Pablo Martín Sánchez: «Del atleta que fui conservo el ritmo»
«El anarquista que se llamaba como yo» es la primera novela de Pablo Martín Sánchez - PERE ROVIRA
libros

Pablo Martín Sánchez: «Del atleta que fui conservo el ritmo»

Ha sido actor, atleta, corrector, traductor... y ha terminado cometiendo «la desfachatez de escribir». Tras elaborar un libro de relatos, «Fricciones», Pablo Martín Sánchez publica su primera novela: «El anarquista que se llamaba como yo»

Actualizado:

«Yo llevaba dos años intentando publicar un libro de relatos titulado ‘‘Fricciones’’ y no había manera de encontrar editor. Algunos incluso tenían el descaro de decirme: ‘‘Tus cuentos están muy bien, pero ¿no tendrás una novela?’’. Aquello me ponía de los nervios. Fue entonces cuando decidí que escribiría una novela, aunque sólo fuera para poder publicar después mi libro de relatos. Luego vino el hallazgo, fruto de eso que algunos llaman ‘‘egosurfing’’: un buen día tecleé mi nombre en Google y descubrí a un anarquista llamado como yo que había participado en un intento revolucionario contra la dictadura de Primo de Rivera. Y enseguida vi que esa era la novela que quería escribir, porque además me iba a permitir desechar de una vez por todas algo que me rondaba por la cabeza: usar un seudónimo para firmar mis obras. Ese libro sólo podría firmarlo como Pablo Martín Sánchez y supondría en cierto modo un homenaje a la vulgaridad de mi nombre.» Fue así como a Pablo Martín Sánchez (Reus, 1977) se le ocurrió escribir sobre «el otro» Pablo Martín Sánchez, «El anarquista que se llamaba como yo».

Le confesaré que he tenido que bucear en internet porque creí que el anarquista Pablo Martín Sánchez jamás existió, que todo era un montaje. ¿La realidad siempre supera a la ficción?

Me encanta su sospecha. Confieso que me seduce la idea de que la novela pudiera ser un «fake», que el anarquista Pablo Martín Sánchez no hubiera existido nunca y que todo fuese pura invención. Desgraciadamente, no tengo tanta imaginación. Mi tocayo existió. Las hemerotecas están llenas de diarios que hablan de él. Sin embargo, no creo que la realidad supere siempre a la ficción. Si la realidad superase siempre a la ficción, la literatura dejaría de tener sentido.

«Podría haber sido muy feliz sólo leyendo. Lo natural es leer, lo sano es leer»

¿Qué le atrajo del personaje, aparte del nombre?

Su destino trágico. El haber servido de cabeza de turco para consolidar una dictadura. Si él y sus compañeros hubieran sabido que su acto iba a acabar beneficiando al régimen primorriverista, lo más probable es que no hubiesen cruzado la frontera.

¿Cómo era aquella España?

La novela no refleja una sola España, sino muchas. A través de las peripecias del protagonista, el lector asiste a la llegada del cinematógrafo a Madrid antes de la pérdida de las colonias de ultramar; descubre cómo es la vida de un inspector de educación en la Salamanca de fin de siglo y la de un quinto en la Barcelona posterior a la Semana Trágica; o comprueba la dificultad de ser obrero metalúrgico en una Baracaldo de entreguerras. Y así, mezclando la Historia con mayúscula y la intrahistoria de la que hablara Unamuno, la novela acaba desembocando en 1924, donde se encuentra con una España dividida y gobernada por un dictador que se jacta de desterrar a sus intelectuales: una España de Sancho Panzas –como diría Blasco Ibáñez– incapaz de ver más allá de los bordes de su pesebre.

«De mi personaje me atrajo, aparte del nombre, su destino trágico»

¿La vida de Martín Sánchez es una novela de aventuras?

¿Se refiere a la mía o la del personaje? La mía le aseguro que no… La del personaje entiendo que sí, pero eso tendrá que decirlo el lector.

¿Qué hace un atleta y actor metido a escritor?

Seguir buscando mi camino, supongo. Del atleta que fui conservo el sentido del ritmo. Del actor que quise ser, el oído.

También ha sido corrector, traductor y librero. En su caso, ¿todos los caminos conducen a la literatura?

Yo podría haber sido tremendamente feliz sólo leyendo. Lo que pasa es que de algún modo hay que ganarse la vida: por eso uno empieza a corregir, a traducir, a vender libros. Incluso acaba cometiendo la desfachatez de escribir. Pero lo natural es leer, lo sano es leer. Y, si me apura, traducir (que no deja de ser una forma de lectura). Con demasiada frecuencia olvidamos que las literaturas nacionales las hacen los escritores, pero que la literatura universal la hacen los traductores.