Según Rafael Moneo (en la imagen), entiende la arquitectura como un «conocimiento específico»
Según Rafael Moneo (en la imagen), entiende la arquitectura como un «conocimiento específico» - óscar del pozo
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Rafael Moneo: «El mundo nunca estará del todo resuelto. No hay que angustiarse por ello»

Rafael Moneo es uno de nuestros arquitectos más internacionales que acaba de inaugurar exposición en Galicia. Un autor al que en ocasiones le ha rodeado la polémica, a la que se enfrenta sin tapujos en esta entrevista. Hace autocrítica

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«Estoy terminando un laboratorio de neurociencia en Princeton. En Pamplona, construyo un edificio para la Fundación Huarte donde se albergará la colección del fotógrafo Ortiz-Echagüe. Finalizo una torre en Barcelona para la firma Puig y estoy a punto de comenzar un hotel de tamaño medio y una intervención urbanística en el centro de Málaga. Me ocupo de unas bodegas para un destacado enólogo español... Trabajo hay». Rafael Moneo, el arquitecto español más internacional, solo desgrana aquí lo que le ocupa en el estudio. Pero su agenda también contempla otras cuestiones que le tienen entretenido: los homenajes, la recogida de premios, la docencia... Y la inauguración ahora, en la Fundación Barrié de la Maza en La Coruña, de su primera retrospectiva. Una cita que le sumerge en su archivo para repasar una historia que ha escrito algunos de los mejores capítulos de la disciplina en España y fuera de nuestras fronteras.

La de la Fundación Barrié se presenta como la primera gran retrospectiva sobre la obra de Rafael Moneo. ¿Por qué ahora?

No había ninguna razón imperiosa, pero posiblemente sea la falta de una visión de conjunto de mi obra la que ha hecho que alguien en la Fundación se planteara la cita, nos la sugiriese y nos diera pie a nosotros a sumergirnos en nuestro archivo. Una muestra de arquitectura siempre es difícil porque la disciplina vive más en la experiencia directa de la obra. Incluso la idea de un museo de arquitectura sobra. Lo mismo ocurre con las exposiciones, porque no suplantan la experiencia directa del edificio. ¿Con qué las montas? A la pasada Bienal de Arquitectura de Venecia, llevé una selección de dibujos. A algunos amigos les parecieron interesantes. Por eso presentamos lo que ha sido mi trabajo desde este tipo de material documental, que tiene interés en sí mismo y que ha sido un puntal en mi carrera. La entrada de nuevos medios de representación da valor histórico a este tipo de obras como forma que documenta cómo ha sido la práctica profesional de un arquitecto en la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI.

El comisario señala que la muestra «no celebra la mano del arquitecto, sino su pensamiento». ¿Cómo ha sido su relación con el dibujo?

«Hoy es difícil señalar qué arquitecturas expresan los afanes de la sociedad»

Cuando en el Renacimiento se consolida un modo para definir el cuerpo del edificio mediante los criterios tradicionales de representación se pone en manos del arquitecto también una lente desde la que pensar e imaginar el edificio. Mis dibujos no son ajenos a la manera como han dibujado los artistas desde entonces. Seguro que hay algún elemento personal, pero no sabría decir cuál. He hecho muchos dibujos a mano alzada, muchos en la tradición de lo que son los croquis, los apuntes o los «sketches». Más tarde, mi dibujo se compromete con un cierto modo de pensar la arquitectura, una cierta ideología. Me han interesado los que capturan en unas formas los fundamentos constructivos. Otros exploran el modo en el que los edificios se instalan en la ciudad: son esas plantas de situación a las que me ha gustado dar mucha prioridad. La irrupción del ordenador puede entenderse como una fractura en mi carrera. Sin embargo, a mí me gusta observarlo como un nuevo instrumento que es capaz de servir para las intenciones de los viejos dibujos de arquitectura.

Se dice que es difícil definir un estilo reconocible en su obra. Es algo que cuesta creer, porque todos tenemos nuestras obsesiones. ¿Cuáles son las suyas?

Cada día me interesa más ver el edificio no como objeto aislado, sino como algo embebido en una realidad más amplia, que es la de la ciudad o el paisaje humanizado, porque ya es difícil hablar de paisaje natural. Por eso la exposición lleva por título «Reflexión». Creo que mi trabajo, por haber estado ligado a la enseñanza, siempre ha sido una práctica reflexiva y obligada por el deseo de dar razones: no solo perseguí incrustar la arquitectura en la ciudad, sino además situarla temporalmente en la Historia, lo que significa ligarla a la cultura.

La ciudad suele ser agresiva. ¿Es usted un arquitecto que la ha tratado con amabilidad?

«No siento que se me haya maltratado en mi país»

Uno vuelve a la ciudad con cierta sensación de encontrar en ella el medio más natural para los humanos. Y aunque sería redundar en un tópico, yo la percibo como lugar de encuentro. Hay momentos en los que puede ser áspera, pero lo normal es que prevalezca la condición de ofrecer a las gentes lo mejor que la vida en común puede dar. Desde la arquitectura no nos queda otra que preservarla. De ahí que el respeto a lo que me precede es capital. Y quien valora la ciudad y todo el esfuerzo que atesora es capaz de percibir que nuestras vidas continúan las de otros que nos precedieron, incluso ocupando sus espacios sin reparo.

Su trayectoria se ha dividido en cinco apartados. El último se titula «La oficina en el cambio de siglo». ¿Cuáles son los retos de la arquitectura hoy?

La arquitectura ha cambiado muchísimo. Y responder a esto es casi un curso académico y topar con la sensación de que no daríamos las respuestas adecuadas. Por un lado, los nuevos medios de representación son trascendentales e impactan no sólo en la arquitectura, sino también en la industria de la construcción. La gran paradoja hoy es la facilidad para ofrecer imágenes de lo que los edificios pueden ser y, por otro lado, una industria que se muestra incapaz de materializar ese nuevo mundo de formas. Se produce una disociación entre el pensamiento y su materialización, lo que da lugar a muchos desajustes.

Por citar uno: la sociedad está muy obsesionada con la sostenibilidad. Y esta no se asocia con el uso local de los materiales, es decir, que la piedra no tenga que viajar desde China hasta aquí. Si uno piensa que lo más sostenible es lo que afecta menos al medio próximo, sería muy difícil aceptar la globalización. Y es cierto que la globalización implica muchas contradicciones y que debemos aprender a vivir en ellas. No hay que angustiarse. El mundo no estará resuelto nunca de una vez por todas. Pasaremos el testigo a las generaciones siguientes viendo aparecer otros problemas y sin estar seguros de que se han resuelto los nuestros.

Le propongo otra contradicción: ¿Construcción o rehabilitación?

«Las utopías casi dicen cómo no hay que hacer las cosas»

Ser respetuosos con la ciudad, con el medio físico, con el mundo costruido que hemos heredado tiene sentido, sobre todo porque ahora nos tenemos que pensar dos veces si desechamos algo. Es cierto que la ciudad tendrá que asumir su reversibilidad, y deberemos tener el coraje de prescindir de algunos momentos que no juzgamos tan acertados. Pero hay que hacer las cosas con la sensación de llevarlas a cabo porque uno se siente convencido y cómodo con ellas. Los tiempos que vienen, tal vez forzados por la situación económica, nos obligan a considerar determinadas cosas. Pero la rehabilitación y la construcción no son caras de una misma moneda. No hay que pensar tanto en blanco o negro, en que una cosa excluya a la otra.

Como la teoría y la práctica, que en su caso, siempre han ido de la mano. ¿Cuál es el camino correcto: generar teoría y aplicarla o construir y sacar conclusiones?

No sé si debo responder a esta pregunta precisando antes si tiene sentido hablar de teoría en arquitectura. Hace 20 o 30 años uno podía hablar de afanes teóricos. Hoy nadie se atrevería a establecer un conocimiento de la arquitectura como lo hacían los tratadistas del Renacimiento. En los años treinta era fácil ver qué era la modernidad y entender hasta qué punto algunas expresiones podían considerarse como genuinas de su tiempo. Hoy es difícil señalar qué arquitecturas expresan los afanes o los conflictos de nuestra sociedad.

Lo que es cierto es que siempre ha sido crítico con esa arquitectura que se escapaba de la práctica. ¿No cabe la utopía en la disciplina?

Es que las utopías, en realidad, casi dicen cómo no hay que hacer las cosas. No hay ninguna utopía construida. El pensamiento más avanzado y lo que más se parece al futuro es el mundo que vemos hoy. El futuro está más proximo al hoy que a la visión de un pensador de ciencia-ficción. Y me refiero a todo lo que no tiene de compromiso social la ciencia-ficción. Si de algo somos conscientes es de que las sociedades no son estables. Y al tiempo que le digo que no me siento capacitado para ofrecerle una utopía, tampoco puedo hacer aquello que sospeche que no tiene futuro porque no cuenta con la suficiente solidez ética. El arquitecto no puede renunciar a su responsabilidad social.

También la docencia formaría parte de esa vertiente teórica del hecho arquitectónico. ¿Qué es necesario inculcarles a los alumnos?

«En todas mis obras he puesto el mismo interés, dedicación y ganas»

A lo más que puede aspirar un docente es a no ser proselitista y ofrecerse con la suficiente apertura como para que el alumno tome lo que este entienda que le va a ser útil. Siempre he hecho hincapié en ver la arquitectura como un conocimiento específico. Del mismo modo que un pintor o un músico son quienes mejor pueden entender hasta el fondo una obra artística o una partitura, hay aspectos ligados al ejercicio del oficio que solo desde las entrañas de la profesión se alcanzan y entienden. No estamos ante un tipo de conocimiento que se pueda sistematizar, pero soy consciente de que acercándose críticamente al pasado uno puede decir muchas cosas de lo que es el trabajo del arquitecto hoy.

¿Tiene la sensación de que los arquitectos se han convertido en los malos de la película a raíz de esta última crisis?

Estaría bien que los arquitectos reconociéramos que ha habido excesos y que hemos sido víctimas de la satisfacción que da ver los proyectos construidos sin la suficiente distancia crítica como para comprender que un centro cultural en un lugar remoto no iba a tener sentido, o que tantos edificios han podido estar sobredimensionados. ¿Cuántos han olvidado el principio de racionalidad en el presupuesto? La crítica puede llegar a ser positiva. Y debemos tener en cuenta que los políticos también han hostigado, de forma que el dinero fácil ha ayudado a desequilibrar en España hasta el modelo económico de un país, en el que las propuestas sin sentido han confundido a la profesión.

La prensa publicaba recientemente que el setenta por ciento de los arquitectos en España (50.000, sin tener en cuenta los 30.000 que esperan en las facultades), viven en situación de precariedad. ¿Qué le sugieren estas cifras?

Es probable. Pero tampoco debemos sentirnos ajenos a las preocupaciones en otras profesiones. No creo que la titulación deba garantizar una determinada posición laboral. Es contradictorio, en una situación como la actual, el aliciente que parece proporcionar aún la profesión. El hecho de que hoy los arquitectos tengan un acceso mucho más difícil a proyectos ambiciosos no creo que merme su talento. Este se verá, pero será en proyectos menores, operaciones más intensas. De hecho, cuanto más grande es un proyecto más difícil es dejar la impronta personal. Es más difícil que se reconozca a un dentista por lo que hace, mientras que la habilidad profesional del arquitecto ha disfrutado de una visibilidad exagerada. Y hay otros ámbitos en los que el arquitecto puede desarrollar su labor: veo arquitectos fotógrafos, arquitectos en el mundo de la moda, en el diseño gráfico o definiendo escenografías… En ese aspecto, soy optimista.

Le tengo que preguntar por la polémica suscitada con la residencia del embajador español en Washington.

«Me siento afortunado al haber podido reflexionar sobre lo que me interesa»

Es un conflicto que tendrá que dirimirse en otras sedes. En realidad, las deficiencias que la casa tiene ahora no es algo que no pueda resolverse, incluso con racionalidad y contención económica. Deseo vivamente que la residencia del embajador sea reparada. Algunas de las dificultades con las que nos encontramos ahora fue usar un ladrillo español, sobre todo porque queríamos que la residencia mostrase, aunque fuera en términos anecdóticos, algo próximo de nuestra cultura. Ese material se ha comportado mal y ha dado lugar a unos conflictos que espero que se resuelvan.

Ha sido Pritzker (1996), pero también Premio Príncipe de Asturias (2002). En su caso, no se ha repetido el tópico de que uno no es profeta en su tierra.

España no me ha tratado mal en absoluto. Si en un determinado momento no hubiera decidido ir a América, quizás mi práctica habría sido más amplia aquí, y en lugar de tener un estudio de tamaño medio, este sería grandísimo. A todos nos gustaría haber accedido a más trabajos, pero me siento afortunado con haber podido reflexionar, en los que he acabado, sobre las cuestiones que me interesaban. Y no siento que se me haya maltratado en mi país. Ha habido proyectos duros, como el del Museo del Prado, pero ya entiende uno que los proyectos públicos tienen que generar ese tipo de polémicas.

Hay tres edificios por los que el ciudadano de a pie más le recuerda: El Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, la ampliación del Prado y el Kursaal de San Sebastián. ¿Son las tres mejores construcciones de Moneo?

En todas mis obras he puesto siempre el mismo interés y he trabajado en ellas con la misma dedicación y ganas. Por eso, me resulta muy difícil distinguir entre ellas. Yo veo Bankinter con gusto, como veo mi última obra en Nueva York. Veo con gusto el Ayuntamiento de Logroño, pero también muchas otras: las Escuelas Pías de Tudela, el plan parcial para Vitoria, el concurso para el Ayuntamiento de Ámsterdam, el colegio de arquitectos de Tarragona… Son casi 150 obras las que he hecho, que se documentan en el catálogo.

La exposición da cuenta de proyectos que no se han podido llevar a cabo. Cuando esto sucede, ¿muere la idea?

«Estaría bien que los arquitectos asumiéramos que ha habido excesos»

La muestra no trata de ofrecer una visión exhaustiva de mi trayectoria. De algunos proyectos, la documentación es mínima. Es el catálogo el que sí que hace un recorrido, aunque rápido, más exhaustivo. Y cuando un concurso no se gana, esas ideas, por lo general, se reciclan. No es solo mi caso. La experiencia siempre pasa de una cosa a otra. Hubo concursos como la Bolsa en Madrid o la Diagonal en Barcelona, cuyas ideas seguro que acabaron en otros lugares. Hay cosas que sí que me hubiera gustado concluir, como la propuesta de intervención en Vigo o el Palacio del Cine en Venecia. Pero no haberlo logrado no me ha provocado ninguna ansiedad.

Esta exposición, ¿llega pronto o tarde?

Ni pronto, ni tarde. Llega en un momento en el que quizás sea una buena oportunidad para mí mismo para reflexionar sobre lo que he hecho, para ordenar el material de archivo y aprovechar la ayuda de los demás y su mirada.