regeneración: esa idea del juego como ejercicio histórico de memoria y de taumaturgia es interesantísima, y ella sola habría bastado para sostener la muestra.

Las declinaciones inabarcables del tema

Pero las declinaciones del tema se multiplican, y sus variantes son inabarcables: el juego, el paseo, la acampada, las excursiones de los dadaístas, las flâneries de los surrealistas, las derivas de los situacionistas, los juguetes de los Eames, las ciudades invisibles de Archigram o Archizoom y, por qué no, los parkours de los skatersy los acróbatas urbanos, que redibujan la ciudad como territorio de juego indómito. Algo querrá decir que brille por su ausencia, hoy, la industria de gadgets dedicados al paseo (y mejor no dar ideas). «Aunque puedo componer una figura despreocupada, soy altamente serio y concienzudo; y aunque no parezco ser mas que delicado y soñador, soy un técnico solidísimo»: lo decía un paseante ilustre del siglo XX, Robert Walser, y enunciaba así uno de los principios fundacionales de toda una genealogía de «jugadores en serio» que entendieron el significado profundamente político de esa defensa de la ineficiencia preciosa del juego libre, del deambular sin rumbo, del solar sin uso, de los actos sin utilidad práctica o visible.

¿Es el juego una estrategia creativa? Peor aún, ¿es «Arte»? ¿Es una forma de resistencia política?Duchamp los llamaba anartistas, y desde luego tiene que ver con todo esto su obsesión por el ajedrez, su reivindicación de la pereza, sus famosos silencios (sobrevalorados o no), el hecho mismo de que el primer ready made, la rueda de bicicleta atornillada al taburete, naciera para matar simplemente el rato de las tardes tontas en el estudio: esos aburrimientos profundos (y profundamente productivos) que el niño teme más que nadie y que una rueda de bicicleta girando en el vacío puede calmar hipnóticamente haciendo que las horas que podrían dedicarse al trabajo pasen sin sentir, como segundos de juego.

Obsesión por lo óptimo

Puede que esa sea la modalidad más subversiva del arte moderno, y, desde luego, la del arte que nos es más necesario a nosotros, en nuestras sociedades ultratecnificadas, obsesionadas por la «optimización» (palabra tan hortera como la mentalidad que la hace nacer), atacadas por el horror vacui mental, físico y social que no deja sitio al juego o quiere convertirlo en actividad de consumo.

Terrain vague: los franceses llaman así al solar sin uso que según esta expo podría ser el origen del parque de juegos, o su expresión más lograda. Terrenos «vagos» en los márgenes de la polis, donde se exploran otras maneras de socializar, donde la vaguería se eleva al rango de arte (o viceversa), donde se tiene muy presente la frase oracular, casi duchampiana de Pavese. Trabajar cansa ¡y tanto!... y el terreno de juego se ha vuelto más necesario que nunca en estas sociedades nuestras, aquejadas de una fatiga que empieza a parecer mortal.