El icono de Lloyd-Wright cumple 75 años
El pintor Félix de la Concha pintando en el exterior del efidicio Lloyd Wright - ABC

El icono de Lloyd-Wright cumple 75 años

Una de las joyas de la arquitectura del siglo XX, no exenta de problemas, está de celebración

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En 1934, uno de los jóvenes aprendices que trabajaban en el despacho de Frank Lloyd Wright, persuadió a su padre (un muy acaudalado hombre de negocios de Pittsburgh) para que patrocinase la realización de la maqueta de Broadacre City (el proyecto de ciudad ideal que ocupó a Wright durante parte de su vida). Ése fue el punto de comienzo de la relación que entablaron Wright y Edgar J. Kaufmann y de la que resultaría el casi inmediato encargo de una casa que remplazara a la cabaña familiar prefabricada situada cerca de una cascada en Bear Run, un arroyo de montaña en los bosques occidentales de Pennsylvania, y que culminaría en la construcción de uno de los edificios más importantes de la historia de la arquitectura: la Residencia Kaufmann o «Casa de la Cascada».

El arquitecto visitó el lugar en el principio de diciembre de aquel mismo año y, poco después, escribía a Kaufmann una carta explicándole cómo «la cascada y el sonido música de la corriente de agua» inspiraban la vaga forma de la vivienda que ya estaba desarrollándose en su mente. Se dice que no tenía ni un solo boceto dibujado para mostrarle a Kaufmann el día que éste iba a acudir a Taliesin para ver el proyecto por primera vez, pero que rápidamente dibujó una planta, una sección y un alzado de la futura casa, que ya tenía completamente proyectada en su cabeza. Descartaba la propuesta de los Kaufmann de la casa en un punto que les permitiera contemplar las cascadas para proponerles habitar sobre la misma roca desde la que se zambullían al agua y pescaban, exactamente sobre la cascada.

Exaltación de la Naturaleza

La visión arquitectónica de Wright puede entenderse como la hibridación de una profundo sentimiento de exaltación primitivista de la Naturaleza junto con la fascinación por el potencial que la revolución industrial ofrecía para materializar formas orgánicas, inspiradas en lo natural, a través de los que formular un ideal de comunión de lo físico y lo espiritual en la vivencia de la arquitectura. Wright creía en la necesidad de que el arquitecto se pusiera en relación con el paisaje sintiéndose tanta parte de él como los árboles, las flores, el suelo… Y la Casa de la Cascada es, en ese sentido, una paradigmática expresión de esa concepción, que se distanciaba deliberadamente de los conceptos maquinistas o de la «arquitectura de cajas» que caracterizaba al Movimiento Moderno internacional. «El fuerte sonido de las cascadas, la vitalidad del bosque joven y los espectaculares rebordes de rocas y peñascos debían entrelazarse con los espacios serenamente vertiginosos de su construcción», escribiría Kaufmann Jr.

Wright se enfrentó por primera vez a la construcción con carpintería metálica y hormigón armado, material que le iba a permitir construir este edificio formado a partir de bandejas de hormigón en voladizo que se elevarían sin ningún soporte aparente (en realidad, están ancladas a un núcleo central embebido en la roca) sobre las cascadas y agua del arroyo. Muros de piedra local crean estratos rocosos que bordean el lugar, convirtiéndose la totalidad de la construcción a través de la relación entre ellos y las suaves terrazas de hormigón —que aludían a las hojas de rodoendros que se mecían sobre el agua— en un complejo organismo multiestratificado.

Wright prescindió de muros, haciendo que la sensación de cobijo interior fuese procurada por los voladizos y ventanas a modo de pantallas. La casa consta de tres plantas entre las que se distribuyeron cuatro amplios dormitorios y una gran sala de estar como estancia principal. En ella, se combinan una pared de mampostería, en el lado de la pieza situada en el acantilado, y una fachada de cristal encarada al bosque. En el interior de esta sala, explicaba Kaufmann Jr., «uno se siente protegido como en una cueva profunda» mientras también penetraban los efectos de luz y sonido del entorno natural circundante, siendo esas «luminosas texturas del bosque» las que definían el carácter del espacio y la experiencia de éste, permitiendo «complacerse en el descanso y la exploración del gozo de la vida renovada en la naturaleza».

Pero pese a esa interpretación sublimada que el hijo Kaufmann manifestaba, casi tan pronto como finalizó su construcción en 1937, la casa comenzó a revelarse como un cúmulo de problemas técnicos desquiciantes para su propietario, que con regularidad encargaba a ingenieros que verificasen la estructura. La audacia tecnológica y el empuje emocional de la arquitectura prevalecieron en este caso sobre el habitante. La Casa de la Cascada —seguramente muy lejos de las intenciones originales del arquitecto— se hizo icono.