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Cuando el cine de ciencia ficción da que pensar

Día 26/11/2012 - 10.36h
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40 años después de que «Solaris» pisara suelo americano, repasamos otras muestras de celuloide fantástico «inteligente»

Antes que nada, como siempre, conviene contextualizar. Chicago, primeros años 70. Con la Guerra Fría aún formando cubitos de hielo, en plena Ciudad del Viento aterriza un objeto cinematográfico no muy identificado: «Solaris», tercera película de un Andrei Tarkovski que, tras sufrir la ira medieval del «soviet supremo» de turno con «Andrei Rubliov», decidió emigrar a las estrellas. Primero tomó tierra en el Este y, vía Cannes, se fue acercando a la meca del cine, con ecos retumbantes sobre su condición de «2001 rojo» (aunque el cineasta ruso perjuraba no haber visto la obra cumbre de Kubrick). Y cayó como un meterorito plateado en el Festival de Chicago allá por noviembre del 72.

Roger Ebert, veterano crítico del «Chicago Sun Times», fue testigo de excepción de aquel prodigio con raspa argumental convencional (un científico llega a un planeta acuático para investigar la muerte de un colega): «Recuerdo que me sentí como si me hubiese absorbido como una esponja. Era pausada, misteriosa, confusa e inolvidable». Y, como él, un puñado creciente de espectadores se convirtieron en «solaristas», término con el que se conoció a los fans de un filme basado en la novela de Stanislaw Lem que, seguramente, habían encajado un shock emocional procedente del «enemigo» mucho más fuerte que el recibido unos años antes con «el viaje definitivo» del Niño Estrella kubrickiano. Esto era otra cosa: existencialismo crudo, ciencia ficción abstracta, erosión de la tecnología como oráculo de conocimiento, vuelta del calcetín del yo... Tropezones esenciales nadando en una sopa primordial y oceánica, hipnótica e insondable. Demasiado.

Cuando el cine de ciencia ficción da que pensar
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Donatas Banionis y Natalya Bondarchuk protagonizaron el filme

¿O quizá no? ¿Alguien duda de que la ciencia ficción es justamente eso, un llave para acceder a otros planteamientos y replanteamientos de nuestra realidad, bien por la vía literario, bien por la cinematográfica? «Solaris» fue un unicornio dentro del género, pero no caminaba solo (el propio Tarkovski le buscó compañía siete años después con «Stalker»). Desde la noche de los tiempos, la CF se ha propuesto superar el mero entretenimiento de evasión, y el tópico de naves y marcianos (en ocasiones muy saludable y notable, por supuesto) y ha ido ampliando su radio de acción e interacción con la audiencia. Por ejemplo, y yendo bastante lejos, «Metrópolis» (1927), una soberbia alegoría de la lucha de clases y el progreso con pies de barro donde tampoco faltaban los codazos bíblicos y transhumanistas en la figura del robot María (complemento de la pionera «Aelita», de Protazanov). Un filme babélico y babilónico que ocupó las neuronas de una sociedad a dos años escasos de despeñarse por esos rascacielos de Wall Street que tanto fascinaron a Fritz Lang para crear esta ucronía inmortal.

Tortilla galáctica a la francesa

Seguimos avanzando en el tiempo hasta encontrarnos con la caldeadísima Guerra Fría, que solo dejó lugar a un discurso monocorde y amedrantador por cuyas rendijas apenas se colaron algunas ensoñaciones selenitas como «Con destino a la Luna»(1950). Afortunadamente, con la «nouvelle vague» el cine entró en otra órbita, que también afectó a la ciencia ficción: el apocalipsis viajero y «noir» de Chris Marker en «La Jetée» (1962), el futurismo urbano y telepático de Godard en «Alphaville» (1965) y, en fin, la hoguera literaria y la supervivencia del conocimiento prendido por Truffaut en «Fahrenheit 451» (1966) impusieron un nuevo modelo estético y hasta ético que empezó a hacer furor en los cineclubs con pipa y jersey de cuello de cisne.

Pero, ah amigo, todo cambió y se centrifugó con la madre del cordero, «2001, una odisea del espacio» (1968), tal vez la película que más ríos de tinta y cataratas de neuronas ha hecho correr y divagar en la historia del cine. El devenir de la existencia, la mano de Dios en forma de monolito, el futuro del ser humano, el minimalismo pop galáctico, las leyes robóticas de Asimov por montera... Tantos temas y misterios y tan pocas vidas para analizarlos a gusto.

Tal fue el boom, o big bang, conjurado por Kubrick que el género se convulsionó durante los siguientes años y desde diversas perspectivas planetarias: desde un extraño western lunar y metafísico a la inglesa como «Luna Cero Dos» (1969), hasta el comité de sabios y dioses galácticos en busca del número áureo (o vaya usted a saber qué) de la mexicana «La montaña sagrada» (1973), del ínclito Jodorowsky, pasando por la ya reseñada «Solaris» o, cómo no, la brutal parábola sobre la ultraviolencia pergeñada por propio Kubrick («La naranja mecánica», 1971). No es de extrañar que el final de la década dejase al género «como un baile de disfraces con el aire acondicionado apagado», como atinadamente calificó Vincent Canby en el «New York Times» a «Quinteto» (1979), extraña incursión en la ciencia ficción de Robert Altman con Paul Newman dentro, que al menos desliza cierta idea del futuro como un caprichoso juego de tablero rodeado de estalactitas.

A pesar de que los nuevos vientos parecían volver a discursos antiguos y básicos (superhéroes nietzscheanos y guerras galácticas palomiteras), el género supo reinventarse y destapar el tarro de las esencias con bombillas tan luminosas y amargas como «La muerte en directo» (1980), terrible fábula de Tavernier sobre el canibalismo de los medios de comunicación y, en fin, «Blade Runner» (1982) y su baraja de cartas marcadas sobre un futuro imperfecto, controlador y con reuma, más o menos como el pintado por Terry Gilliam en «Brazil» (1985).

El milenarismo andaba a la vuelta de la esquina y a trompicones, por lo que el cine quiso ser frontón y amplificador de las inquietudes del espectador: problemáticas y planteamientos como la selección genética («Gattaca», 1997), el submarinismo por viejas lagunas «solarianas» («Esfera», 1998), la aparatosa ceremonia de la confusión virtual de «Matrix» (1999), o el alma frágil de metal de los sueños infantiles («Inteligencia Artificial», 2001) camparon a sus anchas por la gran pantalla finisecular. Y, para cerrar el círculo, Hollywood homenajea a los viejos tiempos con el remake de «Solaris» (2002) en manos del «pitagorín» Steven Soderbergh. Parecido aroma pero distinta piel.

Alguna dorada manzana más

Así, surge una duda: ¿Hay vida inteligente en el cine de ciencia ficción actual? Haberla, hayla, claro, aunque a veces se pierda en hojarascas y jardines de las delicias (tres o mil, como el arroz). Algunos ejemplos e intentos: la identidad fotocopiada y alterada de «Primer» (2004) -vinculada a los vaivenes temporales de «Los cronocrímenes», filme que, junto a «Abre los ojos» y «Eva» ayudaron a quitarle a la ciencia ficción española el pestazo entrañable a monstruo de plasticorro de Juan Piquer-, el existencialismo new age y pedantón de «La fuente de la vida» (2006), la anticipación del actual caos global perfilada en «Hijos de los hombres» (2006) o la triste fábula de que un robot herrumbroso sea lo más humano que le queda al universo en «WALL-E» (2008).

Llegamos a la última rotonda de la ciencia ficción «inteligente» o, al menos, diferente, apoyada en cuatro patas estimables: la kubrickiana «Moon» (2009), la borgiana y escheriana «Origen» (2010), la vontrieriana (a ver quién se atreve a llamarla de otra forma) «Melancolía» (2011) y, en fin, la cosmicus interruptus «Prometheus» (2012), que, a pesar de sus agujeros de gusano, incluso ha llamado la atención de los pensadores del Vaticano. Moraleja: el cometa sigue brillando al fondo. Sigamos su rastro y dejemos que otros miren embobados al dedo que lo apunta.

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