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Anna Caballé: de las feministas a la «biomujer»

Día 23/07/2013 - 18.18h
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¿Cómo ha evolucionado el feminismo en España? ¿Quiénes han sido sus impulsoras? Anna Caballé traza la historia de este movimiento dentro de nuestras fronteras. Un legado que arranca en las celdas de los conventos y llega al siglo XXI

Anna Caballé: de las feministas a la «biomujer»
Un grupo de norteamericanas piden el voto femenino en 1915

¿Cómo resumir la experiencia histórica del feminismo hispánico en un libro manejable? Anna Caballé ha realizado una verdadera síntesis, no un libro «de género», ni de literatura edificante para mujeres (u hombres). Las opciones de la autora apelan a la inteligencia del lector, de modo que la historia que cuenta es transversal y universal, se sitúa al margen de sectas y religiones políticas. Ahí reside su mayor grandeza.

Nadie con un mínimo sentido de humanidad puede ser indiferente a lo que cuenta, pues lo sucedido a las mujeres y la consideración que de ellas se tenía y tiene en las diferentes sociedades determina el clima que las envuelve. Esta ansiedad por ir más allá, por suscribir un pacto de excelencia con el lector, impuso a Caballé un esquema que va desde el presente hacia el pasado. Hay en ello una voluntad explicativa que se agradece. No por lo que pueda tener de justificatorio, sino por la necesidad elemental de descifrar una invisibilidad, la del «feminismo hispánico».

El capítulo primero constituye una suerte de estado de la cuestión. Caballé expone su objetivo sin subterfugios. Se trata de «sintetizar el legado feminista español tomando el concepto en un sentido laxo, incluso iconoclasta, y evitando en lo posible los juicios de valor y las comparaciones». Una de sus tesis fundamentales apunta: «No es cierto que el feminismo español haya sido parasitario, un mero apéndice de los movimientos europeos y americanos, aunque sí corre el grave riesgo de serlo en el presente».

Subir al cadalso, subir a la tribuna

El feminismo hispánico se vertebró alrededor de reivindicaciones sociales, el derecho al trabajo, un salario digno o divorcio, como señala Mary Nash. A esta orientación social añade Caballé otros elementos, vinculados a la existencia de «un importante número de feministas españolas que fueron católicas convencidas y se esforzaron en hallar una ‘tercera vía’, que permitiera conciliar el dogma con la defensa de algunos derechos que les concernían». Además, con una orientación literaria en muchos casos, pues el derecho a la formación letrada fue el ariete contra la presunta domesticidad obligatoria de la mujer.

Con consistencia ejemplar, el libro desvela en los siguientes capítulos esos entrecruzamientos entre lo sociopolítico y lo cultural, que muestran la permanente insatisfacción de muchas mujeres españolas con su estatuto heredado, jurídico e intelectual. El recorrido parte de las celdas de los conventos («las raíces religiosas del feminismo»), con la conversa Teresa de Cartagena, que a comienzos del siglo XV mantuvo que «hombres y mujeres eran iguales ante la gracia y los dones divinos», y llega hasta la doctora de la iglesia Teresa de Ávila.

Las páginas dedicadas a Josefa Amar y Teresa Cabarrús muestran la intensidad del debate ilustrado sobre la «condición femenina», con su corolario en la Revolución Francesa, en absoluto favorable a ella. Lo sufrió en carne propia la guillotinada Olimpia de Gouges: «La mujer tiene el derecho de subir al cadalso, debe tener también el de subir a la tribuna».

«Casa, cocina, calceta»

El capítulo dedicado al siglo XIX, la era de la discreción y el dedal, resulta aleccionador, en la medida en que desdibuja la supuesta correlación entre progresismo y feminismo. La figura colosal de Emilia Pardo Bazán («Tengo en contra mía a todos los escritores y a todas las mujeres») abre paso a librepensadoras, obreristas y agitadoras, muchas de condición profesional: maestras, periodistas y abogadas. Las páginas siguientes constituyen un muestrario de trayectorias heroicas: Carmen de Burgos, Kent, Montseny, Nelken o Campoamor («Feminismo debiera llamarse humanismo»).

De allí a la posguerra de «Casa, cocina, calceta» hubo poco trecho. Las comparaciones entre las falangistas de 1950 –con «un aire dinámico, viril, orgulloso y desafiante»– y las monjas más tradicionales son tan interesantes como las dedicadas a la nueva conciencia de los años sesenta, prueba de la correlación entre situación de la mujer y desarrollo económico.

Las últimas páginas, una suerte de memorialismo feminista posterior a 1975, apuntan al ¿final? de la guerra de sexos y la aparición de la «biomujer», una suerte de macho alfa, pero en versión hembra: «El mercado pretende convertirnos en unas delirantes. Realiza un violento esfuerzo para hacernos creer que queremos parecernos a aquello que no existe», señala Lourdes Ventura. El futuro, como siempre, está abierto.

El feminismo en España

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