Maíllo: «La serie "The Wire" es la pieza de arte capital del siglo XXI»
Maíllo ante parte del montaje de «Detroit», en Ponce + Robles - victor lerena
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Maíllo: «La serie "The Wire" es la pieza de arte capital del siglo XXI»

Sobre la idea de tránsito se construye "Detroit", la exposición de Maíllo en Ponce+Robles. El artista transita por la ciudad abandonada, por el territorio ficticio de "The Wire" y por Getafe

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Cuando era niño, le preguntó a su madre que quién había pintado las montañas de la Sierra de Gredos. Ahora Maíllo (Madrid, 1985) sigue teniendo interés por el paisaje y lo pinta él mismo, como respondiendo a su pregunta infantil. Su exposición en Ponce+Robles lleva título de un lugar: «Detroit». ¿Por qué? Paseando entre los cuadros, Maíllo comienza a hablar de las noticias sobre esta ciudad del estado de Michigan (EE.UU.), llena de fantasmas, vacía y extraña, deshabitada. Plantea la muestra como un tránsito que se inicia precisamente allí. «¿Has visto "The Walking Dead"? Debe de ser algo parecido».

Y desde el paisaje exterior viaja artísticamente al paisaje interior...

Yo tenía la idea de hacer un paisaje. Creo que siempre he sido pintor de paisajes. Con dieciséis años pintaba paisajes realistas, figurativos. Ahora ya no se trata de la representación de un paisaje físico, sino del transitar por un paisaje poético. Hablo de cómo rehabitar y relacionarse con un espacio heredado. A mí me pesa la Constitución, me pesan nuestros políticos… Son cosas que yo no he decidido y en las que no he participado, pero tengo que relacionarme con ellas, por las buenas o por las malas.

«Ante el nihilismo, ante el vacío, solo queda transitar»Detroit representa la idea de una ciudad postindustrial. Conecto ese entorno con un paisaje como el de Getafe (que es donde vivo) y también con el de Baltimore, ya que todas las fotografías que expongo son capturas de la serie de televisión «The Wire». Me tiene obsesionado. Para mí es la pieza de arte capital del siglo XXI. David Simon, su creador, es un genio. Creo que es el único genio contemporáneo que hay. La serie hace una radiografía de la sociedad postindustrial. Al lado de su visión tan amplia, la mía es muy pequeña, muy parcelada: parto del mundo del arte y no quiero sentar cátedra.

¿Traslada también la visión de un mundo en crisis?

Sí, pero me interesa la raíz griega de crisis. En su etimología encontramos que también significa «reformularse» o «reinventarse». Significa «lo nuevo por venir». Eso me atrae. Está, por un lado, la faceta negativa: el paro, la decadencia… Pero, por otro, soy un chaval de 27 años que expone, que va a ARCO, que vive de esto, que se divierte. Hay un goce de la pintura, del color. Para mí todo eso es muy íntimo, pero muy positivo, igual que es positivo que en Detroit, donde los pisos están vacíos, se pueda comprar casas por un dólar. Eso va a ser un imán para artistas. Renacerá como otra cosa. A eso lo llaman «barro antropológico». Hay una serie de la HBO que se llama «Deadwood», que muestra cómo de la nada surgen las sociedades. De la nada, de la tierra fresca, de Detroit, donde está todo por hacer. ¿Cómo se genera todo de cero? Eso a mí me inquieta. Porque esa sensación de incógnita y de enfrentamiento con la realidad es la que yo tengo siempre al crear los cuadros.

¿Puede explicarme más acerca de esa sensación? ¿Cómo funciona su imaginación?

«Lo que pasó en el estudio está congelado en la exposición»Siempre es una incertidumbre, un salto al vacío. Me parece muy acertada una explicación que da Luis Gordillo: ¿recuerdas los dibujos animados, cuando el Correcaminos cae por un precipicio y el Coyote, que le persigue, se queda unos segundos suspendido en el aire, como correteando antes de caer? Así se encuentra el pintor; se nos ha acabado el camino y nos sentimos en tránsito, en desplazamiento. Es como si le preguntáramos a él [señala una de las fotografías de la exposición, donde un hombre de espaldas se aleja tambaleándose] cómo se siente en ese momento de borrachera. Quizás le hayan echado del trabajo, su mujer le haya dejado… Va caminando, ¿qué siente? Es un cuerpo en tránsito, una línea, un camino. Y ese tránsito es la única certeza que hay.

El hombre que recrea está desorientado.

Sí, es un hombre en tránsito que se encuentra con un vacío. Es el vacío originado por la muerte de Dios. Antes pensábamos que existía Dios y con Nietzsche todo se cae, y después con la revolución industrial el hombre se queda solo. Ante el nihilismo, ante el vacío, sólo queda transitar. ¿De qué vivimos ahora? Sólo de impulsos temporales. No hay un debate sobre las grandes ideas, sobre el porvenir de la humanidad. Todo eso ha muerto. Hoy se vive del presente del comprar y del consumo.

¿Critica ese consumismo?

No, me da igual. No lo critico, lo constato, lo dibujo. No soy sociólogo, ni filósofo, ni político. Soy crítico porque lo muestro, pero no quiero sentar cátedra ni dogmatizar. No me atrevería ni a decir que consumir es malo. Cada uno que haga lo que le dé la gana. Yo solo quiero mostrar que hay un campo para la libertad, y que este campo tiene que ver mucho con la educación. Sin educación estás abocado a consumir y morirte.

¿Pero qué quiere decir con su exposición?

Quiero expresar una pulsión, una obsesión.

Pasa de ser un artista urbano a exponer en galerías, en ARCO, ¿cómo vive ese proceso?

No hay tal proceso. Para mí ha sucedido todo a la vez, he hecho exposiciones a la vez que he pintado en la calle. Ha sido algo simultáneo.

¿Qué le interesa del paisaje?

«Sin educación estamos abocados a consumir y a morir»El paisaje me sublima, me impresiona, no es un interés que pueda verbalizar. En la galería he construido una especie de recorrido por la ciudad. Está el recorrido que hago entre Getafe y Madrid (en el vídeo), está el recorrido ficticio que hago por la serie de «The Wire» y el recorrido por la ciudad inventada de Detroit. Todos esos paseos están muy presentes en los cuadros. Los cuadros los pinté en el suelo, en horizontal, están pisados. He caminado por ellos mientras tomaba notas, mientras veía un capítulo de «The Wire», comía o hacía una llamada. Quería mostrar la idea de tránsito, de camino. Quiero mostrar el paisaje que tenemos y cómo reciclarnos, cómo ser más ecológicos. Utilizo bastidores baratos, fotos que no valen nada, pinturas recicladas.

Al hacer esta exposición había desasosiego por cómo conectarlo todo, pero también, a la vez, me sentía relajado, como si hubiera puesto el coche en automático. No me he preocupado de borrar las pisadas, las manchas. No es un cuadro que sea decorativo. De lejos son muy decorativos, pero de cerca están llenos de manchas, interrupciones, borrones…

Y ha mantenido esos «errores» en los cuadros.

Podía haberlo borrado, haber barnizado. Los cuadros tienen suciedad y polvo, pisadas, la marca de mi mano porque me caí y me apoyé. Y en lugar de eliminarlo, he decidido dejarlo. Quería ser muy fiel a la idea de tránsito que quería transmitir. Realmente he trasladado a la galería lo que sucedió en el estudio. Como si me hubiera grabado y la exposición diera cuenta de esa grabación. Sin trampas. He jugado con la idea de azar. Todo lo que pasaba en el estudio está congelado en la exposición.