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Gil Parrondo: «Cuando hay talento funciona una película»

El laureado maestro español (dos Oscar, cuatro Goyas...), en activo a sus 92 años, protagoniza un documental que ayer llegó a la cartelera

Gil Parrondo: «Cuando hay talento funciona una película»
Gil Parrondo, en su casa - JAIME GARCIA
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Atravesar la puerta del domicilio madrileño de Gil Parrondo (1921), significa entrar en un templo dedicado al cine. Estatuillas de los Oscar y de los Goya se mezclan con decenas de carpetas y dibujos, libros y dedicatorias, que recorren buena parte de la historia de nuestro séptimo arte. El decorador veterano del cine español –le gusta que se le llame así, no escenógrafo o director de arte– sigue en activo a sus 92 años, y acaba de protagonizar el documental «Gil Parrondo, desde mi ventana», que desde ayer se puede ver en los cines.

¿Cómo se lleva con los premios y con los homenajes?

–Me gustan mucho. Uno no trabaja para eso, por supuesto, pero cuando me dan uno... ¡estoy encantado! Aunque hay premios y premios. Los Goya que tengo me gustan mucho, claro, pero el primer Oscar que vino –que era el primero que venía a España– me emocionó mucho más.

¿Cómo recuerda el día en que le dieron el primero de sus dos Oscar?

–Estaba en la Costa Brava rodando una película, y me llamó mi mujer a las cuatro de la mañana para decirme que le había llamado una amiga de Nueva York, que acababan de darme el Oscar. Me parecía imposible. Claro, no pude dormir. Me desvelé y recuerdo que me fui paseando hasta la playa de S’Agaró. Estuve allí solo, al amanecer, llorando de emoción.

Su admiración por Hollywood comenzó de niño...

–Aún tengo por aquí mis carpetas, llenas de recortes que hice antes de la guerra. Sentía una cosa especial por los decorados. Recuerdo aquellas películas musicales tan maravillosas de Fred Astaire y Ginger Rogers, como «Sombrero de copa». Pasé los tres años de guerra aquí en Madrid, y había bombardeos, la muerte estaba muy cercana. Sin embargo, era raro el día que no iba al cine.

¿Aún utiliza esos recortes?

–Sí. De repente me acuerdo de algo y digo: «¡Hombre! Aquella película...». Empiezo a buscar y cuando lo encuentro es un placer maravilloso. Entonces ir al cine era un misterio, otro planeta. ¡Y Hollywood estaba en otra galaxia! No tenía nada que ver con el Madrid de ese momento. Ahora todo se ha acercado mucho, un chaval puede ver a su estrella favorita en la Gran Vía. Aquello era un misterio terrible, era encantador.

¿Y cómo comenzó a trabajar en el mundo de sus sueños?

–Fue en Aranjuez, en 1939, en una película que se llamaba «Los cuatro robinsones». Allí conocí a Sigfried Bürmann, de quien fui ayudante muchos años... y de quien aprendí todo lo que necesitaba para empezar mi carrera.

¿Qué importancia tuvo para nuestro cine el aterrizaje de Hollywood en España?

–Fue un sueño hecho realidad. Recuerdo que una de mis primeras películas fue «Tres historias de amor», con Joan Fontaine. ¡Era la actriz de «Rebeca»! ¡Pensar que venía aquí, a España! Era como flotar en el aire. Y vinieron más, como George Sanders o Zsa Zsa Gabor.

La lista de estrellas con las que ha trabajado es interminable: Ava Gardner, Charlton Heston, Sofía Loren...

–Quizá el actor que más me impresionó fue Boris Karloff. Era el actor de «Doctor Frankenstein». Aquel monstruo me quitó el sueño durante meses, y sin embargo tenía algo que me atraía. De repente me encontré con él, trabajaba en una película para la que estaba haciendo los decorados. El día que le di la mano no se me olvida. Siempre decía que yo sabía más de sus películas que él.

¿Qué recuerda de su trabajo en «La caída del imperio romano» o en «55 días en Pekín»?

–Eso pertenece a una de las épocas más gloriosas de mi vida, en la que trabajé para Samuel Bronston. Fue un premio poder trabajar con los técnicos de Hollywood, eran de primera calidad. Y pude hacer los decorados sin tener límites. Lo que pedía el guión se hacía, no había un «esto es muy caro y no se puede hacer». Si algo no está bien en estas películas –desde el punto de vista de la decoración– es por culpa nuestra, pero nunca porque hubiera un límite para gastar.

O sea, que todo lo que se ve en la pantalla es real...

–Absolutamente todo. Por ejemplo, en «La caída del Imperio Romano» era todo a tamaño natural. No había una sola maqueta, todo auténtico. Hasta las partes altas de los templos. Hoy en día es una cosa casi absurda. Pero entonces, con la libertad que había, aquel decorado se podía rodar desde todas partes.

¿Cómo es trabajar con José Luis Garci?

–Es el director con el que más películas he hecho, y tenemos una amistad de muchos años. Es un hombre al que admiro mucho. Vive el cine desde que se levanta hasta que se acuesta. Algunas de sus películas son maravillosas, otras no tan buenas, pero todas están hechas con el mismo rigor. A José Luis le pasa como a mí, que es un hombre joven.

¡Joven a sus 92 años!

–Ahora mismo cojo un taxi, y cuando le digo al taxista que tengo 92 años, me dice: «¡Es imposible!». Es cierto que, afortunadamente, estoy bastante bien. Y a José Luis Garci le pasa lo mismo.

Y sigue trabajando. ¿Cómo va el proyecto de «33 días»?

–Es una película que va a dirigir Carlos Saura y que no acaba de arrancar. No sé qué pasa. Pero estoy en ello, es una historia sobre el «Guernica», sobre lo que representa el cuadro para el mundo como símbolo de la no violencia, de la libertad y en contra de las guerras. Carlos es un hombre maravilloso, que nos ha dado grandes películas.

Es que el cine español anda revuelto.

–Es triste, pero pensemos que es una rueda que va dando vueltas. A veces está arriba, a veces está abajo, y con esto va a pasar como siempre ha pasado. ¡Se habló de la crisis del teatro antes que de la del cine! Pero luego viene una obra buena y funciona de maravilla. Porque lo importante es el talento. Al margen de las situaciones financieras, de las que yo no entiendo, cuando hay talento y se pone en una película, funciona.

¿Cómo ve a sus sucesores, a los decoradores de hoy?

–Casi todos empiezan en la televisión, y es una escuela maravillosa. Porque se hacen muchos decorados. Se parece a lo que ocurría en la época de CIFESA, cuando se hacían tantas películas. ¡Pasábamos de la Edad Media a una historia futurista! Los jóvenes están haciendo los decorados muy bien.

¿Y qué le queda por hacer?

–Cuando se pasa de los noventa años... ya son muchos años. Yo no quiero estar sentado en un sillón de orejas removiendo leche caliente. Eso no lo quiero. Todos los días me voy a la calle, salgo a hacer mi paseo por la mañana y por la tarde. Tengo una hija médico, la mayor de los cuatro que tengo, y ella me prohíbe estar en casa.