Bradley Cooper y Robert De Niro, en una escena de «El lado bueno de las cosas» - abc

Críticas de los estrenos del 25 de enero

«El vuelo», «El lado bueno de las cosas», «La banda Picasso», «Bestias del sur salvaje» y «El cuarteto», novedades destacadas

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«EL VUELO» ****

OTI RODRÍGUEZ MARCHANTE

La única posibilidad de escape de esta película que te exige una brutal controversia contigo mismo es la de no entrar en ella: una vez dentro, te absorbe como un zumo, como un tornado, como una secta. Zemeckis, gran elaborador de atmósferas que vuelve tras años de garbeos por el cine «menor», muestra su enorme musculatura con una primera media hora impresionante, grandiosa, en la que nos muestra al personaje, su pecado y sus incuestionables virtudes: Washington es un hombre difuso, un alcohólico irremediable y un piloto formidable..., y tras la precisión bestial y empachada de adrenalina de ese primer tramo de película del que no será fácil olvidarse nunca, Zemeckis propone un vuelco a su historia, te atiborra de calmantes y vacilaciones: el pulso cinematográfico de Zemeckis te obliga a dudar durante gran parte de su terrible propuesta acerca de la atalaya moral desde la que quieres verla.

Y un buen pedazo del mérito está en ese gran pliegue interpretativo de Washington, alguien capaz de mirar a la cámara con un enorme cargamento de franqueza mientras le cuenta una vulgar trola, y es tan justa su «nominación» al Oscar como improbable que suba a recogerlo: su personaje, el capitan Whitaker es alguien en el fondo detestable y al que nadie tendrá reparos en rehuirle el voto para cualquier premio. En cualquier caso, y con el espectador amarrado al recuerdo de lo que ha visto y a la sospecha de lo que va a ver, Zemeckis y Washington juegan a la ruleta rusa con la justicia, la ética, la honradez, la integridad y la verdad, sometiéndose incluso al efecto pernicioso de lo inverosímil o intragable: se puede cuestionar tanto la pirueta final de la película, que rema a favor de una tranquilizadora pero improbable corriente, como también se pueden cuestionar algunos pasajes (un John Goodman ciclópeo y diabólico con música de los Stone) o algunos cabos sueltos al azar (esa puerta entreabierta a la habitación de al lado, también demoníaca)... pero esos detalles «intragables» hacen más película a «El vuelo» y más acorde al «estilo» Zemeckis. Aún en cisma con ese «estilo», nadie podrá decir que «El vuelo» no lo ha dejado más esponjoso a la virtudes de la RENFE.

«LA BANDA PICASSO» ***

O. RODRÍGUEZ MARCHANTE

El personaje de Picasso es tan cinematográfico como una pistola, que sirve para cualquier género, y Fernando Colomo viene a demostrarlo al situar al dramático y aparatoso pintor malagueño en ese territorio suyo de la comedia jaranera que comenzó hace mucho en Madrid y que se traslada (sin moverse gran trecho) aquí al París de las vanguardias a principios del siglo XX. Probablemente, la intención de Colomo sea también pintar un cuadro y utiliza como brocha el robo en el Louvre de la Gioconda en 1911 del que acusaron, falsamente, a Picasso y a sus amigos Apollinaire, Hugué, Braque, el «Barón»..., en fin, su banda. Ese robo es la brocha o el utensilio, pero el cuadro que pinta Colomo con cierta intención cubista y mucha ligereza es el de una época y unos personajes convulsos, a la búsqueda de un estilo y de un «paganini», y que resuelve en la pantalla a brochazos de colores: un azulón, tímido y egoísta Picasso, un rojo intenso Apollinaire, un amarillo chillón Manuel Hugué o un muy negro Max Jacob. No parece interesarle tanto a la película el Picasso que pinta como el Picasso que se mancha de pintura y que mira «Las señoritas de Avignon» como otro dardo más que clavarle al pomposo Matisse...

A pesar de la evidente ligereza del cuadro, en el que los personajes son manchas trianguladas, hay también una segunda intención fauvista en la obra de Colomo, por la cual, el clima de alegría reinante permite ver los claroscuros y miserias de los artistas, como ese Picasso desleal con los suyos (y puede que hasta con lo suyo), y con una idea general de artificio y algo bribona del arte que relativiza el peso de aquella pintura de vanguardia que sostiene y da entidad a la cultura del siglo XX. Como si la comedia le hurtara gloria para inocularle picardía, lo que no deja de ser el detalle más provocador (y vanguardista) de «La banda Picasso». Tal vez hubiera podido Colomo subrayar más las posibilidades de intriga de su historia (al fin y al cabo, se trata de un robo), pero ha preferido colgar su cuadro en otra pared, en otro género en el que el júbilo conviva con las sutiles miserias de los protagonistas, en realidad, un poco al estilo de ese gesto leve y confuso de la Gioconda.

«EL LADO BUENO DE LAS COSAS» ***

JOSÉ MANUEL CUÉLLAR

No se dejen engañar por los árboles porque hay bosque dentro, y es tupido. Bajo ese formato de comedia romanticona bobalicona, hay filosofía existencial: un bipolar que se junta con una trastornada en busca de salidas por la muerte de su ex, una familia que, como todo el filme, parece normal, pero que está tan volada como el resto. En realidad, estamos ante una fábula de la vida donde los más cuerdos tienen en realidad una pedrada de consideración en la cabeza, un escenario donde bajo el color rosa hay un esfuerzo gris oscuro, un trabajo denodado de los personajes por salir adelante ante la presión de una sociedad que acaba desquiciando hasta al gato del vecino.

En ese dibujo de unos trastornados que no lo son tanto y de unos cuerdos que les adelantan por derecha e izquierda, destaca el trabajo de los cuatro protagonistas, pero sobre todo de De Niro, que cuando le dan un caramelo lo deleita con un sabor excepcional y lo presenta ante el espectador como la joya de la corona. La película ha sido la sorpresa de las nominaciones, con todos sus actores en el lote. No es de extrañar. Aunque parezca una demencia letal, es una bendita locura.

«BESTIAS DEL SUR SALVAJE» ***

JAVIER CORTIJO

Al rookie Benh Zeitlin le han invitado de estrangis (presuntamente) al guateque de los Oscar, y él acudirá con un tupper relleno del fascinante gumbo de ésta su ópera prima: una escorada y pantanosa visión del apocalipsis según Mark Twain (o Lucius Shepard) que se saca de la manga un subgénero insólito: el fantástico-antropológico, y lo puebla con toda suerte de abalorios y amuletos, incluyendo una camiseta de Jordan para evocar, e invocar, a la madre ausente. Dicho material poético-radioactivo lo maneja Zeitlin con atrevimiento e inspiración, apoyándose en una cría que deslumbra con su espontaneidad (¿quién espera que actúe, por Dios?) a lo largo de una fábula inevitablemente irregular que es como un nivel Mardi Gras del videojuego «Patapon». Atrévase a soñar, hombre.

«EL CUARTETO» ***

FEDERICO MARÍN BELLÓN

Debutar a los 75 en la dirección tiene mérito, aunque el novato se llame Dustin Hoffman. El actor cede la palabra a quienes mejor saben usarla y demuestra ante todo un enorme respeto por el arte de la interpretación. Le sale así, del natural, en un ambiente tan propicio como una residencia para músicos retirados, una película sin jóvenes, insultos ni disparos, un oasis de acordes y frases inteligentes que se ganará al público veterano, incluido ese «lector de ABC» tan invocado, a menudo en vano. Hoffman, en suma, respeta a los mayores, a ambos lados de la pantalla, y mira con cariño hasta sus achaques. Con una vieja relación mal oxidada como motor de la trama, la meta es un canto de esperanza, un gran final emotivo y verdiano.