Guillermo Pérez Villalta en el CAAC: «El buen gusto siempre me ha aburrido»
Guillermo Pérez Villalta en el CAAC - rocio ruiz
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Guillermo Pérez Villalta en el CAAC: «El buen gusto siempre me ha aburrido»

Durante más de 40 años, Guillermo Pérez Villalta se ha reservado algunas de las obras de sus exposiciones. Ese nutrido conjunto personal se lo ha cedido ahora al CAAC de Sevilla

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No se puede negar que Guillermo Pérez Villalta (Tarifa, 1948), es un hombre generoso. La prueba: que buena parte de la obra de su autoría que atesora (y de la colección de objetos que ha ido acumulando a lo largo de los años) va a ser cedida al CAAC («podría habérselos dado a otra institución, pero no los habría valorado igual, y yo quiero que Andalucía amplíe su patrimonio»). Él ha sido casi su mejor coleccionista. Y cada una de las piezas «sustraidas», cuenta una historia personal. Con las mejores se monta un relato en el centro sevillano, que está de enhorabuena.

¿Qué es lo que dona al CAAC y por qué ahora?

Lo que dono es fundamentalmente lo que he ido atesorando a lo largo de mi vida. De todas las exposiciones que he realizado me he ido quedando al menos con una pieza, a lo que se suman esas obras que he hecho expresamente para mí. También he guardado siempre todos los bocetos previos. El material es inmenso. En el CAAC se presenta en exposición solo una mínima parte, que no llega ni al veinte por ciento del total.

¿Se queda usted «a cero»?

En realidad, no. La fórmula que hemos consensuado es una especie de depósito en vida, de forma que yo puedo disponer de ello si fuera necesario. El papel del centro es fundamental porque permite la conservación y almacenaje de las obras. Pero yo me quedo con algunas piezas, porque mi intención es que mi propia casa de Tarifa se convierta en un pequeño museo para albergar obras de pequeño o mediano formato. A eso se suma que he conseguido que el Ayuntamiento de la localidad me ceda una pequeña iglesia mudéjar desacralizada para colgar cuadros de mayor tamaño. Y, en un futuro, tengo pensado donar mi casa cuando muera. En ella quedan ahora un montón de documentos, fotos, libros, cosas que he coleccionado y que seguro que tienen interés para algunos.

¿Y cómo se bucea en esos prolijos contenidos para hacer una exposición?

Hemos elegido las piezas más hermosas. Y para ello hemos partido de un concepto espacial. Sabíamos que la muestra se iba a exponer en la zona histórica del CAAC, de forma que hemos intentado apropiarnos de cada entorno. Porque aquí hay ámbitos donde impera lo sagrado, otros en los que la lectura se hace en clave íntima, otros tantos en los que la atención a lo arquitectónico era pertinente... El edificio adquiere un marcado carácter simbólico en la muestra.

«El arte ha tenido siempre la intensidad que la religión para un creyente»El título es «Souvenir de la vida».

Es que esto es el recuerdo de mi vida. Cuando uno va de viaje, compra souvenirs para no olvidar donde estuvo. Yo he hecho lo mismo con mi obra. Por eso tengo la sensación de que hay muchos trabajos que sólo tienen un verdadero interés sentimental para mí. Los aquí reunidos cuentan historias muy íntimas, son pequeños secretos que se hacen públicos.

El recorrido comienza fuerte: con su relación entre lo sacro y lo profano: «Si a la religión le quitamos las creencias, lo que queda es el arte». ¿Es esa su consigna?

Sin duda. Para mí el arte ha tenido siempre la intensidad que la religión para un creyente. Y ha dado sentido a mi vida. Porque, sobre todo, me aportó la base para el conocimiento. De igual forma que un científico se dedica a investigar la materia, a mi el arte me sirvió para aprender del mundo. Y no dejo de aprender. El día que eso ocurrá será porque se ha acabado todo.

Usted fue un arquitecto que ejerció poco. ¿Le impone el escenario arquitectónico en el que se despliega la exposición?

No puedo hablar de miedo, sino de todo lo contrario, de acicate. Ha sido muy excitante enfrentarse a estas salas, en algunas de las cuales tuve la visión inmediata de mis obras integradas en ellas. No te puede dar miedo que una señora hermosísima te pida bailar con ella. La arquitectura era mi vocación, lo que ocurre es que se considera arquitecto al que ejerce, mientras que mis pretensiones serían las mismas que frente a las artes plásticas, esto es, una labor que no desarrollo para que los resultados tengan un sentido utilitario.

¿Por qué se le ha definido tantas veces como un «clásico»?

Nunca me he sentido a gusto con ese adjetivo, aunque se refirieran a mí como un «moderno clásico». Porque para mí clásico puede ser un mondrian. Y porque me siento muy bien justo en el otro lado, es decir, en lo azaroso, en el disparate... Siempre he dicho que mis dioses son a partes iguales Atenea y Dionisios: la razón y el orden; la desproporción y lo inefable. He sido siempre una persona del presente. Lo que ocurre es que utilizo una memoria del arte muy amplia, que incluso llega hasta oriente.

La muestra contempla un apartado dedicado a Andalucía. ¿Es uno profeta en su tierra?

A mí, mis padres me sacaron de Andalucía con ocho años. Me llevaron a Madrid, a un piso con ascensor, con lo que la mía fue una sensación de destierro desde el principio. Con enorme añoranza esperaba la llegada de las vacaciones para bajar aquí. He vivido en Madrid más de 40 años, pero siempre me he sentido, no tanto de Tarifa, que es mi pueblo, como de la Costa del Sol. Ese mundo era mi lugar ideal. De hecho, mi fascinación por la arquitectura moderna nace allí, de sus primeros grandes edificios que se construían en la costa. Y siempre diré que mi iniciación en el arte arrancó en esas misas a las que iba en la Catedral de Málaga. Y luego está el paisaje.

«Las obras reunidas cuentan historias muy íntimas, son pequeños secretos ahora públicos»Se ha habilitado uno ámbito especial para mostrar su trabajo erótico y pornográfico. ¿Se transforma ahí el artista?

Es posible. Sobre todo, porque los morbos de cada uno son los morbos de cada uno. Y ahí están los míos, que estoy seguro que la mayoría de la gente no comparte. Eso me divierte. Es como cuando me da por la chinoiserie, que la gente se me queda mirando como si me hubiera vuelto loco. A mí me gusta, ¿qué quieres que te diga?

La cita demuestra que no se ha dedicado exclusivamente a coleccionar sus propias obras, sino que acumula los objetos más variados. ¿Qué facetas son las que nos dan a conocer esos otros conjuntos?

De todo eso he traído muy poquito porque es muy abundante y disparatado. Yo destacaría mi colección de jarrones de los cincuenta, una cosa que hacía que los demás se rieran de mí cuando comencé a amasarlos. Ahora valen un potosí, y yo los adquiría por veinte duros. Y también destacaría los objetos en torno a mi relación con Andalucía. Durante dos décadas me dediqué a diapositivar su arquitectura más «neopopular», construcciones levantadas por sus propios dueños. A eso tuve que ponerle fin porque se convirtió en una verdadera adicción. Una pequeña vitrina contendrá una selección de mis objetos kistch, estética que me fascina porque considero que es tremendamente combativa. El buen gusto es algo que siempre me ha aburrido.

¿Significan esta cesión y esta cita el punto y final de algo?

Yo prefiero verlo como el comienzo de otra cosa. Estos últimos años he estado sumido en una especie de depresión, de bajón, resultado de no darme cuenta de que me estaba haciendo mayor. He cumplido 65 años, he entrado en la edad de la jubilación, y me lo tomo todo de otro modo. Antes era más comedido. Ahora no tengo ningún comedimiento.

¿Se refleja eso en el estilo?

Desde luego. De hecho, siempre he sido un pintor que no se consideraba pintor. Ahora estoy dándole mayor valor al hecho pictórico. Y me veo haciendo cuadros -más pequeños, porque la corpulencia no es la misma-, en los que mi interés se centra en saber cómo resuelvo, por ejemplo, la plasmación de un árbol. Y como hubo un periodo en el que la pintura estuvo minusvalorada, si no odiada, he decidido que voy a meterla a inyecciones, a lo grande.