Las mordaces «Crónicas de viaje» de Julio Camba
«En Londres la gente no se ríe nunca», escribió Camba. En la imagen, Piccadilly Circus a principios del siglo XX
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Las mordaces «Crónicas de viaje» de Julio Camba

Julio Camba hizo del artículo periodístico todo un arte, lo mismo en París que en Londres, Madrid o Nueva York. Sus impresiones como corresponsal han sido reunidas en «Crónicas de viaje». Retratos, observaciones, imágenes cinceladas

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Julio Camba (Villanueva de Arosa, Pontevedra, 1885-Madrid, 1962) cultivó el artículo durante toda su vida y rara vez escribió libros. Dejó el hogar familiar a los trece años y se fue, imbuido del espíritu anarquista, a Buenos Aires, donde vivió algunos años. No realizó estudios, no fue un gran lector, pero logró algo extraordinario: ser Julio Camba.

Josep Pla afirmó que Camba no había sido periodista sino articulista, con lo que quizás apuntaba que, más que atender a los acontecimientos del día, era creador de un artefacto que, en cierto sentido, funciona por sí mismo. Creo que Pla tenía razón; no hemos de olvidar, sin embargo, que el periodismo tiene muchos rostros, y no todos creados en los albores de la prensa.

Camba es un artista de lo breve, del pequeño retratoEn alguna medida, Camba procede como un poeta y escribe como un periodista. Toma elementos distintos y los resuelve en una realidad inventada que reconocemos como nuestra desde ese momento, no antes. Contaba Nueva York, Suiza o Italia de manera que creaba un género que correspondía al articulista mismo: una manera de pensar, de ver.

Toda la ciudad desde un ángulo

De indudable talento, esos retratos y observaciones, desprovistos de florituras y de énfasis (a veces es un Baroja con humor y mejor gramática), se apoyan en una poética del artículo que sin duda tuvo originalidad en la primera década del siglo XX, y que en algunos aspectos influyó en diversos escritores hasta el presente. Por ejemplo: Francisco Umbral fue una suerte de Camba, Ruano y Valle-Inclán. El estilo de Umbral es ajeno a Camba, porque siempre quiso ser lírico, crear imágenes cinceladas; pero es afín en cuanto a la poética que descansa la visión en un pensamiento previo, parcial y al tiempo ocurrente, certero.

Camba procede como un poeta y escribe como un periodistaSea la Suiza del turismo en Mont Blanc y el Lago Leman o el Manhattan de comienzos de los años treinta, tras la debacle económica, lo que Camba nos muestra no es estrictamente puntual. No es un periodista en el sentido formal del término: es un artista de lo breve, del pequeño retrato. Nos enseña un ángulo y vemos, de alguna manera, pasar toda la ciudad y su gente por él.

El volumen «Crónicas de viaje», recopilado por un buen conocedor del periodismo literario, Francisco Fuster, se complementa muy bien con otro también antologado por Fuster y editado en esta misma editorial, Fórcola: «Caricaturas y retratos». Camba fue corresponsal de varios periódicos («La Correspondencia de España», «El Sol», «El Mundo», «ABC»), y lo fue desde París, Berlín, Nápoles, Roma, Lisboa y Londres, fundamentalmente.

A ratos perdidos

¿Sobre qué escribe Camba? En su bella introducción a este libro, Antonio Muñoz Molina dice que «sobre casi todo y sobre casi nada». Pero de tal manera que lo que escribe es un artículo muchas veces redondo, sin amaneramientos, exacto en su ausencia –en muchas ocasiones– de unidad de tema o en su paradójico humor.

El humor, siempre comedido, le sirve a Camba para escribir textos en los que la opinión o el juicio se apoya en su efectividad, sin necesidad de datos ni demostraciones. Camba fue un escritor muy ajeno a la reflexión filosófica, y en otro orden, a toda solemnidad en el estilo y en las pretensiones. Pondré un ejemplo para aviso de pedantes: «En la eternidad, el "Quijote" vale más que ningún libro español contemporáneo; pero [en el día de hoy] hay varios libros españoles que valen tanto como el "Quijote"». Tuvo verdadera alergia a lo grandilocuente; tanto que pensó que «toda civilización se ha hecho a ratos perdidos».

El articulista observa qué comen las gentes, cómo duermen Estas excelentes crónicas (de Constantinopla, Madrid, París, Londres, Milán, Roma, Nápoles, Florencia, Ginebra, Berlín y Nueva York) pueden ser leídas como si de una obra unitaria se tratase, a pesar de que abarcan desde 1908 a 1936 y países muy distintos y lejanos entre sí. La unidad dentro de la obvia variedad la otorga su visión, que es la de un escéptico no exento de compasión. Su compasión no es exactamente caritativa, sino que está informada por el humor. Y su escepticismo no es el de quien da en no creer en nada, sino el de quien cree que aquí y allá, antes y después, todos somos muy parecidos. «Un país es interesante mientras no se le entiende», escribió.

Comprender es caer en la cuenta del fondo igualitario de la condición humana, de ahí la perspectiva crítica y exaltadora de Camba, que se apoya en los apetitos. Desde sus primeras crónicas de viaje, observa qué comen las gentes, cómo duermen, qué hacen con su tiempo y con sus cuerpos, cómo hablan. Es sabido que escribió uno de los libros más hermosos relativos a la cocina y al comer europeos, «La casa de Lúculo». Sólo otro gallego escribió, un poco más tarde, tan bien de cocina: Álvaro Cunqueiro.

Una tabla de Pitágoras en relieve

Como corresponsal desapasionado y viajero comparatista, Camba supo observar que las peculiaridades lo son desde fuera y que están sostenidas por las supersticiones. Nadie vive en Oriente, o en Occidente. Ambos son invenciones, el uno del otro. Esto le lleva a veces a una metafísica de la idiosincrasia de una ciudad: no hay forma de señalarla pero se intuye. Por eso París le olía a marisco, a puerto de mar. Sólo en este sentido se entiende que pensara que en París no hubiera nada extraordinario, aunque le resultara «la ciudad más seductora del mundo».

La visión de Camba es la de un escéptico no exento de compasiónVio tempranamente el carácter madrileño (extensible al español en general): «Todos procuran no tener nada que hacer, y luego, cuando les queda algún tiempo libre, se dedican a matarlo». La visión de aquella España es la de un país de hambrientos con una pésima cocina. De ahí su deslumbramiento por la Francia de Vatel, Brillat-Savarin y Marguery.

La visión «humorística» de los ingleses es penetrante: «Llegará un momento en el que la Humanidad se dividirá en dos únicas clases: a un lado, la Humanidad propiamente dicha, y al otro, los ingleses». Y es admirable su visión de los rascacielos de Nueva York (ciudad que le causó entusiasmo) como calles verticales («es una calle puesta en pie») o esta greguería: Nueva York parece «una tabla de Pitágoras en relieve». O en otro orden: «La literatura comercial americana no es un hecho artificial, sino un hecho tan biológico como la literatura caballeresca de la Edad Media».

Al igual que tantos de su época en España, tuvo una débil visión de la mujer, además de mantenerse soltero toda su vida. Estuvo lejos de ser bajamente moralista y criticó el puritano afeamiento de los placeres de la vida. En sus últimos años residió en el Hotel Palace (como Nabokov hizo en Suiza), que es una forma de seguir siendo corresponsal de París, Londres o Roma. Camba no vivía en ninguna parte, porque hay algo en él de amable testigo de paso. Un testigo irreductible y en cierto modo inasible.