Catherine Deneuve en el Festival de Cannes
Catherine Deneuve en el Festival de Cannes - afp
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Una Catherine Deneuve de juzgado de guardia abre el Festival de Cannes

El japonés Kore-Eda empieza la competición con un exquisito aroma Ozu

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A media mañana aún estaban planchando la alfombra roja del Gran Teatro Lumière para la inauguración del Festival, papeleta que le tocó leer a la película «La tête haute», de Emmanuelle Bercot. Y aún faltaban horas para el comienzo y, frente a la escalinata, como todos los años, plantaron sus sillas y escaleras una multitud de pacientes personas con el doble objetivo (el de la cámara y el propio) de enfocar a toda estrella o aledaños que apareciera por allí.

La mayor estrella de la función era Catherine Deneuve, casi protagonista de la película de inauguración, en la que interpreta un personaje que le pega tanto como el mocho de una fregona: es la eficaz juez de un tribunal de menores. El auténtico protagonista de la película es un chiquillo complicado (un demonio, en realidad) al que sigue la historia desde los seis años hasta los dieciocho…, un itinerario en el que Emmanuelle Bercot consigue tanta implicación del espectador como si le hubieran invitado a desatascar los baños del Palacio del Cine, a pesar de que pinta a su pequeño monstruo con los mejores tintes del cliché, familia desestructurada, madre con cabeza de chorlito, ambiente descorazonador…, y la constante vigilancia de la jueza Deneuve, con su gesto perpetuo de que a alguien próximo le ha abandonado el desodorante.

Gritos y tanganas

Se repite muchas veces la misma escena de juzgado, con el niño, la madre, el educador y la juez, todos entre gritos y tanganas, pasan los años en la historia, los muchos minutos en el filme, pero los personajes siguen el curso previsto. En fin, unos años se inaugura Cannes con una película grande, otras con una gran película y otras, como este, con una película larga larguísima.

Y hubo tiempo también ayer para ver la primera película en la competición por la Palma de Oro, «Unimachi Diary» (o «Notre petite soeur» en la traducción francesa), del japonés Hirokazu Kore-Eda, que es igual de larga pero también grande y gran.

El cine de Kore-Eda, siempre apabullante de emoción, es un magnífico detector de ese barullo de hilos invisibles que unen a la familia, y en esta película los localiza y los tensa en la relación de tres hermanas que acogen a su pequeña hermanastra a la muerte de su padre largado hace algún tiempo.

A la manera del gran Ozu

No es superfluo decir que Kore-Eda tiende a Ozu con enorme precisión narrativa, climática, sentimental y de mirada, y recoge el tiempo de la vida de sus personajes como con una cucharilla que merece ser paladeada. Hay encanto en el pequeño relato de intimidades y hay exquisitez y fascinación en el modo tan sutil con el que esas hermanas se van despojando de sus sentimientos e intercambiándolos sin palabras delatoras ni gestos frondosos, sin tocarse con apenas nada más que las miradas y la complicidad. Los trenes, el interior de las casas, el respeto a los mayores y sus tradiciones, el licorcillo amargo del deber a los tuyos, las miradas al mar, a la flor de los cerezos, al tiempo que huye, a la primavera temprana y a los otoños tardíos…, de eso está empapada la película de Kore-Eda, o sea, de exactamente lo mismo con que las empapaba Ozu.