Foster Wallace, genio y genealogía
David Foster Wallace, autor de «El rey pálido» o «Both Flesh an Not»
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Foster Wallace, genio y genealogía

Cinco años después de su muerte crece la fama de David Foster Wallace, tan amado como odiado. Un escritor atípico que transforma la literatura norteamericana. Ahora se publica su primera novela

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A la altura del capítulo 9 de «El rey pálido», sucede algo tan inesperado como, al mismo tiempo, esperable. Porque «El rey pálido» es un libro de David Foster Wallace, ergo, ya se sabe, cualquier cosa puede suceder. Ahí, casi llegando a la página cien, irrumpe un fuera de lugar «Prefacio del Autor» que nos informa: «Aquí el autor. Quiero decir, el verdadero autor, el ser humano y viviente sosteniendo el lápiz, no una de esas personas abstractas y narrativas».

¿Y quién era el autor? ¿Qué hacía aquí el autor?

Muchas cosas aparentemente irreconciliables pero, al mismo tiempo, ciertas y fáciles de comprobar. Wallace (Estados Unidos, 1962-2008) como –la etiqueta era suya– un «escritor conspicuamente joven» cuya temática no se apoyaba sólo en «cosas de jóvenes». Wallace como responsable de «La broma infinita», superventas que muchos compraron y no todos leyeron, considerado, ya, clásico instantáneo de su tiempo. Wallace como un revolucionario que amaba a los clásicos. Wallace como alguien capaz de conectar con los más jóvenes, al tiempo que se ganaba el respeto de sus mayores. Wallace como el maldito bendito. Wallace como el ojo para el que todo era interesante porque hacía que todo fuese interesante. Wallace como el muerto inmortal de su generación: capaz de colosales tonterías, así como de la descodificación de las más complejas ecuaciones mentales. Wallace como el muerto más vivo de la actualidad.

El aire que tragó aquel día

Y ahora lo ves, ahora no lo ves, ya no está; pero allí sigue.

«El color de la sangre de David Foster Wallace el día que escuchó esas palabras por primera vez en su cabeza, el título de ese objeto, transmitido en su interior para que se repitiera y repitiera en adelante hasta llenar el aire. El aire o la comida que tragó aquel día, los sonidos, los sonidos casuales que absorbió mientras tecleaba, cualquier cosa que pasó ante sus ojos. Sus manos», evoca e invoca el joven escritor norteamericano Blake Butler en las páginas insomnes de su «Nada» (Alpha Decay). Sí: Butler no puede dormir y, en lugar de contar ovejas, imagina al autor de «La broma infinita» como una entidad todopoderosa pero atrapada para siempre en el «loop» de ese instante muy serio. Instante en el que se le ocurre una de las tantas ideas que alumbraron su obra antes de la definitiva salida sin retorno del suicidio.

Wallace como el maldito bendito. El ojo para el que todo era interesante Butler, está claro, no es el único hechizado. La británica Zadie Smith se refirió a Wallace como a «un auténtico genio… un visionario, un orfebre, un comediante… alguien tan moderno que está en un "continuum" del espacio-tiempo diferente al resto de nosotros… y que quería lectores fieles».

A Zadie Smith la siguen, postradas, extáticas reseñas de firmas estrella a la hora de la ficción (como Hari Kunzru, Richard Rayner, Geoff Dyer, Tom McCarthy, James Lasdun, Joseph O’Neill y que pase el que sigue) y de popes de la crítica profesional como la siempre implacable y difícil de complacer Michiko Kakutani.

En los últimos años han aparecidos meganovelas abducidas por la contundencia y ambición de Wallace. «The Instructions», de Adam Levin, o «Witz», de Joshua Cohen, son, apenas, dos de las encomiables entre varias que defienden las posibilidades más extremas. Y no hay joven escritor «Made in USA» que no sueñe con los muchos templos que se elevaron en vida y los muchos más que se elevan en memoria de la considerada «mente más brillante de su generación».

«San» David Foster Wallace

Incluso uno de los mejores amigos del muerto, Jonathan Franzen, parece poseído por su espectro desde la firme oposición estética a la que se han plegado, en entregas recientes y próximas, los alguna vez más juguetones Dave Eggers, Jonathan Lethem, Michael Chabon y Jeffrey Eugenides. Ben Marcus, George Saunders o el gran Rick Moody serían los últimos valientes y «mosqueteriles» forajidos de la banda. Mientras tanto, la muy sobrevalorada Jennifer Egan lo parodia con cautela o se burla de él con cuidado en «El tiempo es un canalla» (Minúscula).

«La buena escritura debe dar calma a los perturbados», dijoEn la otra orilla del asunto, aquí viene el ácido Bret Easton Ellis –autor de «American Psycho», acaso el título finisecular que más cerca está de ser un incontestable clásico, y quien ya había celebrado en su momento, vía Twitter, la muerte de J. D. Salinger– dispuesto a descuartizar el cadáver joven y bien parecido a golpe de hacha y rugido de sierra eléctrica: «Wallace es el más aburrido, sobrevalorado, torturado y pretencioso autor de mi generación… Un fraude y el mejor ejemplo de escritor masculino y contemporáneo persiguiendo con lujuria una especie de desagradable grandeza para la que, simplemente, no estaba capacitado… Alguien tan conservador, tan ansioso por tener fans, que no puedo sino sentir vergüenza de ese halo de sentimentalidad con el que ahora se lo representa… A «San» David Foster Wallace lo leen los tontos que piensan que intentar leerlo los vuelve más listos de lo que en realidad son». Por su parte, Roberto Bolaño –otro corredor de fondo que se marchó antes de alcanzar su meta– descartó, sin pensar demasiado, «el palabrerío de David Foster Wallace».

Un ser torturado

Entre un extremo y otro, tal vez, esté la verdad absoluta. La respuesta al interrogante de alguien que, en busca de un estilo, encontró un idioma. No literatura de autor o escritor para escritores, sino autor de toda una literatura en la que todos los escritores eran la materia prima para un escritor.

Pero, por ahora, nos quedan las piezas sueltas de un puzle interminable cuya tapa no incluye el paisaje del modelo para armar. Desde que Wallace, a la edad de cuarenta y seis años, decidió acabar con todo el 12 de septiembre de 2008, han ido llegándonos nuevos despachos y pistas acerca de su vida y obra. Como «The Legacy of David Foster Wallace», editado en 2012 por Samuel Cohen y Lee Konstantinou, donde coinciden densos textos académicos con sentidos tributos de colegas como Don DeLillo, George Saunders, Rick Moody, Dave Eggers y Jonathan Franzen.

Jennifer Egan lo parodia con cautela en «El tiempo es un canalla» (Minúscula)Detrás de «The Legacy of David Foster Wallace» vienen «This Is Water», de 2009, el legendario y epifánico discurso de bienvenida a los alumnos del Kenyon College en 2005, y donde Wallace previene con modales de gurú a los jóvenes acerca de «la escencial soledad de la vida como adultos» y les confía: «Estoy seguro, chicos, de que ahora ya saben lo extremadamente difícil que es mantenerse alerta y concentrado en lugar de ser hipnotizado por ese monólogo constante dentro de sus cabezas. Lo que todavía no saben es cuántos son los riesgos en esa lucha»; «Fate, Time, and Laguage: An Essay on Free Will» (2010), su precoz y avanzada tesis universitaria de mediados de los 80; los ensayos dispersos de «Both Flesh and Not» (2012; este año en Mondadori); y, por supuesto, la novela inconclusa –pero, de algún modo, completa– «El rey pálido» (2011, Mondadori), recibida en su día como Gran Nuevo Testamento y Nueva Gran Novela Americana.

Wallace también se muestra como un celoso/ envidioso de cuidadoHay que sumar a lo anterior la reciente biografía medular, sintética y nada wallaceana «Every Love Story Is a Ghost Story: A Life of David Foster Wallace», que publicará Debate este 2013, donde el genio aparece indistintamente como un hijo brillante de padres complejos; un ser torturado por sus depresiones y adicciones; un hijo dilecto de la era audiovisual obsesionado con la palabra escrita; un compulsivo del control y del correcto uso del inglés; y un lector voraz moviéndose con igual energía entre lo clásico y críptico y los más cursis y populares manuales de autoayuda, sin por eso privarse de admirar a Tom Clancy.

Paso al frente y «best seller» impensable

También se muestra como un metódico mascador de tabaco; un sincero mentiroso (no era tan buen jugador de tenis como decía); un temprano apreciador del rap; un celoso/envidioso de cuidado; un votante de Reagan y simpatizante de Perot (que luego odió a George W. Bush); un vampiro de las historias y vidas de amigos y conocidos, que procesaba en sus ficciones; un acosador más sentimental que sexual para sus muchas relaciones (llegó a planear el asesinato de la pareja de una de sus novias; aunque, como le comentara a Franzen, «mi único propósito en la Tierra es meter mi pene en la mayor cantidad de vaginas»); y, mientras se sometía una y otra vez a sesiones de electrochoque para finalmente dejar los medicamentos que lo mantenían estable pero le impedían pensar por escrito, un escritor diferente que marcó una diferencia.

Wallace recomendaba tragos largos de notas al pie, antidepresivos, filosofíaNo nos engañemos: la «diferencia» de Wallace está en los orígenes de la gran literatura de su país y forma parte inseparable de su ADN. Ahí donde nada y ataca la polimorfa y perversa «Moby-Dick» (en su momento, considerada como el delirio de un loco). Y a partir de ahí, toda una escuela que se presenta y se ofrece como Historia alternativa y lateral de las letrasen la que, de tanto en tanto, como en el caso de Wallace, alguien da un paso al frente y se convierte en protagonista absoluto y «best seller» impensable.

Así, tenemos a Melville al costado de Hawthorne y de Twain; al último Henry James como agujero negro de los fulgores de Edith Wharton; a Nathanael West y las piruetas formales de Gertrude Stein y John Dos Passos junto a la tríada real de Hemingway/Faulkner/Fitzgerald; a James Purdy como versión «freak» de Truman Capote; a Kurt Vonnegut como opción de campus para Salinger; al sinuoso Harold Brodkey como antídoto para tanto relato en línea recta «de familia»; y a Donald Barthelme insertándose como inesperado polizonte de moda en las páginas de « The New Yorker» para acabar siendo arrojado por la borda a la invernal isla desierta de su descontento, donde siempre se espera el redescubrimiento de los que vendrán.

La periferia de prestigio

Flujos y reflujos a la ficción «conservadora» de los grandes escritores para revistas, primero, y al minimalismo y realismo sucio, después. En ese grieta se ubica y se ocupa lo que puede considerarse el linaje del que surge Wallace: el expansivo William Gaddis primero, que estalla casi en secreto como una suerte de mutación culta y sedentaria del aluvión «beatnik» con ese hito que es, en 1955, «Los reconocimientos» y, después, el Nabokov americanizado de «Pálido fuego», Tomas Pynchon y los llamados «superficcionalistas» de los 60 y 70.

Es un momento tan fecundo como breve; porque casi enseguida llega Raymond Carver a poner las cosas no en su sitio, pero sí en otra parte. Y sólo permanecen, en la periferia de prestigio, contadas excepciones como Stephen Dixon, Lydia Davis, el David Markson muy celebrado por Wallace y algún experimento casual (ni los titanes Mailer y Updike y Roth se privaron de ello), en un paisaje dominado por historias sencillas, urbanas, iniciáticas, de jóvenes muy desesperados por encontrar la generación perdida que los contenga.

«Soy el único "posmoderno" que conocerás que reverencia a Tolstói», dijo a McCaffery En este marco, la irrupción de Wallace en 1987 resulta especialmente interesante como aberración sorpresiva, pero no del todo. Desde tiempo atrás gente como Don DeLillo y Cormac McCarthy venían haciendo equilibrio en la fina línea que separaba el experimento de vanguardia de la experiencia clásica. Y pronto llegarían Mark Z. Danielweski y Jonathan Safran Foer.

Wallace –con ese «look» de tenista «grunge» y su casi metro noventa de estatura– aporta cierta novedad y frescura al modelo «young american writer». Si su inmediata encarnación muy publicitada (Jay McInerney y el ya citado Ellis, entre otros) era la de narradores «de acción» que habían sacudido el cóctel de drogas y dinero y «rock and roll», Wallace –como pensador especialmente descollante a la hora de la exhaustiva crónica periodística– recomendaba tragos largos de notas al pie, antidepresivos, filosofía y disfuncional y concreto «muzak». Alguien que deseaba que su escritura provocase una «sensación de tornado» en el lector. Años después, su muerte temprana y autoprovocada es el ingrediente fatal que redondea una fórmula irresistible.

Los años perdidos y los últimos días

Dos libros –traducidos por la más que digna de encomio y flamante editorial malagueña Pálido fuego, el resto de Wallace está en Mondadori– aumentan y potencian ahora la foto por siempre movida pero cada vez más detallada e impresionante de su figura. Por un lado tenemos «La escoba del sistema», su primer libro y novela; por otro, el indispensable «Conversaciones con David Foster Wallace» (editado por Stephen J. Burn), que incluye diecinueve diálogos más el indispensable «necroperfil» «Los años perdidos y los últimos días de David Foster Wallace», a cargo de David Lipsky.

Aporta frescura al modelo «young american writer»Leída en su momento, 1987, resultaba imposible no calificar al Wallace de «La escoba del sistema» –su tesis de graduación en Literatura y Filosofía– como el examen final del más aventajado alumno de Pynchon. Leída hoy, se nos reaparece allí como un aprendiz «summa cum laude» del Wallace que, con los años, domesticó la verborragia, dotándola de significado. «La escoba del sistema» es, también, el primero de los tres actos de una trayectoria dentro de la novela de ideas, de ideas fijas y de ideas sueltas. Arco que continuaría con «La broma infinita» (1996), hasta dejarse caer con la más reflexiva y melancólica apología del aburrimiento como «bella arte» impositiva de «El rey pálido» (2011).

Por su parte, el felizmente subrayable hasta el hartazgo «Conversaciones con David Foster Wallace» nos ordena una panorámica desde 1987 hasta 2005 de alguien que decía «sentirse fatal» frente a los micrófonos pero que, una vez allí, lo daba todo al reportero. Incluso, repuestas con todo el «look» de haber sido muy bien ensayadas frente a un espejo. Burn reúne aquí lo mejor de lo que Wallace dijo sobre sí mismo, sobre lo suyo, y sobre lo de otros que consideraba parte suya inseparable.

Murió de aburrimiento

Hay que destacar la ya legendaria charla con Larry McCaffery en 1993, en la que casi se puede percibir el chisporroteo de neuronas mientras las ideas ocurren y se le ocurren a Wallace y sus constantes y autoflageladoras confesiones, como la de sentirse «un exhibicionista que quiere ocultarse pero no lo logra». «Me siento de unas treinta y cinco maneras diferentes», añadió. Tenía claro que «muchas cosas que llevan la R mayúscula del Realismo simplemente me parecen un tanto malas, porque obviamente el realismo es una ilusión del realismo». ¿Más declaraciones? «Soy el único ‘‘posmoderno’’ que conocerás que reverencia a Tolstói» o «La narrativa mueve montañas o es aburrida; o mueve montañas o se sienta sobre su propio culo».

Wallace, con los años, domesticó la verborragia, dotándola de significadoEn una de sus elegías, Jonathan Franzen llegó a la conclusión y diagnóstico post mórtem de que «David murió de aburrimiento». Bloqueado por su ambición y sintiéndose reducido por tanta pastilla, «decidió no volver a tomar Nardil… Cuando se apagó su esperanza en la ficción, no tenía más escapatoria que la muerte».

Es una hipótesis tan atractiva como sombría. Pero tal vez habría que suplantar «aburrimiento» por «frustración» o por la súbita consciencia de pensar que no se arribará a donde se quería arribar, que al final el cielo era el límite.

En lo que a sus seguidores se refiere, Wallace explicó sus intenciones con claridad sintética en una entrevista: «Yo tuve un profesor que me caía muy bien y que aseguraba que la tarea de la buena escritura era la de darle calma a los perturbados y perturbar a los que están calmados».

Misión cumplida.