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«Lección de anatomía», el libro de redención de Danilo Kis

Día 29/01/2013 - 14.03h
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Danilo Kis fue perseguido tras publicar «Una tumba para Boris Davidovich». «Lección de anatomía», su contundente respuesta a la caza de brujas, aparece por primera vez en español

«Lección de anatomía», el libro de redención de Danilo Kis
Danilo Kis (a la izquierda) fue acusado de plagiar a Borges

Hijo de un judío húngaro asesinado en Auschwitz en 1944 y de una montenegrina cristiano-ortodoxa, el escritor serbio Danilo Kis (Subotica, 1935-París, 1989) está considerado uno de los más grandes autores del pasado siglo; uno de los pocos, también, de su zona de origen, los Balcanes, aclamado en Estados Unidos como un clásico, gracias sobre todo al ímpetu de incondicionales defensores de su poco complaciente y exigente obra –entre ellos, Susan Sontag, que lo incluyó en su libro de ensayos «Cuestión de énfasis».

Disidente de la ideología totalitaria comunista, víctima a través de su familia del otro fascismo del siglo XX, el nazi, así como ferviente adversario de los delirios nacionalistas que nunca dejaron de imperar en su zona de origen, Kis se convirtió con el tiempo en el blanco favorito, sobre todo a raíz su creciente reconocimiento internacional, de los esbirros del régimen, que volcaron en él todo su odio, acosándolo sin piedad.

Tabúes impronunciables

Cuando ya había publicado varias obras maestras –«Jardín, cenizas» (1965), «Penas precoces» (1970) y «El reloj de arena» (1972), que integran su trilogía «Circo familiar» (Acantilado)–, Kis sacó a la luz en 1976 una magnífica e impresionante novela-collage, «Una tumba para Boris Davidovich», sobre los procesos estalinistas de los años treinta en Moscú. La obra conmocionó no sólo a los lectores de su país, sino a todos los que entonces soportaban el yugo soviético. Lo mismo había sucedido con los libros del ruso Solzhenitsyn o con los de los polacos Herling y Milosz, muy mal recibidos por la crítica oficial de izquierdas en Occidente, que los tachaba de «propaganda derechista». Eran los años en que Sartre había sentenciado que si existen los gulags, los campos de concentración soviéticos, «no hay que hablar de ello».

La Historia, según Kis, pionero a la hora de mezclar literariamente papeles, documentos o engañosas huellas dispersas y fragmentarias, había dejado de ser una incontestable creencia universal y había perdido su estatus único y verdadero, objetivo y «científico», cosa que él relacionaba con el discurso totalitario, para convertirse en algo parecido a una ficción.

«Una tumba…» narraba lo acontecido a una serie de víctimas inmoladas, «arrastradas por el torbellino de la Historia». Protagonizaban los seis capítulos distintos –más uno final dedicado a la Inquisición– varios revolucionarios aniquilados por la misma ideología asesina que habían ayudado a levantar. La particularidad era que todas aquellas historias de terror estalinista tenían como protagonistas a judíos, con lo que Kis traicionaba otro de los tabúes impronunciables de las sociedades comunistas: la presencia permanente de un antisemitismo de Estado, nunca cancelado, que recorría todos los totalitarismos por igual –el nazi, el soviético–, retroalimentándose e imitándose sin cesar, como apuntó Vasili Grossman en «Vida y destino».

Periodistas-escritores-fracasados

Para Kis, los judíos eran, simbólicamente, los parias de la Historia, la indefinición «nacional» ante «las trompetas nacionalistas» y también «una suerte de rebelión latente» ante los intentos de ser absorbido y tener que responder, por obligación, «si eres uno de los nuestros o de los suyos». Así, utilizando las palabras de Freud, lo deja dicho en el magnífico acto de salvación como artista en una sociedad totalitaria, ese «libro de la redención» que es su ensayo «Lección de anatomía», ahora aparecido en español: «Como judío estaba preparado para colocarme en la oposición y para renunciar a la concordancia con la compacta mayoría». Y añade: «Si no hubiera existido la prensa sensacionalista y estos periodistas-escritores-fracasados nuestros, quizá no habríamos llegado hasta este libro».

Una campaña de agresividad inusitada, una verdadera «noche de Walpurgis o caza de brujas» que duró meses –con un claro tufo de antisemitismo, recordó Sontag– fue lanzada por los perros de presa del régimen contra Kis, tras el éxito obtenido con «Una tumba...». Entonces su autor decidió dedicar un brillante ensayo, «Lección de anatomía», a sus zafios inquisidores de «la Cosa Nostra belgradense», como él denominaba a los «escritores oficiales», aquellos de una literatura apoyada y recompensada por el Estado.

En su respuesta, se encontrarían no sólo sus explicaciones ante las acusaciones inventadas de un supuesto plagio, sino una defensa magistral del arte en libertad. También su poética más personal y cosmopolita, que lo unía a autores como Borges, Bruno Schulz, Kafka y Koestler. En el otro lado, en el de los artistas y cómplices del poder, a quienes Kis cita con nombre y apellidos, estarían la estética provinciana y mediocre propia de los regímenes totalitarios, las banalidades y lugares comunes «a lo Bouvard y Pécuchet», o el «Kitsch» realista, sarcástica y paródicamente comentado por este insobornable acusador.

Lección de anatomía

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