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Joseph Heller después de «Trampa 22»

Día 23/07/2013 - 18.19h
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¿Quién ha dicho que Joseph Heller no se superó a sí mismo tras la publicación de «Trampa 22»? «Algo ha pasado», su segundo título, demuestra que el escritor norteamericano fue a más

Demasiadas veces le preguntaron a Joseph Heller (Nueva York, 1923-1999) qué se sentía al no haber escrito nada que superase su primer libro. Y, con soberbia modestia, Heller respondía: «¿Acaso alguien lo ha superado?» Para entonces «Trampa 22», la novela en cuestión, ya era un clásico moderno y su título había ingresado en el diccionario como sinónimo de desesperante cláusula-«loop» aplicable a toda situación de la que no se puede escapar. Pero Heller también podría haber respondido con algo quizá menos ingenioso pero más verdadero: «No sé de qué me habla; porque con ''Algo ha pasado'' yo superé con creces ''Trampa 22''».

Y punto.

Los fastos que en 2011 conmemoraron el medio siglo de vida de su estreno no hicieron más que fortalecer esta posibilidad. Porque si bien «Trampa 22» llegó tarde como Gran Novela Americana de la Segunda Guerra Mundial, permitiéndose anticipar modales y taras y delirios de lo que sería Vietnam, entonces «Algo ha sucedido» (su opus 2, de 1974; Heller era un escritor lento) se adelantó en lo que respecta a dinamitar y reconstruir entre las ruinas la Gran Novela Americana de la Familia y la Oficina.

Un monstruo muy influyente

En comparación con «Algo ha pasado», antecedentes como «El hombre del traje gris», de Sloan Wilson, son fábulas para niños inocentes. Imposible pensar en «Jernigan», de David Gates, o en «La tormenta de hielo», de Rick Moody, o en «Entonces llegamos al final», de Joshua Ferris, o en películas como «American Beauty», de Sam Mendes, o en series como «The Office», de Ricky Gervais, o «Mad Men», de Matthew Weiner (pero sin anestesia ni redención), de no haber asomado antes este muy influyente monstruo. Un tal Bob Slocum. Un tipo cuya biografía y currículum profesional y familiar –para espanto de los suyos, a los que La Cosa no les causó mucha gracia– tiene más de un punto en común con la de Heller. Y una voz –en primerísima persona– que combina los colmillos del lobo feroz y el desamparo del cordero listo para ser sacrificado una y otra vez, de 9 a 5, y después regresar al infierno del hogar, agrio hogar.

Y la textura y el genio de Heller –confeso discípulo de Louis-Ferdinand Céline y admirador de J. P. Donleavy, maestros del canallismo literario– pasa y se queda para siempre por lo que dice Slocum y cómo lo dice. El monólogo obsesivo, microscópico y telescópico, de quien ha caído en el trance de la sinceridad absoluta. Desde ese perfecto inicio con «Siento escalofríos cuando veo puertas cerradas»; pasando por «En la oficina donde trabajo hay cinco personas a quienes temo», «Mi mujer no es feliz» y «Ninguno de nuestros hijos es feliz»; hasta cerrar con el lapidario «Todos parecen estar satisfechos por la forma en que me he hecho cargo del mando».

Pequeña y miserable existencia

Pero no. Porque «Algo ha sucedido» es un canto agudo a la insatisfacción total y al amotinado navegar a ciegas. Y su héroe digresivo y avanzando en constante retirada acaba constituyendo una de las más profundas a la vez que divertidas (y ya se sabe que «divertido» es un término muy ambiguo y polimorfo y perverso) obras maestras.

También se sabe que al comenzar a leerla, un John Cheever en horas bajas y oscuras –porque le gustaba demasiado– la arrojó contra una pared. Y que el igual de ácido que Heller pero tanto más piadoso Kurt Vonnegut –otro reformulador de «la última guerra buena» con su «Matadero Cinco», a la vez que explorador de la jungla de los escritorios con «La pianola»– la definió como «novela de suspense». Y no se equivocaba. Pero con una estranguladora vuelta de tuerca sobre el género.

Para cuando en las últimas páginas Heller y Slocum nos revelan qué fue lo que en realidad pasó, el lector, aunque horrorizado, comprende que eso no era tan importante. Porque –a pesar de todo– Slocum seguirá siendo el mismo, él mismo. Y porque, antes de que eso ocurra, al cretino de Slocum le habrán pasado demasiadas cosas. Entre ellas y por encima de todas –sin que lo sepa, pero tal vez lo sospeche–, que, antes que nada, su pequeña y miserable existencia se habrá convertido en una inmensa y magnífica vida de novela y después, enseguida, en una de las novelas de nuestra vida.

Algo ha pasado

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