Fotografía obrera, retrato en gran formato de los desposeídos

Fotografía obrera, retrato en gran formato de los desposeídos

En la España del paro, el Reina Sofía recuerda la crisis del proletariado en el siglo XX

SUSANA GAVIÑA
MADRID Actualizado:

El Museo Reina Sofía reivindica, a través de una gran exposición, el movimiento de la fotografía obrera que tuvo lugar a principios de los años 20 del siglo pasado y que se desarrolló hasta finales de la década de los 30. El movimiento se enmarca en el periodo de entreguerras y retrata a una clase social emergente, el proletariado, vista desde dos perspectivas, «la belleza del trabajo y el horror de la miseria social», explica el comisario de la muestra, Jorge Ribalta, que ha realizado un exhaustivo recorrido a través de más de un millar de piezas, entre fototografías, libros y revistas, desde los orígenes del movimiento, en Rusia y Alemania, hasta su disolución.

«Una luz dura, sin compasión. El movimiento de la fotografía obrera, 1926-1929» es la primera muestra que dedica un gran museo «a un capítulo pendiente de la fotografía, que se adentra en una nueva visión del arte de principios del siglo XX», explicó ayer Manuel Borja-Villel, director del Reina Sofía, durante la presentación de la exposición que, caprichos del destino, coincidió con la publicación de las nuevas cifras del paro, que siguen en ascenso, lo que le otorga una mayor actualidad al discurso gráfico.

Para Borja-Villel, este movimiento «refleja un cambio del paradigma estético» que se enfrentó al arte burqués y formalista, pero delata también grandes «antagonismos» en su interior. Mientras unos ven en esta nueva clase la oportunidad de ser dueños de las fuentes de producción, otros revelan «la poética de la desposesión» enfocando sus objetivos sobre ciudadanos anónimos y frágiles que trabajan en condiciones precarias. «La exposición es la historia de esa sociedad, presentada sin partenalismos ni sentimentalismos», afirma Ribalta.

El movimiento fue abonado por la aparición de grandes grupos mediáticos de la izquierda, liderados por Willi Münzenbergt, impulsor de publicaciones como Der Arbeiter Fotograf (El trabajador fotógrafo) y la influyente AIZ (Revista ilustrada de los trabajadores). Esta última convocó en marzo de 1926 un concurso para que fotógrafos amateur enviaran imágenes de la vida cotidiana del proletariado, mostrando «sin compasión» las condiciones del trabajo industrial. La fotografía se convertía así en un «instrumento para entender la complejidad social». La iniciativa tuvo éxito y dio como fruto la creación de la Asociación Alemana de Fotógrafos Obreros. Paralelamente, en la Unión Soviética tomaba el testigo Mikhail Koltsov, figura clave del fotoperiodismo y fundador de la revista «Ogonëk». Poco después nacía «Sovetskoe foto», centrada en reportajes realizados por fotógrafos amateurs.

En la primera sala de la exposición, Ribalta pone en diálogo este movimiento surgiendo y desarrollado en Alemania y la URSS entre 1926 y 1932. En ella se pueden ver instantáneas firmados por Heilig, Heartfield, Rinka, Thormann, Ballhaus o Alpert. Éste último participó, junto a otros dos fotógrafos, en un reportaje realizado sobre la familia Filipov, fueron «24 horas en la vida de una familia obrera de Moscú», que luego tuvo su versión alemana.

La segunda parte de la muestra se ocupa de la expansión del movimiento, entre 1930 y 1935, por el centro y el norte de Europa, alumbrando a su paso organizaciones y publicaciones similares en Holanda, Suiza y Francia. Aquí se pueden obras de Kálmán, Sugár, Bluhova, Kessels, Strand y Modotti.

La última parte, se detiene en el Frente Popular español y en la guerra civil, subrayando su dimensión internacional al atraer a figuras como Reuter, Ivens, Taro, Chim, Papillon, Cartier-Bresson, así como los nacionales Centelles, Juárez y Català. Cierran la exposición las imagenes de los caídos en la contienda. «Vuelven a aparecer los desposeídos. Los trabajadores que se han transformado en soldados y estos a su vez en víctimas», concluye Ribalta.