Menéndez Salmón: «Si llegara una crítica demoledora, intentaría metabolizarla»
Los libros de Menéndez Salmón, como «La ofensa» o «Derrumbe», se mueven entre el ensayo y la novela
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Menéndez Salmón: «Si llegara una crítica demoledora, intentaría metabolizarla»

Ricardo Menéndez Salmón ha conseguido lo imposible: poner de acuerdo a la crítica, que le considera el mejor escritor de su generación. Diez novelas le han bastado. En la última, «Niños en el tiempo», supera el reto de inventar la infancia de Jesús

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Asegura Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) que trabaja en «estado de crisis, de cierta ceguera», mientras busca «la grieta en el muro por la que seguir adelante». Y confiesa que su obra todavía está en proceso, «formándose, decantándose, aquilatándose». Palabras que uno esperaría oír en boca de un recién llegado a la literatura, pero no en alguien como él, que con cada libro –«La ofensa», «Derrumbe», «El corrector», «Medusa»– ha ido ganándose el respeto de los lectores y de la crítica. Los elogios son unánimes: «Uno de los nombres decisivos de la nueva narrativa española», «el mejor exponente de su generación», «un autor con voluntad de clásico», «una de las apuestas más personales de nuestra prosa actual». Menéndez Salmón presenta ahora su décimo título, «Niños en el tiempo», donde novela la infancia de Jesús. Como siempre que termina una de sus historias, es hora de hacer balance. O, como él mismo dice, hora de hacer «examen de conciencia literaria».

Diez libros a sus espaldas. ¿Se considera un escritor consagrado?

No. Esa palabra me impone mucho respeto y me produce cierto repelús. Obviamente, me tengo por un escritor al que se le espera: se espera su obra para ser discutida, para ser leída, pero de ahí a ser un escritor consagrado... Confieso que no sé muy bien qué significa esa palabra. Y que intento mantener la mayor distancia posible con mi obra, como en su momento también intenté alejarme lo más posible de términos como «escritor revelación». Son cosas que pueden tener un interés académico o publicitario, pero a un autor sólo le debe importar quién lo lee.

Ha dicho que se escribe por insatisfacción, por enfermedad, por desamparo. ¿Por cuál de estas razones escribe usted?

«Del horror, de lo grotesco, puede brotar una enorme belleza estilística»Por la primera. La insatisfacción, en mi caso, es un motor no sólo literario, sino vital, porque estoy continuamente en movimiento, en tránsito, en transformación, soy una persona insatisfecha. La insatisfacción que me produce el mundo se la dedico a la escritura. Si mi vida personal fuera satisfactoria, permanecería en un estado de placidez y no me dedicaría a la literatura. Si fuera satisfactorio todo aquello que me rodea, estoy convencido de que mis obras no tendrían nada que aportar a este mundo.

Usted es escritor gracias, en gran medida, a «Viaje al fin de la noche», de Céline. ¿Qué supuso ese libro?

Lo leí durante el paso de la adolescencia a la primera madurez. Yo había leído a clásicos como Stevenson, había descubierto la obra de Poe, me había acercado a lecturas más contemporáneas, como «El guardián entre el centeno», y «Viaje al fin de la noche» me abrió muchos horizontes. Me perturbó profundísimamente. Fue mi primer contacto con algo que me apasiona: cómo del horror, de la brutalidad, de lo grotesco, de una especie de pesimismo radical, puede brotar sin embargo una enorme belleza estilística, una enorme belleza en el uso de la lengua. Aquel libro, además, me dio claves para profundizar en muchas direcciones, para descubrir muchos caladeros, muchas formas de acercarme a la literatura. «Viaje al fin de la noche» me descubrió todo eso que podemos recoger bajo la etiqueta de existencialismo. A través de Céline descubrí la obra de Onetti. El «Viaje» fue uno de esos acontecimientos en la biografía de un lector que marcan un antes y un después. También creo que es un libro que, en cierta medida, me hizo perder la inocencia como lector. Un libro que borra cualquier posibilidad de inocencia.

Se mueve como pez en el agua entre la literatura y el arte, algo poco común.

Es poco común en nuestra tradición: España es un país de autores un tanto refractarios al arte, no sé si por falta de interés. Pero desde Balzac hasta Michon, el diálogo entre arte y literatura es constante en una literatura como la francesa, por ejemplo. En mi caso ha sido una condición desde el principio: pocas manifestaciones pueden ser tan seductoras para un escritor como la pintura. Hablo de la pintura porque es el arte que más me interesa. Al fin y al cabo, en toda pintura se esconde una narración, toda pintura demanda ser contada. En este sentido, para mí ha sido un acercamiento tremendamente natural, espontáneo, muy intuitivo.

¿Qué arte le atrae?

«Mis libros son centauros: tienen cabeza de novela, pero cuerpo de no ficción»El prerrenacentista. Ese momento en el que todavía hay una cierta inocencia en la mirada, una ingenuidad. Me interesan mucho más Giotto y Cimabue que Miguel Ángel. También el siglo XX en pintura, con toda la explosión de las vanguardias, con todos los movimientos que hubo a partir de 1910, y luego con la irrupción del arte no figurativo. Esos dos son los grandes momentos de la pintura en los que yo encuentro un lugar de reflexión. Hay otros pintores puntuales que me fascinan, como Turner o Goya, por razones muy personales.

El mal es el tema que más se repite en sus libros. ¿El arte nos ayuda a entenderlo?

El arte es la disciplina desde la que se ha reflexionado con mayor intensidad sobre el mal. Pensemos en todos aquellos escritores que vivieron en carne propia la experiencia del Holocausto. Primo Levi, por ejemplo, o Jean Améry. Y no solo escritores. Ahí están Zoran Music, un pintor esloveno que vivió en Dachau, o George Grosz y Otto Dix. Incluso la figura de Goya es capital para mostrar horrores muy singulares y la idiosincrasia de una mentalidad como la nuestra. El contacto con las pinturas negras de Goya es una especie de punto de no retorno en la educación sentimental del espectador... Ninguna manifestación estética, sin embargo, puede conjurar o redimir el mal. Dicho esto, el arte, en buena medida, tiene una función consoladora, al menos para mí. Yo creo que el arte regala consuelo.

¿Cómo calificaría sus libros?

Mis libros son centauros: se mueven en un territorio intermedio entre la ficción y la no ficción. Tienen cabeza, a lo mejor, de novela, y cuerpo de no ficción; o al revés. Me gusta mucho la literatura híbrida, que es hija de la ficción, que juega con la esencia del autor, que a veces es un poco falsaria, que se permite dialogar con la tradición y abarca géneros distintos.

El narrador de «Niños en el tiempo» asegura que «nunca había escrito un libro tan difícil». ¿Y usted?

«La infancia es para Camus el paraíso del que la vida nunca nos expulsa»Acercarme a Jesús me producía sentimientos encontrados. Sobre todo, pudor. Sentía pudor al aproximarme a una figura tan simbólica, tan consagrada por nuestra tradición. Ha sido difícil intentar mantener una cierta libertad imaginativa a la hora de narrar su infancia. No sé si en algún momento del proceso de escritura me he censurado a mí mismo; creo que no. Al final, los poderes de la literatura han pesado más que cualquier prevención ante un personaje de esa entidad.

Nos presenta a Jesús como un niño cualquiera, sin arcángeles, ni epifanías, ni símbolos. ¿Un niño no divino?

Mi objetivo era profundizar en un posible o plausible aspecto humano del niño que fue, ajeno a su destino divino. Soy un lector muy entregado a las Escrituras, tanto al «Antiguo Testamento» como al Nuevo, pero no me acerco a ellos como un hombre de fe. Las Escrituras tienen una enorme potencialidad. En el caso del «Antiguo Testamento», estamos ante una serie de libros estilísticamente poderosísimos. Hay textos que están entre lo mejor que la literatura nos ha regalado: el «Libro de Job», el «Cantar de los cantares»… Mientras que el «Nuevo Testamento» me atrae como una especie de novela sobre un personaje; una novela, además, contada desde distintos puntos de vista, en función de quién sea el evangelista al que leamos. Jesús, no lo olvidemos, es uno de los primeros personajes de la Historia de la Literatura. Su vida, su obra, su vocación, su mensaje, todo llega a nosotros como relato de quienes supuestamente formaron parte de su núcleo cercano.

¿Qué tenían esos años invisibles de Jesús para que quisiera novelarlos?

Me llamaba la atención que a este personaje tan fascinante le faltara la parte que yo entiendo que es central: la infancia. Lo mismo sucede con otros personajes históricos, como Sócrates. Había ahí un agujero, un nicho para explorar que, desde el punto de vista literario, era muy atractivo. Esa ha sido mi intención. El hombre histórico y la figura religiosa no me interesaban, sí en cambio el personaje literario con una tradición a la cual le faltaba la parte más decisiva de la vida. Era un reto maravilloso.

¿Por qué hacer que Jesús tuviera un hermano gemelo?

Me parecía interesante caracterizar también a la madre de Jesús, a María; insinuar muy levemente el dolor de una pérdida que siempre está ahí.

No le da a Jesús, sin embargo, ni esposa ni hijos. ¿Hubiera sido demasiado inventar?

«¿No estaremos llamando literatura a cosas que no lo son?»Quería detenerme en la infancia, no quería ir más allá. A Jesús se han acercado otros escritores; yo quería fijarme única y exclusivamente en el niño, y además en un niño muy pequeño, un niño que llegara hasta la mano entera. Con «la mano entera» me refiero a los cinco años; a esa edad los niños, con orgullo, te enseñan la mano, los cinco dedos.

¿La infancia dura poco, pero dura siempre?

La infancia, para mí, ha sido un lugar decisivo. Creo que la mayoría de mis anhelos y casi todos mis temores se han forjado allí. Es un lugar tremendamente fecundo para explicar todo aquello que somos, todo aquello que tememos, todo aquello que nos constituirá en el futuro. Acabamos de celebrar el centenario de un gran escritor, Albert Camus, y ningún otro autor ha atendido con tanta fuerza a lo que la infancia significa: ese territorio que él menciona como inviolable, ese paraíso del cual la vida nunca nos expulsa. Independientemente del tipo de infancia que uno haya tenido, esos años son más determinantes de lo que pensamos. O quizá esta lectura también me llega por el hecho de ser padre: el contacto con mis hijos, de seis y cuatro años, me restituye a través de su cotidianidad mi propia infancia, que ya solo puedo reconstruir como relato.

De «Niños en el tiempo» ha dicho que es su obra más feliz. ¿Cómo puede ser feliz una historia sobre el dolor y la pérdida?

Por el recorrido que hace. Efectivamente, si la novela se hubiera detenido en la primera parte –una reflexión o una ficción sobre la muerte de un hijo y el luto de unos padres–, esta declaración habría sido imposible. Pero lo que empieza siendo un texto sobre el dolor termina convertido en un texto sobre la reconciliación, sobre la posibilidad de vivir de nuevo.

¿Hay algo peor que la muerte de un niño?

Sospecho que no. Sospecho que es muy difícil imaginar un drama más terrible. La muerte de un hijo atenta contra los principios biológicos de la propia vida. Es algo realmente difícil de tolerar, una injusticia casi cósmica.

Los elogios hacia su obra son unánimes. ¿Está preparado para cuando lleguen las críticas negativas?

«El futuro de la prensa pasa por la excelencia»Algún tirón de orejas ha habido... No soy de esos autores que dicen «no me importa lo que digan de mí». Leo religiosamente, siempre que es posible, cada reseña que se hace de mis libros, porque creo que es fundamental para saber lo que opinan de ti personas autorizadas. Desde el momento en que un libro sale de tu mano, entra en competencia con los otros, y es necesario, para la salud del escritor y para fortalecer su trabajo, estar atento a lo que sucede ahí fuera. Ahora bien, del mismo modo que tomo una cierta distancia ante la crítica entusiasta, si un día llegara una crítica demoledora, intentaría metabolizarla. El único tipo de crítica que me ofendería sería una crítica, por decirlo de alguna manera, ad hóminem. Son inaceptables aquellas críticas que saltan, en determinadas ocasiones, del libro al autor. El crítico debe dedicarse única y exclusivamente a lo que el libro dice, intentando abstraer, en la medida de lo posible, cualquier tipo de consideración sobre el autor. Y este debe mantenerse siempre en un segundísimo plano, muy, muy secundario: lo que importa, y lo que tenemos que discutir, es la obra, no la personalidad de quien está detrás.

Se le encasilló en la «generación Nocilla», con la que tiene poco o nada que ver.

Fue, supongo, por cuestiones de edad, y también porque coincidió que sus miembros y yo empezamos a publicar en editoriales de primera línea en torno a 2006-2007. Lo de la «generación Nocilla» es una fórmula que tuvo éxito y ha quedado ahí, pero que el tiempo ha disuelto: luego cada autor ha ido dibujando una trayectoria y cada uno ha ido buscando su lugar bajo el sol. Aunque cada uno, y esto es interesante, se ha mantenido muy fiel a los principios que mostró en aquellas primeras obras. Hoy sigo con interés a Agustín Fernández Mallo, a Manuel Vilas, a Vicente Luis Mora. De Fernández Mallo hay cosas que me interesan más y cosas que me interesan menos, pero me parece un autor respetable, aunque esté en las antípodas de mi literatura. Incluso he discutido con él en público, porque ha mantenido siempre una especie de separación radical entre ética y estética –un presupuesto fuerte de la posmodernidad–, y yo me he mantenido siempre en la postura contraria: una defensa férrea de la vinculación entre ética y estética.

Acusa a la literatura actual de intrascendente. ¿Se publica demasiado, y casi todo malo?

Se publica demasiado, sí. Sobre todo en un país como España, donde la inflación de títulos es –casi me atrevería a decir– obscena. Si pensamos que somos un país que publica muchísima más literatura que Francia, donde hay muchos más habitantes y muchos más lectores, algo va mal, algo falla: es imposible que todos esos libros encuentren un hueco. La mayoría de los autores están condenados a la invisibilidad. En cuanto a la intrascendencia, creo que hay mucha literatura banal, mucha literatura que cuenta poco o nada. Lo que nos lleva a la consideración de qué es la literatura. ¿No estaremos llamando literatura a cosas que a lo mejor no lo son o no merecerían ese nombre? Hay una literatura que, para mí, es un don; y, junto a ella, libros intrascendentes que son otra cosa: mercancía, aire. Quizá deberíamos buscarles otro nombre.

Dígame qué autores «son» literatura.

«El periódico, para afianzarse, debe ir más allá de la información»Ahora mismo, el escritor español al que leo con mayor fruición y con mayor placer –y con auténtica envidia– es Rafael Chirbes, un maestro, el mayor novelista que tenemos en activo, y no lo digo por sus últimos libros, «Crematorio» y «En la orilla», que le han dado una enorme visibilidad; lo digo por el conjunto de su obra. Es un autor imprescindible. También me interesa parte de la producción de Javier Marías; creo que hay títulos suyos deslumbrantes: «Mañana en la batalla piensa en mí», «Corazón tan blanco»... Me interesan mucho Fernando Aramburu y Adolfo García Ortega, y la propuesta que Enrique Vila-Matas viene lanzando. Él ha hollado caminos que nadie había recorrido antes. Es un autor fundamental. Y entre los escritores más cercanos a mí por edad, señalaría a Isaac Rosa y Marta Sanz, dos narradores muy potentes.

Colabora habitualmente en prensa. ¿Qué futuro nos espera?

Desde mi punto de vista, el futuro de la prensa –sobre todo de la prensa escrita– pasa por la excelencia: ir hacia un periódico donde lo importante no sean las noticias, que hoy están al alcance de todo el mundo, sino su interpretación; es decir, la mirada de un núcleo de firmas, de personas que interpreten lo que sucede. El periódico, para afianzarse, debe ofrecer un plus que vaya más allá de la información. A lo mejor el periódico que se podrá leer dentro de diez o quince años no será un periódico diario: saldrá cada tres o cuatro días o incluso una vez a la semana.

¿No tiene la sensación de haber empezado dos veces: la primera, en 1999, con la editorial KRK y después con Trea; la segunda, en 2007, con Seix Barral?

Sí, aunque entre una etapa y otra no se produjo una ruptura en mis intereses como escritor, en mis obsesiones. Pasar de editoriales humildes, con poca visibilidad, como las asturianas, a Seix Barral, salto que coincidió con la publicación de «La ofensa», supuso más bien un auténtico renacimiento, porque, no nos engañemos, mi obra previa, hasta cierto punto, permanecía inédita: los libros que publiqué en Asturias tuvieron una circulación prácticamente privada y una visibilidad poco menos que nula. Con Seix Barral he tenido la oportunidad, a partir de 2007, de que mi voz se democratice, llegue a un público mucho más amplio y sea entendida y leída por especialistas. No es un segundo nacimiento literario, sino simplemente un segundo nacimiento en la exposición, en la visibilidad, en la capacidad de penetración en el público.