Carlos Saura: «Es un error considerarme un director de metáforas»
Carlos Saura, en una imagen tomada esta semana en su casa de Collado Mediano, en la Sierra de Madrid - Jose Ramon Ladra
entrevista

Carlos Saura: «Es un error considerarme un director de metáforas»

El director de cine acude hoy al Festival de Cine de Málaga para recoger la biznaga a la Película de Oro concedida a «La prima Angélica», filme que cumple 40 años

Actualizado:

A Carlos Saura, aragonés y cineasta (y fotógrafo, y escritor, y músico frustrado), siempre se le ha considerado algo así como el palo largo del cine español; en fútbol, el palo largo de una portería es el que está más alejado del balón, pero en cine ese palo largo vendría a ser el más asombroso, al que hay que lanzar la pelota, la idea, con un efecto tan especial que, cuando entra, uno, en vez de gritar ¡gol!, se echa las manos a la cabeza y se asombra silenciosamente.

Y ése es el gesto y el ritual que produce el ver a José Luis López Vázquez en «La prima Angélica», que interpreta al Luis adulto que regresa al pueblo de su infancia y al Luisito niño entre el sentimiento y los resentimientos hacia su prima Angélica. Y esa interpretación de niño que hace un López Vázquez ya calvo la considera el propio Saura como «el invento» de la película, pero cualquier otro la podría considerar como «la audacia», «la temeridad» o «el milagro».

«Me considero un músico frustrado, pero también un fotógrafo»Ahora se cumplen cuarenta años del estreno de «La prima Angélica», esa película que paladea los recuerdos como si fueran fresas salvajes, y es la Película de Oro de la decimoséptima edición del Festival de Cine de Málaga, que se acaba de inaugurar. Un homenaje a la película y a su director que lo lleva hoy a la ciudad andaluza y que le permite también a él sumergirse en ese mundo de la memoria que es la esencia de «La prima Angélica».

«En realidad −dice Carlos Saura-, no hay apenas dosis autobiográficas en “La prima Angélica”, aunque si un detalle crucial en mi vida mezclado con recuerdos e imaginaciones. Tiene que ver con la muerte de mi abuela, a la que hubo que enterrar lejos de su tierra, Huesca, y lo que un día me dijo mi madre, que se le había aparecido en sueños y le pidió expresamente que la enterraran donde debía, y así lo hicimos, finalmente la llevamos a enterrar a Huesca».

Amor por la fotografía

Pero Carlos Saura no sólo explica la médula de algún pasaje de su película, sino también los motivos de su «invento» y por qué José Luis López Vázquez interpretó al niño de la historia; algo que hace no sin antes alabar la enorme capacidad de ese actor para esa imposible empresa. «Todo tiene que ver con mi amor por la fotografía; si no fuera por las fotos, no sabríamos realmente cómo hemos sido... Yo pienso en mí de niño y en mi recuerdo no aparecería otra imagen mía que la actual si no fuera porque las viejas fotografías me han mantenido en mi memoria aquella imagen de mí mismo. Serían recuerdos de niño con tu rostro adulto».

«Para sacar adelante “33 días” he contado con la ayuda y el entusiasmo de Antonio Banderas»Antes de hablar de su caudal de cineasta clásico, Carlos Saura enumera la increíble actividad de su presente, pues, además de fajarse con la producción de «33 días», una película que escribió junto a Elías Querejeta y que detalla ese tiempo transcurrido entre que le llega el encargo a Picasso y hace el Guernica, prepara un nuevo musical en Argentina sobre la riqueza musical del Oeste del país, y le da forma a un proyecto para rodar en la India, con guión de Fernando Colomo, y que trata sobre los vínculos del flamenco con la música india del norte de Rajastán: «Hemos tenido muchos problemas para sacar adelante “33 días”, pero tengo los derechos sobre el guión y cuento con la ayuda y el entusiasmo de Antonio Banderas para poder realizarlo».

Sobre el cuenco lleno de su filmografía y sobre esa idea tal vez preconcebida de «cineasta del palo largo», Carlos Saura tiene su propia opinión: «Yo creo que es un gran error el considerarme un director de metáforas, aunque sí he tenido que parapetarme en ocasiones, y por las circunstancias, en un cierto simbolismo; pero siempre he tenido la tendencia, como cineasta, a poner los pies en el suelo y creo que hay una enorme variedad en mi filmografía, muy híbrida, y compuesta por títulos tan diversos como “Ay, Carmela”, “Buñuel y la mesa del Rey Salomón” (una película muy incomprendida, matiza), o toda la serie de musicales o esas otras más de género, como “Deprisa, deprisa”, “Dispara”, “Taxi” o “El séptimo día”. En realidad, pienso que siempre he hecho lo que realmente he querido, aunque siempre bajo el influjo del azar y la necesidad de la que hablaba Jacques L. Monod, porque uno vive de milagro».

Trayectoria

En un somero repaso por sus películas aparecen todos esos nombres del gran cine español recubiertos de mitología, como Elías Querejeta, con quien comenzó a trabajar en «La caza», una obra maestra aún por decidir si del realismo o del surrealismo, y que tiene polvillo de western: hasta el propio Sam Peckinpah le confesó una vez, durante un rodaje al que acompañó a Geraldine Chaplin, la influencia que había tenido «La caza» en su modo de ver y hacer el western. Y su trayectoria con Querejeta abarca dos décadas que pusieron el sello a un estilo y a un lenguaje que dieron como fruto algunas de las películas más importantes de la historia del cine español, donde se definen claramente las señas de preludio, ocaso y transición desde una perspectiva más sociológica que política. Títulos como «El jardín de las delicias», «Ana y los lobos», «Cría cuervos», «Los ojos vendados», «Elisa, vida mía», la mencionada «La prima Angélica» y la crepuscular «Mamá cumple cien años».

«Siempre he hecho lo que realmente he querido, aunque siempre bajo el influjo del azar»Otro de sus nombres clave es Rafael Azcona, con quien tramó algunos de estos títulos, y del que explica algo de la naturaleza de su relación con una anécdota: «Rafael era un prodigio, pero muy suyo, tan suyo que a la vuelta del Festival de Cannes, y habiendo ganado el Premio Especial del Jurado con “La prima Angélica”, se enfadó conmigo hasta el punto de que dejamos de trabajar juntos. Sostenía que yo defendía en la película a una mujer que no lo merecía. Y así fue, no volvió a trabajar conmigo hasta que nos juntó muchos años después Andrés Vicente Gómez para “Ay, Carmela”. Y porque me empeñé yo, que sabía exactamente el valor de tener a Azcona al lado. Muy suyo, sí, pero volvimos a trabajar juntos y la verdad es que lo pasamos muy bien».

Nombres de « actores irrepetibles», y menciona a Fernando Fernán Gómez, a Paco Rabal, a Fernando Rey, a José Luis López Vázquez. Y nombres de grandes directores de fotografía, como Luis Cuadrado, Teo Escamilla, José Luis Alcaine, Vittorio Storaro... «Yo me considero un músico frustrado, pero también un fotógrafo (..., y habla de sus fotosaurios, de sus exposiciones y de su pasión por ella...). Para mí la fotografía es una pasión, pero también un ejercicio que hago a diario. Me ayuda a mantenerme en la práctica y en los secretos de la imagen, y con ella he aprendido la necesidad y la facilidad de ver, además de que me ha servido para mantenerme en activo y a ritmo de la velocidad técnica con que se mueve el cine. Y la relación que he mantenido siempre con estos grandes directores de fotografía ha sido muy cercana, muy activa y participativa, con un constante intercambio de ideas y de pautas».

Paco de Lucía

En cuanto a su confesión de músico frustrado, Saura, que podría presumir de una apabullante aportación ética y estética al cine musical, lo achaca a ese «flashback» recurrente de cualquiera de sus películas. «Mi madre era pianista, y me contagió el amor por la música clásica y muy especialmente la romántica. Pero me he tenido que conformar con mi contribución cinematográfica y el placer de irlas escuchándolas y conociéndolas... (... Y habla del flamenco y del personaje de Paco de Lucía, «un talento enorme para la guitarra flamenca y un visionario para fusionarla con otras músicas y darle renombre mundial»).

Aunque en alguna ocasión se ha querido ver en Saura un atisbo de Bergman, el director lo ve lejos de sí: «Más al norte, otra cultura, otro mundo muy alejado del mío, aunque en una ocasión tuve la oportunidad de hablar con él, y me dijo que había visto “Ay, Carmela” y que le había gustado mucho. Pero yo, en realidad, me siento más cercano a una idea de Buñuel, y no sólo porque los dos seamos aragoneses».

Y hoy le aguarda a Carlos Saura la satisfacción de ver cómo le dan otro baño de oro a una de sus películas más grandes y polémicas, que mantuvo a la intelectualidad y a los retales del régimen rascándose la cabeza y en esa tarea tan enojosa y de retaguardia de buscar el código adecuado para descifrarla. Placeres de la vanguardia.