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Javier García Sánchez salva a Robespierre

Día 26/11/2012 - 11.48h
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Un asesino de masas que nunca lo fue. Así nos presenta Javier García Sánchez a Robespierre en su nueva obra. Una novela total cargada de ambición

De no ser porque tengo los dos libros sobre mi mesa, se hace difícil creer que en el espacio de unos días haya coincidido en las librerías la publicación de dos libros importantes sobre la figura del revolucionario Maximilien Robespierre (1758-1794): la eficaz aunque discreta biografía de un historiador australiano, Peter McPhee, especialista en la Revolución Francesa, y la asombrosa y largamente esperada novela del escritor Javier García Sánchez. Ambos libros titulados sucintamente Robespierre, como si la mera invocación del apellido de un hombre fuera suficiente para abrir la mente del lector a un mundo de sugerencias históricas.

Así es, en efecto: basta decir Robespierre e inmediatamente pensamos en autoritarismo, frialdad, violencia, Terror, guillotina, sangre. Es como nombrar a una especie de Anticristo: la simple mención de su nombre estremece. ¿Pero fue realmente así? ¿Qué parcela de responsabilidad le cupo a Robespierre en los millares de ejecuciones ocurridas entre 1793 y 1794, el año del Terror, justo cuando, muerto Marat, él era el máximo responsable de los jacobinos?

«Durante un tiempo su nombre se convirtió en muñeco de trapo colgante con el que los espadachines practican, descargando tensión y a saber qué más, por ejemplo, bilis, antes de sus lecciones de esgrima», se lee en la novela de García Sánchez. Lo cierto es que la muerte de Robespierre vino a coincidir con el final de la etapa más cruenta de la Revolución. ¿Tiene sentido, pues, vincularla a su corta existencia?

Personajes grandes y pequeños

Peter McPhee propone en su Robespierre (Península) una revisión del intelectual y jurista que fue saco de todos los golpes cometidos a la ética revolucionaria: los linchamientos, crímenes y desmanes causados no solo contra la nobleza, poseedora hasta entonces de abrumadores privilegios, sino contra honestos campesinos y ciudadanos que tuvieron la desgracia de cruzarse en el destino de quienes manejaron a partir de 1789 los hilos de la venganza política y personal. Pero digamos que la propuesta del historiador queda barrida, en este caso, por la del novelista en su prodigiosa recreación del París revolucionario y de los personajes, grandes y pequeños, que lo protagonizaron.

Aunque soy consciente de que decir esto, en el caso que nos ocupa, es como no decir nada. De otra manera: no conozco una novela histórica de la ambición del Robespierre de García Sánchez: porque si bien al principio, con la llegada a París de quien será el hilo conductor del relato, un joven provinciano llamado Sebastien, puede recordar a una novela impresionista, de sensaciones, como El perfume, del alemán Patrick Süskind, muy pronto se percibe la ambición que late en todas y cada una de sus mil doscientas páginas de llevar a cabo una novela total.

De modo que García Sánchez rescata con vehemencia a Robespierre de los zarpazos de la Historia reintegrándolo al lugar que le corresponde, a la luz de consideraciones que apenas se hicieron hasta ahora. La fundamental es casar su ejecución, el 28 de julio de 1794, con el golpe de Estado llevado a cabo el mismo día por la Convención Termidoriana.

El 9 de Termidor

No es que Francia, con la muerte de Robespierre, se librara de un hombre sanguinario, adicto a la crueldad, sino que aprovechándose de su falta de astucia, sus enemigos, la gente taimada que siempre sabe mantenerse en un engañoso y turbio segundo plano, le destruyeron (a él y al joven Saint-Just), beneficiándose de sus frutos y reservándole las heces que ellos mismos habían ocasionado. Es decir, que no solo el virtuoso y entristecido Robespierre no fue la cabeza del Terror, como tanto se ha escrito, sino que se convirtió en su gran víctima. Su mayor error fue aspirar al poder moral que podía ejercer en el pueblo llano, en lugar de dirigir los esfuerzos de su lucha a la obtención del poder político. García Sánchez analiza aquellos hechos apasionantes desde muchos puntos de vista, en sucesivos asedios que recuerdan la técnica musical de la fuga. Él mismo lo señala en un sorprendente post scríptum que desarrolla la hermenéutica histórica de la novela que acaba de escribir.

En todo caso, es en este último capítulo donde el lector confirma el objetivo ético –el estético está más que logrado– perseguido por el extraordinario y obsesivo novelista que es Javier García Sánchez: demostrar, a través de una figura tan calumniada como Robespierre, que la Historia nos ha llegado amordazada desde aquel decisivo 9 de Termidor (o 28 de julio), cuando cayeron los hombres que merecían vivir y triunfaron los que debían seguir permaneciendo en las cloacas: «Mi teoría es que el 9 de Termidor empezó a funcionar nuestro sistema».

Un sistema que, para García Sánchez, lo abarca todo, por supuesto la política y también la cultura, cuya falta de rigor científico, manejando tópicos que apenas tienen que ver con lo que de veras ocurrió, a veces da miedo. He aquí la historia de un asesino de masas que nunca lo fue, escrita maravillosamente.

Robespierre

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