Lech Walesa, líder del movimiento Solidaridad, celebra su triunfo en las elecciones de 1989 en Polonia. Es una de las voces convocadas en «En busca del significado perdido», de Michnik
Lech Walesa, líder del movimiento Solidaridad, celebra su triunfo en las elecciones de 1989 en Polonia. Es una de las voces convocadas en «En busca del significado perdido», de Michnik
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Política, literatura y periodismo: Adam Michnik y la demoracia en Polonia

El arduo y heroico camino de Polonia hacia la democracia cabe en las páginas de «En busca del significado perdido». Su autor, Adam Michnik, analiza la Historia reciente de su país

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En su libro póstumo, «El refugio de la memoria» (2011), el historiador británico Tony Judt se reprochaba el pecado de juventud de haber sabido tan poco, o de forma tan aproximada y exigua, acerca de los países de la antaño denominada Europa del Este y hoy, más genéricamente, Europa Central. Se preguntaba por qué, en vez de estar pendiente «de las falsas ilusiones del Mayo del 68 en París», no se fue a Praga, o a la misma Varsovia, «donde los jóvenes de mi edad corrían peligros de expulsión, exilio y cárcel por sus ideas e ideales». Allí se comenzaba a derrocar «no solo un par de deteriorados regímenes comunistas, sino la idea misma del comunismo».

Precisamente uno de aquellos jóvenes que dieron repetidamente con sus huesos en la cárcel «por –según Judt– haberse atrevido a pedir las cosas que nosotros dábamos por descontado» fue Adam Michnik (Varsovia, 1946), uno de los más prominentes intelectuales europeos de la segunda mitad del siglo XX.

Toda una colectividad se equivoca y se corrige en el libro de Michnik

Disidente y líder legendario del movimiento Solidaridad, historiador, autor de un gran número de ensayos, Premio Erasmo de Rotterdam y Robert F. Kennedy de los Derechos Humanos, Michnik fundó en 1989, junto a otros, el periódico polaco más importante y el de mayor influencia en toda la Europa Central, «Gazeta Wyborcza». Ahora, a través de una brillante y lucidísima colección de ensayos titulada «En busca del significado perdido», el alumno del gran filósofo Leszek Kolakowski y amigo del Premio Nobel Czeslaw Milosz ayuda al lector español a adentrarse en el largo y arduo camino hacia la democracia en su país.

Pies de plomo y autocontención

Fue allí, en Polonia, donde se derrumbó el comunismo. Se hizo pacíficamente, con una mezcla de astucia, tenacidad y firmeza en las protestas, durante un modélico y muy responsable «compromiso histórico». Luego no todo sería un camino de rosas.

Llama la atención la cantidad de voces que convoca el autor

Años después, en lo que tendría que haber sido la tranquila y gozosa consolidación de la democracia, brotó una insólita mezcla de mezquindades y persecución implacable de paranoicas «memorias históricas» supuestamente mal enterradas tras la dictadura. También irrumpió de forma inquietante –como en otras partes de Europa– un populismo euronegacionista y vengativo, con una suicida atracción por hundir el país. En contrapartida, Michnik da noticias sin cesar en su libro de los hechos más positivos: «Polonia es una de las pocas naciones de nuestra región que ha aprobado la reválida de la democracia».

Rechazando las malas experiencias sufridas por los húngaros en 1956 o por los checos en 1968, los polacos escogieron una vía no violenta de cambio de un régimen autoritario hacia otro de corte parlamentario. Un proceso ejemplar, realizado con pies de plomo y con enorme autocontención ante los excesos habituales en este tipo de revoluciones, normalmente aplastadas de forma sangrienta con la entrada de las tropas soviéticas.

El Byron polaco

Lo primero que llama la atención de esta apasionante y agudísima narración poliédrica es la cantidad de voces y personajes, de testigos y actores que son convocados por el autor. No se trata solo de la minuciosa y exhaustiva percepción de cada estampa de la Historia polaca, tanto del siglo XX como del heroico trayecto hasta lograr la emancipación respecto de las potencias que borraron a Polonia del mapa una y otra vez a lo largo de los siglos. Es la voluntad continua, por parte de Michnik, de contemplar e intentar comprender desde todas las perspectivas, de presente a pasado y viceversa, cada una de las lecciones mejor o peor sedimentadas en el ADN de la identidad polaca, frecuente fuente de controversias buscadas con ahínco por los espíritus más radicales e intolerantes.

Michnik va dejando el rastro de lo mejor y los mejores de una sociedad

Toda una colectividad se expresa, se equivoca y se corrige en el libro de Michnik: desde el poeta romántico Mickiewicz –el Byron polaco, inspiración de uno de los mejores capítulos del libro– o el propio Milosz, hasta políticos como Walesa, Havel, Gomulka, el ajusticiado presidente húngaro Imre Nagy y el no menos vilmente asesinado presidente polaco Narutowicz, de la época de entreguerras; desde el mariscal Pilsudski, el Papa Wojtyla, teóricos del totalitarismo como Hannah Arendt y grandes escritores universales como Chateaubriand o Stendhal, a un gran número de críticos literarios, periodistas, obispos, sacerdotes e historiadores de todas las épocas.

Una y otra vez, Michnik va dejando aquí y allá el rastro de lo mejor y los mejores de una sociedad, sobre todo en momentos de crisis de una ferocidad en ocasiones inconcebible. Callejones aparentemente sin salida de la Historia, ya se trate de la oposición a la dictadura o del difícil camino del exilio. E incluso, desde los pulpitos católicos, de quienes alzaron la voz contra un sangrante y desgraciadamente perdurable antisemitismo. Un antisemitismo que ya no tenía la excusa de los nazis y Auschwitz, como se refleja en el estremecedor capítulo dedicado al célebre pogromo de Kielce. En él, una vez acabada la guerra mundial, se asesinó salvajemente a los judíos que habían regresado de los campos. «Nuestro deber moral –se dice en el libro– es hacia la gente que tuvo el valor de decir no.»