De izquierda a derecha, obras de Tiziano, El Greco, Carraci, Velázquez y Caravaggio, cuelgan en el Prado - josé alfonso

El correo del zar llega al Prado

El museo acoge la mayor exposición con fondos del Hermitage que ha salido hasta la fecha de Rusia y que inaugurarán los Reyes el lunes

NATIVIDAD PULIDO
MADRID Actualizado:

Cómo resumir en apenas unas páginas el «Quijote» o «Guerra y Paz»... Pues misión casi tan imposible resulta comprimir en una exposición los fondos de museos históricos como el Prado y el Hermitage de San Petersburgo, dos pesos pesados del Viejo Continente. Del 25 de febrero al 29 de mayo de este año, el Prado viajó al Hermitage con muchos de sus tesoros en las alforjas. Fue todo un acontecimiento cultural, como explica Mijail Piotrovski, director del Hermitage, en un vídeo que se proyectó ayer en la presentación de la muestra, a la que no pudo acudir por problemas de salud. Aquella exposición fue la más visitada en la historia del museo ruso. La vieron 630.000 personas. Pero, como estrella del Año Dual España-Rusia 2011, ese viaje era de ida y vuelta y ahora es el Hermitage el que devuelve la visita al Prado con una deslumbrante exposición —organizada junto con Acción Cultural Española y patrocinada por la Fundación BBVA—, que el lunes inaugurarán los Reyes y el martes se abre al público.

El museo ruso, que en 2014 celebrará su 250 aniversario, es uno de los más impresionantes de Europa y sus colecciones resultan apabullantes: más de tres millones de piezas. Han viajado a Madrid 180, todas obras maestras —un préstamo sin precedentes—, que abarcan 25 siglos (del V a.C. al XX) e infinidad de géneros: pintura, escultura, dibujo, arqueología, artes decorativas, mobiliario, trajes de época... Han quedado distribuidas en las tres salas de exposiciones de la ampliación de Moneo y resaltan en todo su esplendor gracias a un excelente montaje y al buen hacer de los dos comisarios, Gabriele Finaldi y Sviatoslav Savvateev.

Las paredes se tornan color calabaza en la primera parte del recorrido, que, a modo de introducción, nos cuenta la historia de la ciudad de San Petersburgo y los orígenes del Hermitage. Y en esa historia hay tres protagonistas indiscutibles, cuyos retratos cuelgan en el Prado. Son Pedro el Grande, su nieta política Catalina la Grande y Nicolás I, nieto de la zarina. El primero fundó a orillas del río Neva esta preciosa ciudad (que tomó su nombre del zar) y la cámara de curiosidades, primer museo de San Petersburgo. Catalina II, espléndida mecenas, es la gran coleccionista de los Romanov: no solo compró grandes colecciones en Europa (la del conde Von Brühl, la biblioteca de Voltaire...), sino que también encargó obras a muchos artistas. Algunas de ellas, como «Los atributos de las Artes y las recompensas que se les conceden», de Chardin, están en la muestra. La zarina la encargó para la Academia de Bellas Artes de San Petersburgo, pero le gustó tanto que no quiso desprenderse de ella. Y fue Nicolás I quien completó el complejo del Hermitage. Se compone de varios edificios.

Mientras Europa vive en un continuo ay, pendiente de los mercados, el euro, Grecia..., el gran teatro del mundo —como denomina al Hermitage Miguel Zugaza, director del Prado— abre el telón. La cultura, siempre la cultura, será la que al final salve a la vieja dama europea. Por el escenario van desfilando Tiziano y un «San Sebastián» que pintó al final de sus días —algunos creen que fue su última pintura, inacabada—, ya casi ciego, con la pincelada temblorosa, que le da cierto aire abstracto; Veronés y su «Lamentación sobre el cuerpo de Cristo muerto», de gran belleza e intensidad psicológica; el «Tañedor de laúd», donde Caravaggio derrocha sensualidad a raudales a través de la mirada y la boca carmesí del modelo que parece susurrarnos al oído el madrigal que está cantando; «Perseo y Andrómeda», de Mengs, cuadro que el mismísimo Papa pidió que fuese al Vaticano... Velázquez («El almuerzo»), Ribera (San Sebastián curado por las santas mujeres») y El Greco («San Pedro y San Pablo») se hallan como en casa. No en vano es su casa.

Aunque menos conocidos fuera de Rusia, son espectaculares los fondos de excavaciones arqueológicas y artes decorativas que atesora el Hermitage. De las primeras se exhiben en el Prado 24 bellísimas piezas encerradas en vitrinas que deslumbran en una sala en penumbra. En cuanto a las artes decorativas, se muestran valiosas joyas y rarezas personales de los zares: un vestido de la zarina María, un espectacular servicio de mesa, un ramo de flores de la casa Fabergé (el cristal de roca pulida crea el efecto de un vaso con agua) o una caja en forma de cangrejo, de los enseres personales de Catalina la Grande.

Los siglos XIX y XX están presentes con una estupenda selección de pinturas y esculturas en la planta superior del Prado. El Hermitage no solo se ha formado con las colecciones de los zares, sino también gracias a coleccionistas privados contemporáneos. Especialmente dos: Serguéi Schukin (un retrato suyo pintado por Zuloaga cuelga en la muestra) e Iván Morózov. Picasso, presente con cuatro obras, se mide con Matisse (espléndida, su «Conversación»). De este artista posee una impresionante colección el museo ruso. Junto a ellos, Ingres, Friedrich, Monet, Gauguin, Renoir, Cézanne, Morandi, Léger, Derain, Van Dongen... La muestra se cierra con dos iconos del arte contemporáneo: la «Composición VI», de Kandinsky, una explosión de formas y colores, cuelga junto al «Cuadrado negro», de Malevich, última compra del Hermitage y el cuadro más abstracto que ha pisado hasta la fecha el Prado.