El John Irving que pudo ser
Fotograma de «Las normas de la casa de la sidra», basada en una de las novelas más famosas de John Irving
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El John Irving que pudo ser

Llega la decimotercera novela de Irving. Una suerte de crónica de la evolución del universo homosexual en EE.UU. desde los años 50 hasta nuestros días que apunta contra el puritanismo

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¿Qué decir a estas alturas del formidable John Irving (nacido John Wallace Blunt, en 1942, en New Hampshire) que no se haya dicho aún? Para sus fans, sus virtudes están más que claras: Irving ha sido y sigue siendo el mejor alumno de Charles Dickens a la hora de adoptar y adaptar la mecánica del maestro inglés a nuestros tiempos más o menos difíciles: emoción, largo aliento, risas y tramas enrevesadas y sombrías que siempre acaban –lo que no significa un final necesariamente feliz– en un estallido de luz redentora. Para sus detractores, sus defectos son más que evidentes, y lo que más les irrita es que Irving insista una y otra vez en ellos como parte inseparable de su estilo: violencia escatológica, «malas» palabras, sexo explícito y a menudo algo bizarro, una tendencia al grotesco público, a la catástrofe íntima, y a la consagración del «freak» como héroe que nunca pierde del todo sus grandes esperanzas.

Tal vez, tratándose «Personas como yo» –opus número 13– de una de sus novelas más psicológicas, podríamos aventurar que, en perspectiva, ya hay tres diferentes «edades» en la obra de Irving.

Lo que deseamos

En la primera y formativa –que abarca desde 1968 hasta 1978 y está compuesta por «Libertad para los osos», «La epopeya del bebedor de agua», «Doble pareja» y la consagratoria «El mundo según Garp»–, Irving se nos presenta como el aventajado aprendiz en el camino cuya meta es alumbrar uno de los más grandes personajes de la literatura norteamericana del siglo XX: el escritor T. S. Garp. La segunda y de transición reúne varios de los mejores títulos de Irving, va de 1981 a 1994 y puede entenderse como los libros que Garp parece dictarle a Irving desde el otro lado: «El hotel New Hampshire» (que ya aparece anunciada en Garp como «Las ilusiones de mi padre»), «Las normas de la casa de la sidra», «Oración por Owen» y «Un hijo del circo». El Irving tardío –periodo en el que ahora vivimos y leemos– se inicia en 1998 con «Una mujer difícil» y, quitando esa rareza –más película que novela– de «La cuarta mano», continúa con «Hasta que te encuentre», «La última noche en Twisted River» y la presente, «Personas como yo».

Le llega el turno al Irving bisexual. Conozcan a «Billy» Dean Abbott¿Y qué es lo que hace aquí Irving? Algo lógico pero no por eso sencillo: tras haber escrito a Garp y lo de Garp, ahora Irving se escribe y se reescribe a sí mismo, a lo Garp, en variaciones que siempre parten del aria de lo que podría haber sido en su propia vida. Así, todas y cada una de sus últimas novelas son autobiografías alternativas.

Y ahora, en «Personas…», le llega el turno al Irving bisexual.

Conozcan entonces a William «Billy» Dean Abbott, quien, de entrada, nos asegura que «nos forma aquello que deseamos». Y sigan su tránsito desde el crepúsculo de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días. Y, junto a él, vistas y paisajes ya constantes en el «Mondo Irving»: la memoria como verdad mentirosa; la familia disfuncional como refugio y punto de fuga; la escuela como jungla; el pueblo chico/infierno grande y la peregrinación a las entre paradisiacas y pecadoras grandes ciudades; la hermana de sangre; el rival eterno; la representación teatral como tempestuosa catarsis; la lucha libre como válvula de escape; el oficio de escritor como espejo deformante; y el «sospechoso sexual» (condición que ya es marca del autor) como libre agente para moverse a lo largo y ancho del mundo (incluyendo aquí el madrileño barrio de Chueca). Pero hay más. Irving –mientras condena el puritanismo prehistórico de muchas de las fuerzas que rigen su república– propone una suerte de crónica de la evolución homo gay «Made in USA».

Armarios blindados

Así, las andanzas de Billy se inician en los días donde todos intentaban que sus armarios fuesen lo más blindados que se pudiera (los años 50); continúan con la salida de esos armarios (los 60 y los 70); van a dar a unos 80 en los que se descubre que el monstruo no se ocultaba ahí dentro, sino que aguardaba fuera, con iniciales de enfermedad mortal; y desembocan en un presente agridulce con claroscuros donde más nos vale ser morales que moralistas. La versión irvingiana de todo lo anterior es posible que a más de uno se le antoje un tanto desaforada y fuera de lugar. Protesta aceptada. Allá ellos, problema suyo.

Irving llevó en su cabeza «Personas…» antes de sentarse a escribirlo. Y se nota. «Yo no soy Billy. Él surge de imaginarme cómo habría sido yo de haber obedecido a todos mis impulsos de joven adolescente. Muchos de nosotros no les hacemos caso a nuestras más tempranas fantasías sexuales. De hecho, la mayoría de nosotros preferiría olvidarlas. Pero yo no», aclaró John Irving en un texto de presentación para «Personas como yo».

Y con él –y eso es lo que hace a un escritor grande de verdad– recordamos todos.