Sección de la exposición dedicada al viaje de Tintín a la Luna
Sección de la exposición dedicada al viaje de Tintín a la Luna - Efe

Tintín vuelve a salir de órbita

Cosmocaixa celebra los 50 años de llegada del hombre a la Luna anudando la misión del Apolo XI a las historietas de Hergé

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Las escafandras estratonáuticas anaranjadas, el célebre cohete X-FLR6 que lucía imponente desde la cubierta de los tebeos, el tupé enhiesto del intrépido reportero apuntando directamente al espacio... «¡A la Luna! ¡Tornasol se quiere ir a la Luna! Señores viajeros rumbo a la Luna, suban al tren; ay, perdón, ¡al cohete!», que diría el capitán Haddock desde una densa nebulosa de whisky a medio digerir.

Porque, por más que la historia oficial, la que se instala en los libros y se cobra aparatosos homenajes, empezase a escribirse con el pequeño gran paso que Neil Armstrong dio en verano de 1969, antes de que la bota del astronauta estadounidense lamiese suelo lunar, antes incluso de que Buzz Aldrin se convirtiese en un manojo de celos, Georges Remi, más conocido como Hergé, ya había salido de órbita para llevar a Tintín y a su séquito de paseo por cara oculta de Luna. «¡Ya estoy aquí! ¡He dado unos cuantos pasos!», dejó dicho el reportero belga en 1953 tras adelantarse en casi dos décadas a la llegada del hombre a la Luna.

Es por eso que, a la hora de conmemorar el 50 aniversario del alunizaje de la primera misión tripulada , Cosmocaixa ha querido anudar ciencia y ficción, tecnología y cómic, con una exposición que aspira a cubrir prácticamente todas las dimensiones que separan el viaje del Apolo XI del de ese X-FLR6 diseñado con todo lujo de detalles por Bob de Moor, ayudante de Hergé, en «Objetivo: la Luna» y «Aterrizaje en la Luna».

El viaje del Apolo XI centra la primera parte de la exposición
El viaje del Apolo XI centra la primera parte de la exposición - Pep Dalmau

«Sumamos conocimiento y expresión artística, ciencia y emociones», destacó durante la presentación de la exposición la directora general adjunta de la Fundación Bancaria La Caixa, Elisa Durán. Así, partiendo de las primeras observaciones lunares de Galileo en 1609 y de la «pasión» del hombre por conquistar el espacio, «Tintín y la Luna» aborda desde la prehistoria de la carrera espacial, con una réplica de la escafandra espacial diseñada por Emilio Herrera en 1935, a los preparativos que llevaron a Armstrong, Collins y Aldrin a plantar bandera en la Luna el 20 de julio de 1969.

Es en este primer apartado en el que la ciencia lleva la voz cantante y el protagonismo se lo reparten una reproducción a escala del módulo lunar en el que alunizaron los astronautas, recreaciones de paneles y secciones de mandos, experimentos que lo mismo permiten reproducir de forma casera el mecanismo de propulsión de un cohete que recrean las condiciones de gravedad que se dan en la Luna... Una didáctica y amena lección de ciencia e historia que se completa con curiosidades como herramientas técnicas, kits de supervivencia empleados por los cosmonautas, productos de higiene, latas de refresco de ida y vuelta, recortes de prensa de la época, diarios...

Pruebas a todo color

No hubiese desentonado, por aquello de hilar aún más los dos relatos, una reproducción de aquella ilustración en la que Tintín, Milú, el capitán Haddock y el doctor Tornasol recibían con los brazos abiertos a Armstrong y compañía pero, a falta del dibujo conmemorativo con le que Hergé celebró la llegada del hombre a la Luna, buena es la sección de la exposición que ahonda en el proceso creativo del historietista belga y en la gestación de sus dos aventuras lunares.

Detalle de uno de los bocetos de Hergé
Detalle de uno de los bocetos de Hergé - Efe

De modo que ahí están, recién llegadas del Museo Hergé de Bélgica, algunas pruebas en blanco y negro y color que sirven para ilustrar hasta qué punto el creador de Tintín se preocupaba por los detalles y por ser fiel a la realidad. Para crear «Objetivo: la Luna» y«Aterrizaje en la Luna», por ejemplo, Hergé tomó como referencia «Astronautique», tratado espacial de Alexandre Ananoff.

«Al confeccionar la maqueta del cohete fuimos muy minuciosos, y al terminarla la mostramos al propio Ananoff para que nos diera su visto bueno. Quería que cuando Bob De Moor dibujara el cohete supiera exactamente en qué parte de la nave se encontraban los personajes. Era básico que todos los detalles estuvieran en su lugar y que todo fuera perfecto», recuerda el propio Hergé en uno de los paneles de esta exposición que muestra también algunos de esos dibujos a lápiz que Hergé realizaba «con furia, como un poseso», borrando, rayando, explotando y renegando. Dibujos para adelantarse a su tiempo y, porqué no, también para volver a salir de órbita.