Panero, memoria de ultratumba
A Leopoldo María Panero su condición de poeta maldito y marginado le ha generado fama y popularidad
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Panero, memoria de ultratumba

Apocalíptico y radical, Leopoldo María Panero recopiló todos sus poemarios que publicó entre los años 2000 y 2010, en los que cede la palabra al silencio, el vacío, la muerte

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«Poesía completa» (2000-2010) fue la continuación del titulado «Poesía completa» (1970-2000), aparecido en 2001 (Visor) y editado por el profesor y crítico Túa Blesa, el mejor estudioso, conocedor, editor e intérprete de la obra de Leopoldo María Panero (muerto hoy a los 65 años), a quien hace años dedicó un esclarecedor ensayo titulado «Leopoldo María Panero, el último poeta» (1995) y de quien ha editado también «Cuentos completos» (2007) y «Traducciones / Perversiones» (2011).

En este libro se recogen nada menos que los veinticuatro títulos publicados por Leopoldo María Panero en esa década, si bien la edición se abre con un poema («Isidore Isou, o la gramática del subnormal») y un libro, «Abismo» (1999), que por diversas razones no pudieron ser incluidos en el primer tomo.

Quedan fuera, sin embargo, los diez poemarios escritos en colaboración con otro autor (dos con José Águedo Olivares y ocho con Félix J. Caballero) durante ese mismo periodo, marcado, entre otras cosas, por el ingreso del autor en el Hospital Psiquiátrico Insular de Las Palmas de Gran Canaria, en la actualidad Juan Carlos I, o, como el propio poeta lo llama en una de sus obras, «el manicomio del Dr. Rafael Inglot».

«Escribir cuando todo está escrito»

«En la infancia vivimos y, después, sobrevivimos», proclamaba el autor en la película «El desencanto» (1976). De ese «después» da cuenta precisamente su poesía. Pero no sólo de ese, sino también del después de la muerte del Sujeto y, por supuesto, de la Literatura y de la propia Poesía. Y es que, tras la llegada de la modernidad, esta no ha hecho más que sobrevivirse a sí misma.

Para Panero escribir es «escupir» contra la vida y contra sí mismoNadie como Panero ha sabido encarnar mejor este final de época o de un mundo en el que nos encontramos; de ahí su carácter póstumo, apocalíptico y radical. Una vez acabada la literatura, la escritura no hace más que volverse y replegarse sobre sí misma, reescribir y reescribirse una y otra vez, de forma compulsiva, como bien se aprecia en el conjunto de los libros aquí recopilados, que, en su mayor parte, son fruto o efecto del «Ritual del neurótico obsesivo» («Escribir cuando todo está escrito») y una especie de «remake» de voces ajenas y textos anteriores, algo que aquí va mucho más allá de la simple polifonía e intertextualidad.

En todos estos textos se nos muestra, por lo demás, un yo absolutamente destruido y enajenado en un mundo completamente roto y devastado en el que la vida no es más que una enfermedad y los poemas, en realidad, no significan nada («Una palabra reenvía a otra palabra, un sentido a / otro sentido») o, mejor dicho, son la nada, «flor de la nada», el doble de la nada («ah la nada / que al poema por doble tiene»), esto es, el silencio, el vacío, la muerte.

Un rastro de baba y un animal azul

De todo ello son bien elocuentes, desde luego, los títulos de algunos de los libros ahora reeditados: «Teoría del miedo» (2000), «Suplicio en la cruz de la boca» (2001), «Águila contra el hombre / Poemas para un suicidamiento» (2001), «Buena nueva del desastre» (2002), «Danza de la muerte» (2004), «Poemas de la locura seguido de El hombre elefante» (2005), «La esquicia, y no el significante» (2005), «Versos esquizofrénicos» (2007), «Sombra» (2008), «Gólem» (2008), «Mi lengua mata» (2008), «Escribir como escupir» (2008), «Páginas de excremento o dolor sin dolor» (2008), «Conjuros contra la vida» (2008)…

Se nos muestra un yo destruido y enajenado en un mundo roto y devastadoPara el autor de «Así se fundó Carnaby Street», escribir es, en efecto, «escupir» contra la vida y contra sí mismo («Tengo cinco poemas / contra mí mismo / contra mi máscara y deseo / de ser verdad…»), y, por lo tanto, cantar la muerte, la nada, la ruina, el acabamiento, la catástrofe, el fracaso, el miedo, la desdicha, el dolor, la desesperación…, palabras que se reiteran continuamente en sus versos desde los inicios de su trayectoria, lo que explica su condición de poeta maldito y marginado, que tanta fama y popularidad le ha granjeado, valga la paradoja.

Esta recopilación –y su poesía en general– puede ser leído, en fin, como «testimonio del desastre, acta de defunción de la vida» (Túa Blesa «dixit»), «autobiografía de la muerte» (el autor «dixit»), memoria de ultratumba o, simplemente, testamento, que es la palabra póstuma por excelencia, no sólo de Leopoldo María Panero, sino de toda una época que, en verdad, ya acabó, pero que aún sigue siendo la nuestra. Dejémosle, pues, al poeta la última palabra: «El sapo sobre el poema / deja un rastro de baba / un animal azul / y un testamento de saliva».