Albert Le Lay, el espía que combatió a Hitler desde Canfranc
El viejo pasaporte de Albert Le Lay - abc

Albert Le Lay, el espía que combatió a Hitler desde Canfranc

Un documental cuenta cómo el jefe de estación ayudó a escapar a cientos de judíos

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Si Casablanca tuvo su Rick’s Café, Canfranc tuvo -a pocos pasos de la estación de tren- su Fonda Marraco. «Allí se daban cita “pasadores”, judíos que estaban debajo del mostrador, nazis que iban a llamar a sus mandos, los transportistas del oro suizo... ¡y nadie sabía quién era quién!», dice José Antonio Blanco, uno de los impulsores de esta historia en forma de documental. La película retrata cómo era la localidad pirenaica durante la Segunda Guerra Mundial. Por allí pasaba el tráfico ferroviario que conectaba la Francia ocupada con la España «reconquistada» por Franco. Y el guardagujas, el jefe de la Aduana francesa, quien hacía y deshacía, se llamaba Albert Le Lay.

Quizá por eso, por esa omnipotencia que lo llevó a resultar clave tanto para el nazismo como para la Resistencia francesa, el documental de Blanco ha heredado el apodo con el que era conocido en la zona: «El rey de Canfranc». Le Lay quiso combatir a comienzos de la guerra contra los alemanes, pero el alto mando de la resistencia le pidió que permaneciese allí, al frente de la estación, porque podía resultar mucho más útil para la lucha antinazi. Y desde Canfranc jugó su doble papel: por un lado permitía el transporte de oro y wolframio entre Hitler y Franco; por otro, facilitaba que cientos de judíos huyesen a España y que los mensajes del espionaje resistente llegaran hasta Londres vía Madrid.

José Antonio Blanco forma parte de un grupo de trabajadores de Televisión Española que, en el año 2000, quisieron huir de la rutina y contar una historia que les llamaba poderosamente la atención: «Siempre habíamos hablado de la estación de Canfranc, y aquel año alguien encontró en el suelo de la estación unos papeles que hablan del tráfico de oro. Nos pusimos a investigar... y apareció el nombre de Albert Le Lay». El equipo se puso en contacto con la hija, que derivó la llamada al nieto del jefe de estación. «Aparentemente les convencí de que la figura de mi abuelo valía la pena... quizá porque hablé con pasión de él, en tanto en cuanto soy su nieto», afirma con orgullo Víctor Fairén.

Este profesor universitario conoció a Le Lay hasta sus 35 años, y daba largos paseos con él por San Juan de Luz. «Sabía que mi abuelo había tenido una faceta pública muy importante, pero nunca me hice una imagen pública de él, porque nunca lo manifestó así... solo hubo insinuaciones. No le interesaba hablar conmigo o con su familia de esa faceta pública, solo sobre cosas anecdóticas». Cosas que, convenientemente entrelazadas, construyen una vida apasionante. En el documental escuchamos muchos testimonios de personas ya nonagenarias, que relatan cómo Le Lay organizaba las huidas en los trenes, e incluso provocaba apagones en la estación para que los nazis no vieran a los judíos.

«Mi abuelo fue una persona de acción que nunca quiso ser una persona de acción, sino que quería tener una vida intelectual contemplativa. Esa fue su gran contradicción», asegura Fairén. «Es para hacer una ficción tipo 'La lista de Schindler'», afirma el director.