Críticas de los estrenos del 15 de febrero
Catherine Zeta-Jones y Russell Crowe, en una escena de «La trama» - abc
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Críticas de los estrenos del 15 de febrero

«La trama», «La jungla: Un buen día para morir», «Dos días en Nueva York» y «Un plan perfecto», novedades de la semana

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«LA TRAMA» **

OTI RODRÍGUEZ MARCHANTE

El único problema de esta película surgirá luego, después de verla, cuando sea prácticamente imposible fijarla en la memoria sin que se empaste con otras muchas de similar argumento y factura, y por supuesto título, pues traducir en «La trama» lo que en original es «Broken city» es también una invitación al empaste. Es un thriller que expone sobre el tapete la corrupción, los intereses urbanísticos, la pelea por el poder y algún ligero síntoma de honradez mezclado con el fango; el pulso es de lo más exótico, pues se produce entre el alcalde de Nueva York, que interpreta cargado de kilos y de «tics» Russell Crowe, y un policía de tres al cuarto que encarna Mark Walhberg, actor al que le acabarán dando una placa honorífica por su devoción al Cuerpo.

Allen Hughes (director de «El libro de Eli», junto a su hermano Albert) hace un empaquetado elegante de este policíaco, aunque probablemente se deba más que a su propio toque de director a la majestuosa presencia de Zeta-Jones, que interpreta a la mujer del alcalde con una enorme distinción y con un gran sentido de la intriga, pues prácticamente es ella, sus movimientos, sus sentimientos, lo único que le plantea al espectador un mínimo de expectativa.

Los manejos y chanchullos del alcalde Nicholas Hostetler son terribles y desde luego se corresponden con lo que es un villano de cine, aunque dadas las circunstancias actuales en, digamos, el mundo entero, a cualquier espectador avisado de telediarios le parecerá poco menos que un diletante, un becario, de hecho, los detalles de sus tejemanejes son algo burdos para la actualidad, como si se hubiera tramado en otras épocas hoy ya superadas, no en honradez sino en complejidad y malicia. La nocturnidad y alevosía habitual en estas películas muy pegadas al género es lo que le proporciona el clima, más nocturno que negro, además de una fotografía muy cuidada y especialmente certera cuando apunta al personaje de Zeta-Jones, más melancólico y diurno. Y todo ello, junto a las curvas y saltos del guión, hacen de «La trama» una película que cumple su cometido de entretener; no ofrecerá, quizá, nada flamante o inédito, pero cumple bien su función a pie de pantalla. Lo malo es luego, ya digo, cuando hay que fijarla en la memoria.

«LA JUNGLA: UN BUEN DÍA PARA MORIR» **

JOSÉ MANUEL CUÉLLAR

A estas alturas de la historia, a John McClean, con cuatro baladas de tiros, chulerías y camisetas sucias a las espaldas y, sobre todo, con 57 años (bien llevados es cierto) no se le puede pedir más que sea digno y dé lo suyo, que en este caso es una buena ensalada de guantazos bien dados y algunos chascarrillos de los suyos.

Ya ha explotado todo lo que había en la Jungla (esposa, hija, hijo, Simon dice y demás), tanto que se ha vuelto uno más de la familia en sus 25 años de carrera. Por eso se es indulgente con él, por eso y porque Bruce suele caer bien a la gente. Así que se agradece el interés que pone en mantenerse en pie. Aquí, además de tirar de metralla doble, padre e hijo, es de admirar el derroche de dólares para cargarse coches, edificios y medio Moscú que han metido en el proyecto. Pero más allá de todo el conjunto de acción, muy encomiable, han conseguido meter dos vueltas de tuerca al guión para pillarnos por sorpresa y hacer trucos de magia inesperados.

El resto ya lo saben: te meten adrenalina desde el minuto uno al noventa de partido y todo se va enturbiando al mismo tiempo que la camiseta se torna roja de sangre y negra de mugre. Al fin y al cabo es McClean y toda su parafernalia. No pidan más que lo que hay. Y no se olviden las palomitas. Aquí son justas y necesarias.

«DOS DÍAS EN NUEVA YORK» **

FEDERICO MARÍN BELLÓN

Julie Delpy es una mujer de segundas y hasta terceras partes, como prueba su fructífera relación con Ethan Hawk, con quien le quedan pocos horarios y algún país por recorrer. Cae bien y no cuesta volver a ella. Lo primero que choca en esta continuación de sus «Dos días en París» es su emparejamiento con Chris Rock, un cómico que parecía destinado a cubrir la tierra de nadie entre Eddie Murphy y Will Smith y que aquí se queda en negro tirillas, en periodista con nombre de chiste (Mingus, no se crean que los reprimen) en una situación de gran potencial.

El hombre recibe la visita en tropel de la familia de su novia francesa. En la maleta cabe un festival de tópicos antifranceses –de ser españoles los actores, ya habría protestado nuestro embajador– atados con un cordón tirando a grueso, como de teleserie. De entrada, el padre de Julie –si no fuera un Delpy de verdad, francés como un queso con moho, denunciaríamos la exageración– intenta colarse en los States con más embutidos en los calzoncillos que los hermanos Serrano. Y con similares consecuencias. Así, con un abuelo guarrillo, una hermana que también y un cuñado pelma, la buena actriz e interesante directora enhebra buenos chistes con bromas de 625 líneas, ni siquiera en HD. Con todo eso le sale una película entretenida, fácil de ver y complicada de odiar, salvo quizás por lo que tiene de oportunidad perdida.

«He trabajado con directores realmente malos y he aprendido mucho de ellos», confiesa Julie justo aquí al lado, en su conversación con David Martos. La pena, cabría añadir, es que no haya trabajado más con los buenos. Y eso que su humor se parece a una versión de Woody Allen para adultos, que ya es envececer. También cabe destacar su dirección-elección de actores. Chris Rock, en su propio asombro, sabe lidiar con esta familia de locos europeos que, vistos con verdadero cariño, pueden llegar a resultar muy divertidos.

«UN PLAN PERFECTO» **

ANTONIO WEINRICHTER

Tras dos décadas de firmar brillantes pastiches de géneros clásicos, los hermanos Coen se han pasado últimamente de la alusión al remake directo: no es lo mejor de su obra, salvando quizá «Valor de ley». En esta ocasión han reescrito (con muchas variantes) un dudoso clásico sesentero del género ligero, casi humorístico, de atracos imperfectos y, quizá al ver cómo les había quedado, han decidido no dirigirlo: mejor para su currículo. Saber que es un argumento recocinado explica pero no justifica lo anticuado, lo apocado, que resulta el producto en esta era de filigranas posmodernas tipo austinpowers y ángelesdecharlie: hay japoneses de chiste, galanes que se quedan en calzones, enredo entre suites de un hotel, diletantes con más pluma que un avestruz y una marchosa tejana con la que la simpática Cameron Diaz conjuga con brío digno de mejor causa el verbo sobreactuar.

Colin Firth, en el papel que en el original hacía Michael Caine, trabaja en sentido contrario y siempre es un placer verle desplegar su atildado minimalismo british con gafas. Lo mismo podría decirse del villano Alan Rickman, aunque de pena verle actuar en piloto automático. La cosa va de falsificaciones y de dar el cambiazo de un valioso monet por una copia; lo mismito que hace la película que como todo remake pretende que volvamos a pagar por algo que ya hemos visto. Sólo que en este caso «Ladrona por amor», el presunto original, tampoco era pata negra, lo que vuelve aún más irrisoria la empresa.